viernes, 5 de julio de 2024

POESÍA: Naturaleza y límites de la lengua en Sabor de sidra, libro de Teófilo Gutiérrez


 

Escribe Jonathan Mostacero

En la brevedad de los quince poemas de Sabor de sidra – dieciséis si se cuenta el introductorio “cero”- parece contemplarse con deleite la imagen de un ambiente natural que intenta descifrarse con la virtud palabra, pero que a su vez reconoce los límites de la lengua ante la magnitud de lo representado: “se deshacen en la yema de los dedos / el polvo muerto de los desengaños de la lengua / que no puede contener tanta hermosura”.  En este afán lírico, son habituales las escenas de una infancia en comunión con lo campestre, “En el horizonte de la nostalgia /soplan hojarascas /en la tibieza de una cama de infancia”, así como recuerdos maternales a la usanza de Oquendo, “¡Madre! tu voz me afeita esta mañana /el sabor de la sidra y cafetos rojos”. Igualmente, se descubre la voluptuosidad de una voz lírica, “la erupción del pecado/ y la mujer se despulga / de puro viento”, que restituye de belleza la cotidianidad, fuente de un arte poética cargada de inmanencia hacia la tierra: “desde /el cántaro / desde el primer pedo del dinosaurio”. Así, los poemas de Sabor de sidra evidencian una poderosa sinestesia donde los olores, sabores e imágenes se confunden en una memoria y visión de mundo que celebra los sentidos, “El mar tiene olor a musgo infinito”, al igual que su anhelo por la representación de la dinámica naturaleza a través del verbo: el resumen es la emoción del verbo que nada quede flotando”.

En cuanto al apartado final, Imaginario, es un conjunto de cinco textos de prosa poética que conjuga lo bucólico y lo coloquial en estampas de tono nostálgico. El lirismo campestre, tan propio de su narrativa y dinamizado con digresiones surrealistas, se presenta en “Descanso” y “Bucólicas”, donde la voz poética se identifica con el paisaje: “De pronto muerdo la menta y recorro el cerro como becerro riendo…” Por otro lado, “Amor” y “Fe” desvelan la predilección por destacar aspectos de la tradición popular como “¡adiós Virgencita de Chapi, ay nos vidrios!, porque seguramente volveré bien arrepentido…”. Finalmente, “protestantes” anuncia, a través de un inicial paisaje onírico, un alegato contra la dictadura y una restitución política de la firmeza de una multiplicidad de voces que resiste sus atropellos: “¡mírenlos!, no son de brisa, son de arcilla irrompible como el acero como algo más”.

Indudablemente, sorprende la sobriedad y contundencia de los versos e imágenes líricas en esta primera incursión poética de un narrador de oficio como Gutiérrez.

TRES

Universo juego de dados
anda que mete los ojos conjuga
cabalgando para tantear la noche
en el punto exacto
cuenta las horas y apura la etiqueta
para amarrar el dedo gordo del pie.

El mar tiene olor a musgo infinito.

Ya cuelgan los ruidos
cacerolas / cucharas / viento
del minuto y desboca el tic
que golpea
y aprieta tanta nostalgia
del nacimiento y fin
del colibrí que restalla gotas de rocío.

Y la máquina del tiempo
dibujará pentagramas alegres y tristes
hasta cualquier tarde o mañana o noche.
En el horizonte de la nostalgia
soplan hojarascas
en la tibieza de una cama de infancia.

Escarbar dados con los dedos al lado
del paraje mirando y remirando el azar:
/Voy o no voy / si cae cinco voy/
/Me hice la propia trampa y salió seis/

El latido /el paraje/
desde allí veo descalzo el horizonte.
Lamento húmedo en la tierra de sangre viva.

Mi madre parió entre estos cafetos
y de aquí vengo turbio
a la ciudad de piel porosa
que maldice mi lengua de lluvia.

                                                                        DESCANSO 

Abajo del frondoso sauce el agua fluye como cola de gato rozando la piel de peces pequeños y plateados / el río va corriendo por todas las orillas y el sol intenta sortear la maraña de los michinos y sauces / se delata una trocha de carretera en la misma ruta de arrieros y el golpeteo de pezuña de mulas / cuando aún el mundo era virgen y todos conocíamos el nombre de pila del otro / pero fue otro tiempo y hay que pasar la página o mirar hacia otro lado / -dicen los pragmáticos.

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ANTONIO CILLÓNIZ, dixit: La poesía es brevedad, también la poesía es emoción y además la poesía es fundamentalmente intensidad. Esto es, una breve e intensa emoción; por eso perduran los poemas. Así también es este poemario transido de un sentimiento primigenio, que es expresado siempre desde una sabia madurez poética. He aquí ejemplos de ello en este breve, intenso y emotivo poemario Sabor de sidra: «¡Madre! ¿dónde ordenar tanto amor?/ en milésimas, diametralmente, diríase.» Y, «de corazón al sol también las mariposas/ se deshacen en la yema de los dedos/ el polvo muerto de los desengaños de la lengua/ que no puede contener tanta hermosura.» O, finalmente, «Ya cuelgan los ruidos,/ cacerolas cucharas viento/ del minuto y desboca el tic/ que golpea/ y aprieta tanta nostalgia.»"

ROGER SANTIVÁÑEZ dixit: Un libro de poemas de inspiración y belleza indudables. La recreación de la infancia y el campo alrededor están logrados con sincera plasmación. La dicción está muy bien manejada, igual que el ritmo y el aspecto visual de algunos momentos o aquel «lomismo», directo guiño vallejiano que funciona perfectamente. En Sabor de sidra hay como una impronta neobarroca y/o trabajo de lenguaje. En suma, el libro crea su propio universo poético. Eso es. Gran abrazo siempre & bienvenido a la poesía.


https://miguelildefonso.blogspot.com/2024/04/sabor-sidra-de-teofilo-gutierrez.html.

"SABOR A SIDRA" DE TEÓFILO GUTIÉRREZ

Escribe MIGUEL ILDEFONSO: 

Teófilo Gutiérrez (Jaén, 1960) es un conocido y excelente narrador que salió de las aulas de la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos en los años 80; autor de los libros de cuentos Tiempos de Colambo y Colina Cruz; y además dirige el prestigioso sello Hipocampo Editores, en el que publica casi exclusivamente poesía de autores peruanos, algo muy digno de resaltar. En 2023 la vena poética de Teo, como le dicen sus amigos, afloró con Sabor a sidra, su opera prima en poesía.

No es común que narradores o novelistas, luego de hacer una carrera como tales, incursionen luego en este arte del verso, el ejercicio de la concisión y la musicalidad. En los últimos tiempos, en Perú, podemos ver algunos casos como los de Mario Vargas Llosa, Jaime Bayly o Cronwell Jara. La poesía es como el alma de la prosa, por eso nos dicen estos sus versos: “de corazón al sol también las mariposas/ se deshacen en la yema de los dedos/ el polvo muerto de los desengaños de la lengua/ que no puede contener tanta hermosura” (poema Dos).

La voz poética, a la vez que camina capturando lo bello, va adentrándose en la esencia de las cosas, al elixir de la sidra. Es un retorno a la naturaleza, a la colina y a la madre: “Desta perversa confusión/ yéndose/ aquellos campos de infancia/ yéndose/ sin punto cardinal/ ni sueños ni palabras/ y luego volvemos” (poema Cuatro). El poeta va reconociendo su singularidad y, a la vez, su identificación con ese mundo recobrado. Es una evocación que se vive con emoción ilimitada: “El mar tiene olor a musgo infinito”, nos dice en el poema Tres.

En lo más sublime la poesía lleva al poeta a hermanarse con todas las criaturas, con el gato, el dinosaurio, el colibrí, los pájaros, los sapos, los peces. Y hasta tal punto es este amor a la vida, que ya no hay diferencias: “El gato ya no importa./ Está en la ilusión”. Entonces, nos dice además el poeta, que la memoria es lo que perdura así como la palabra: “Digo que inventaré tu contorno/ en el barro después de la lluvia/ te prometo que durará el garabato/ y lo cuidará el sol.//La ilusión de la lluvia ya no importa” (Poema Cinco). Al respecto el poeta Antonio Cillóniz nos dice en la contratapa del poemario: “Así también es este poemario transido de un sentimiento primigenio, que es expresado siempre desde una sabia madurez poética.”

La sidra es la memoria que aplaca la sed espiritual: “amanecer junto a tu madre/ y escribir el verso aquel: / oyéndola quisiera en la metáfora/ que la vida está hecha de memoria/ y sabor de sidra” (poema Doce). La sidra es un licor hecho del jugo fermentado de la manzana; la manzana del paraíso perdido al que el poeta Teo vuelve maravillosamente con este libro, y nos lleva finalmente a esa segunda parte titulada Imaginario (breves poemas en prosa sobre visiones y diálogos de “cuando aún el mundo era virgen”), del cual extraemos este poema:

Amor

Instantes como la cevichera ambulante a la mitad del muelle ocupada en vivir un día más / mientras palpas la piel del agua con los pies y los codos en la arena blanca después de caminar entre las ruinas del puerto Eten / como otros pueblos había evidencias de inundaciones y los garabatos en las paredes rasgados con tinta roja / y solo tenías palabras de amor mientras perseguíamos a los cangrejos carreteros en la orilla de esas olas rotas y lentas / y éstos se zampaban a los hoyos de arena y espuma, / dejándonos parados bien cojudos y enamorados.

EL AUTOR: 

Con Alicia en la Plaza de Armas de Huánuco.

Teófilo Gutiérrez Jiménez realizó sus estudios primarios en Guaranguillo, Jaén, y secundarios en la GUE San Miguel de Piura y el CP San Vicente de Paúl en Surquillo, Lima. Estudió Literatura en la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue integrante de la Comitiva de Escritores del Perú que participó en la 35 Feria Internacional de Guadalajara 2021, México, y en la que nuestro país fue Invitado de Honor. En 1989 obtuvo el Tercer Premio COPÉ de cuento de PETROPERÚ, ese mismo año también fue premiado en el concurso de cuento “Mil Palabras” de la revista Caretas. En el 2004, ganó el Primer Premio de cuento que organizó la Municipalidad Metropolitano de Lima y la asociación cultural Viernes Literarios. El 2021 fue reconocido por la Municipalidad Provincial de Jaén como “Escritor del Bicentenario” mediante una resolución de alcaldía y medalla de oro. Ha publicado los libros de cuentos Tiempos de Colambo (1996), Colina Cruz (2011).  Algunos de sus cuentos han sido seleccionados en diversas antologías de narrativa breve y ha trabajado como periodista en los diarios “La Voz”, “El Universal”, “La República”, “Ojo” y la revista “Somos” del diario “El Comercio”, entre otros. Igualmente ha participado en conferencias, ferias del libro, recitales y seminarios de Literatura.


  

miércoles, 15 de marzo de 2023

A PROPÓSITO DE LA MONTAÑA: LA REGIÓN MÁS TRANSPARENTE EN LOS CUENTOS DE NINO RAMOS

La Montaña de Nino Ramos Panduro, Hipocampo Editores 2022. 


Escribe: Mario Suárez Simich

La educación tradicional ha acuñado en el imaginario nacional que el Perú está “dividido” en tres regiones naturales: costa, sierra y selva. Esta división se ha arrastrado, en consecuencia y en este caso, al estudio de la narrativa; de esta manera, durante mucho tiempo y hasta hace poco, la visión crítica de los textos ha sido analizada como si en realidad se hallara separada en compartimientos estancos sin conexión entre sí y, en otros casos, como si fueran excluyentes. Evidentemente, para la rica y compleja realidad histórica, social y cultural de nuestro país, este tipo de visión resulta mezquino y es insuficiente.

     Entendiendo que la totalidad de la producción narrativa nacional tiene un “sentido”, “valor” y “criterios de unidad” como conjunto, resulta más práctico, metodológicamente hablando, buscar estas características en los universos representados en ella; ya que, por ejemplo, es tan narrativa de la costa el universo de A. Valdelomar, como el de Antonio Gálvez Ronceros siendo ambos diferentes. Existen, pues, muchos más universos narrativos (narrados o por narrar) que regiones naturales. En 1938 Pulgar Vidal lanza su tesis sobre las ocho regiones naturales que es la aceptada hoy; sin embargo, esta nueva división no ha borrado de nuestro imaginario las tres originales.

     Antes que estas ocho regiones fueran validadas e incluidas en los programas de estudios, ya se hablaba de una “región” no señalada por Pulgar Vidal a la que solemos denominar de manera general “montaña”; que no es ni coincide, necesariamente, con la selva alta o baja descrita por nuestro insigne geógrafo y que escapa a los criterios de pisos altitudinales u otros usados por él. Es más bien la invención de un espacio, en un primer momento imaginado, que se fue construyendo con “noticias” de un territorio virgen donde se asientan, en un primer momento, colonos extranjeros y luego nacionales, donde se van configurando grupos sociales diferentes a los de la costa, sierra y selva.

     Claro está que, desde mediados del siglo XIX, inicio de las primeras colonizaciones, a la fecha, en lo que denominamos “montaña”, se han desarrollado ciudades pujantes como Oxapampa o Pozuzo. Sin embargo, la “región”, el espacio geográfico, sigue recibiendo colonos y con ellos la épica de transformar las zonas vírgenes en polos de desarrollo. Este proceso ha generado nuevos universos que la narrativa peruana va registrando en sus textos. Uno de ellos, de los últimos publicados, es el libro de cuentos La Montaña, del escritor lameño Nino Ramos (Hipocampo Editores, Lima, 2022).

    Nino Ramos Panduro, segundo de la izquierda, con integrantes de la Municipalidad del Centro Poblado Comunidad Kechwa - Wayku, Lamas, San Martín, como gestor cultural para implementar la Biblioteca Comunal en la presentación de los libros donados por diversas editoriales y autores. Marzo del 2023.


    A pesar de que el lector irá dándose cuenta mientras avanza en la lectura de estos cuentos, la primera virtud a reseñar en este libro es su bien lograda unidad. Unidad lograda no porque las historias tengan la misma temática, se refieran al mismo espacio geográfico, porque tengan el mismo estilo narrativo o un similar tratamiento del lenguaje. Sino porque en todos los cuentos, lo narrado en cada uno de ellos, se va ir relacionando, entretejiendo, uno con otro para dar la sensación final de haber leído, en cada historia individual, una parte de otra mayor que la totaliza; a la manera que lo hace, por ejemplo, Oswaldo Reynoso en su libro Los Inocentes. Mérito que hay que destacar por tratarse de un escritor debutante.

     Lo segundo a señalar es el universo que Ramos recrea en este libro, un pie en la realidad y el otro en lo mágico, en un equilibrio que evidencia una aprovechada lectura de las obras de García Márquez y Rulfo. Un realismo mágico hecho a la medida para retratar la visión de unos personajes que junto a sus creencias espirituales que llevan al nuevo escenario de sus vidas, convive y se alimentan de las que encuentran en ese escrito. Los sueños, los poderes de los curanderos o de las brujas, la cara fantástica de la naturaleza y otros elementos se armonizan y sincretizan con la realidad “real” de la vida cotidiana de la niñez a la vejez, pasando, claro está, a la edad en que se descubre el amor.

     El universo narrativo de La Montaña ha sido escrito con un lenguaje efectivo, funcional, que no busca el preciosismo innecesario porque sabe que está pintando un fresco antes que una miniatura; que busca lo que resulte más eficiente para contar una historia, a la manera en que pensaba Horacio Quiroga se debe utilizar el lenguaje: directo.

     “Todos los que llegaron sabían que Mildré engañaba a su marido, pero en ese momento dudaban de que haya tenido algún motivo para matarlo. A fuerzas de exigencias, la mujer terminó por contar lo que había sucedido. No le creyeron. Para todos los presentes era imposible asumir que el doctor haya sido tan cobarde para preferir la muerte antes de apalear a la mujerzuela -así comenzaron a llamarla-.   (Pg. 83).

     Nino Ramos ha pasado con nota su debut como cuentista, le ha dado trascendencia al conjunto de cuentos que forman La Montaña entretejiendo una historia con otra. Ha pintado su “aldea” para representar su mundo y abierto en la narrativa peruana un nuevo y desconocido universo literario. Es desde ya un narrador joven del que hay que esperar buenos y mejores. Un libro que sin duda hay que leer.



miércoles, 15 de febrero de 2023

Cuento COLINA CRUZ de Teófilo Gutiérrez


PARECÍA QUE LA VIEJA ESTUVIERA JUGANDO. Movía como apurada los pies pequeños, desnudos. La cuerda frotaba la viga, dejaba salir un chirrido que pausadamente tendría que detenerse. En la última mueca, aquel rostro expulsaría la lengua morada, hinchada. Pensé entonces que ya era inútil seguir mirándola morir entre la penumbra que empezaba a inundar la habitación. Salí y me encontré con el viento fresco que corría locamente por los pajonales de esa colina. El sol ya se iba con la tarde. Pronto la casa se quedaría sola para siempre y el fuego aún prendido en la cocina también se apagaría solo.

Al volver a entrar a la casa y al ver a la vieja tan quietecita no dudé en compadecerme y jalé entonces el lazo corredizo de la cuerda que ataba el extremo de una vitrina, esta sintió el tirón y tembló produciendo el choque de una vajilla. La vieja cayó rebotando sobre el piso de cemento.

Así estuve, entrando y saliendo de la casa. Afuera la tarde muriendo y adentro la vieja quieta y estirada. Finalmente me senté en un mojón de tierra. Allí los esperaría. El crepúsculo bañaba la colina de San Francisco, mi pueblo, el que ahora yo estaba mirando. Pensé en la costumbre de toda mi vida, la de mirar hacia esta colina desde la vereda de mi casa, aunque nunca imaginé que ahora divisaría al revés. Desde mi pueblo seguramente verían a un hombrecito lejano, como si fuera un puntito, tal vez se dirían para sí: “Ese es Pascualillo”. Pero yo no era Pascualillo, que ni siquiera me parezco un poquito, porque él es viejo y usa un sombrero grande, tiene bigotes negros, es más alto; quisiera decirles ahorita que no, que a Pascualillo seguramente lo están golpeando casi al final de los sembríos junto al arroyo. Es muy posible que todo haya acabado para él. Pobrecito.

La soledad de esta colina no me gusta para nada. Estoy hace rato mirando para cualquier parte. Creo que por aquí solo se oye el canto dulce de los pájaros chiroques, es un canto que se pierde lentamente luego de rebotar por todos lados. Cuando estoy en mi colina el canto de las luisas se inicia bien de mañana y también al acabar la tarde. Acabo de ver algunas luisas por aquí, pero son bien azules y nunca he visto luisas de ese color. Siempre creí que esta colina era muy extensa, pero conociéndola ahora pienso que no, que más bien la colina donde vivo devora todos los horizontes; en contraste, esta colina donde ahorita estoy tiene un horizonte pequeño y el centro mismo de la cumbre es una joroba donde apareció sembrada hace tantos años una cruz grande de cedro, que se divisa desde muy lejos. La gente dice: “Allí está la Colina Cruz”, “Vino por la Colina Cruz”, en fin, así se expresan. Desde el pie de la cruz, que está en Colina Cruz, baja zigzagueante una carretera que parece morir en la hondonada, pero vuelve a trepar lentamente hasta San Francisco. Cuando miro que alguien viene o se va, pienso en quienes vinieron alguna vez, en los que ya se fueron y en los que nunca podrán irse, como yo que siempre quise hacerlo.

  Vuelvo a entrar a la casa. La vieja sigue tirada en el piso como cosa inservible. Pienso entonces si será cierto cuando dicen que un muerto nunca se estará tranquilo si le aprietan de mala manera la vida. ¿Pero a quién le importa un par de viejos? Además, por qué no se pusieron blandos y contestaron a todo. ¡Qué les costaba decir fue fulano, sutano o mengano, y se acababa este lío de muy buena manera! Hasta les invitábamos un trago de buen aguardiente. Imagino al viejo Pascualillo fumando mientras nos cuenta alguna anécdota. Entonces alguno de nosotros cinco le hubiésemos relatado más de una, porque tenemos un montón de historias ocurridas desde que empezamos las rondas, primero nosotros mismos y sin tanto aspaviento, pero luego llegó el Gato con su experiencia militar y de a pocos nos fue metiendo en una maraña de la que ya no hemos podido salir. Él siempre nos ha dicho: “Somos nosotros o son ellos”. Pero acá estamos para preguntarles a los viejos Pascualillos quién o quiénes chamuscaron la Cruz, porque al Gato no se le cocinó nunca que ellos no tuvieran nada que ver en esto. “Tienen que saberlo, dijo el Gato, acaso no van a ver una cruz ardiendo en la noche, como la vimos todos desde tan lejos. Ellos han podido llegar en tres minutos hasta la cruz, nosotros nunca. Si no fuera por la lluvia milagrosa, la cruz se quemaba hasta el muñón. Eso hubiese sido muy triste. Los viejos lo saben. Los viejos son el hilo y hay que meterles presión”. 

Pero primero se puso terca la vieja, pobrecita. Luego me dijeron: ¡cuídala! Yo queriendo ser gracioso hasta les dije: ¡cómo puede irse si está bien colgada! El Gato entonces masticó nuevamente la orden y aquí estoy. Creo también que si iba con ellos, de repente, me hubiesen dicho: ¡cháncale las manos al viejo Pascualillo!  Entonces yo hubiese tenido que agarrar una piedra grande y una piedra chica, una redonda y una plana, como seguro están haciéndolo ahora.

 De pronto pienso ¿y si los Pascualillos no quemaron la cruz, ¿y si tampoco sabían nada? Porque hasta me parecen buena gente. ¿Y si acaso el Gato buscaba otra cosa? En este aspecto hasta advertí que no valía la pena tanto alboroto, pero ellos me miraron feo, sobre todo el Gato, con esos ojos que nunca me gustaron. Por eso decidieron dejarme cuidando hasta que la vieja Pascualilla terminara de morir.

Vuelvo a salir y el sol expira, torna a la tierra más rojiza en las partes donde no hay pajonales. Mas no venían. Haciendo visera con la mano trato de mirar a través de un enrevesado pasto para las vacas. El pajonal es alto. De pronto se levanta un revuelo de pájaros garrapateros, ésos que andan trepados de las vacas, tragándose los ácaros que chupan sangre, y entonces ellos aparecen. El Gato me pregunta si la vieja Pascualilla ya está fría. ¿Qué? —digo—, ni que fuera de otro mundo. Pero al mismo tiempo le pregunto: “¿qué le ha pasado a Pascualillo?”. Entonces el Gato se ríe, cuenta, que hasta se me erizan los pelos de todo el cuerpo, entra a la casa y se mete a rebuscar no sé qué cosas en el dormitorio de los Pascualillos. Luego nos vamos para siempre de allí. 


YA HAN PASADO TANTOS días, años, casi sin sentirlos o sintiéndolos demasiado que ahora quisiera meterlos en el saco del olvido. Ya se oye la música en el pueblo y pareciera que se avistan otros tiempos, aunque seguramente nunca los veré. Sin embargo, a veces, me parece ver un revuelo de gallinazos en esa parte de la colina, la que fue de los viejos Pascualillos. Pobrecitos, digo, entonces se me da por escuchar huainos tristes, hundo mis ojos en el suelo, los cierro. Acaso fue cierto, digo. Pero ya no hay balazos ni hombres armados buscándose entre ellos. Todos se cansaron de matarse. Los que quedamos, aquí estamos. Pero el Gato acabó en el recodo de un camino. Le partieron la piel a machetazos. Tal vez fue solo suerte que quienes estuvimos con el Gato aún sigamos respirando. Por eso tal vez vivimos repartidos por cualquier lado. Así está mejor. Además, si uno habla verdades la gente le responde mirándolo de pies a cabeza, como quien dice ¿usted?, oiga usted, imagina cosas, aquí nunca sucedió nada.

Por eso he cogido el pasatiempo de olvidarlo todo, porque si pregunto “¿es cierto que los viejos Pascualillos quemaron la cruz de la colina?”, la gente contesta: “¡no!, alguien quemó el pajonal y la cruz se chamuscó un poquito. Luego la lluvia llegó providencial”. Vaya, vaya —les contradigo—, entonces por qué a Pascualillo le cortaron las manos y la lengua y lo dejaron tirado durante días en aquel arroyo, desangrándose entre la hierba y la arenilla. Ellos, porfiados, me sacan de quicio y dicen que no. Pero yo sé que al viejo Pascualillo lo hallaron picoteado por los gallinazos y que nunca murió de viejo. Yo sé que fue el Gato, aunque la gente mire para cualquier lado y nunca de frente a los ojos cuando les recrimino que el Gato no fue un héroe. Ellos, ignorantes y tercos siguen pensando lo mismo, reiteran que sí, que él fue un héroe de a verdad. Cuando eso sucede entonces no digo más. Dejo que mi conciencia hable. Nunca hice nada malo. Solo estuve mirando a una viejita, tal vez para que no muriera tan sola en este mundo.


EL AUTOR 

teófilo gutiérrez jiménez (Jaén, Cajamarca, Perú, 1960) Estudió Literatura en la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.  Fue integrante de la Comitiva de Escritores del Perú que participó en la 35 Feria Internacional de Guadalajara 2021, México, y en la que nuestro país fue invitado de honor. En 1989 obtuvo el Tercer Premio COPÉ de cuento de PETROPERÚ con “Historia de amor”, ese mismo año también fue premiado en el concurso de cuento Mil Palabras de la revista Caretas con el cuento “Bolas de Oro”. En el 2004, ganó el Primer Premio de cuento que organizó la Municipalidad Metropolitano de Lima y la asociación cultural Viernes Literarios con el cuento “Colina Cruz” y que tuvo como jurado a Oswaldo Reynoso. El 2021 fue reconocido por la Municipalidad Provincial de Jaén como “Escritor del Bicentenario” mediante una resolución de alcaldía y medalla de oro. Ha publicado los libros de cuentos Tiempos de Colambo (1996), Colina Cruz (2011) y pronto aparecerá un nuevo libro de cuentos, así como la saga para niños Cuentos apapachosAlgunos de sus cuentos han sido seleccionados en diversas antologías de narrativa breve y ha trabajado como periodista en los diarios “La Voz”, “El Universal”, “La República”, “Ojo” y la revista “Somos” del diario “El Comercio”, entre otros. Igualmente ha participado en conferencias, recitales y seminarios de Literatura, y en diversas ferias nacionales e internacionales de ciudades como Cusco, Ayacucho, Puno, Huánuco, Tarma, Barranca, Tarapoto, Lima, Huancayo, entre otras. Es director-fundador del sello Hipocampo Editores. Igualmente, en Hipocampo Editores hemos logrado el Premio Nacional de Literatura del Ministerio de Cultura del Perú por el libro de poesía Usina de dolor de Antonio Cillóniz de la Guerra en el 2019. Este 2020 también obtuvimos el Premio Luces del diario El Comercio por el libro de cuentos Hijos de la guerra de Enmanuel Grau. Durante estos 22 años de existencia en Hipocampo Editores hemos publicado a autores muy importantes de la literatura peruana, como Hildebrando Pérez Grande (Premio Casa de las Américas), José Antonio Mazzotti (Premio Lezama Lima de Casa de las Américas), Antonio Cillóniz de la Guerra (Premio Nacional de Literatura 2019), Dalmacia Ruiz-Rosas Samohod, Roger Santiváñez, Marco Martos y muchísimos más.  

Dibujos: Edmer Montes

domingo, 7 de agosto de 2022

Portavoz de la miseria, reciente novela de Óscar Fernández

ÓSCAR FERNÁNDEZ, Portavoz de la miseria, novela, 
Hipocampo, agosto 2022. 
Depósito legal en la Biblioteca Nacional del Perú Nº: 2022-06266  
ISBN 978-612-5002-22-8

Óscar Fernández Vásquez es Ingeniero Civil de profesión, pero con una marcada inclinación humanista; nació un 29 de octubre en el puerto de Vigo, España. Su obra literaria está caracterizada por el realismo y el reclamo social, escribe sobre las preocupantes condiciones actuales; dando voz a los marginados.  Ha publicado la novela El Inframundo en el 2004, inspirada en un infierno que casi le cuesta la vida en Haití; desde ese año el autor no ha parado de plasmar la realidad que percibe y aqueja al mundo. Portavoz de la miseria, su cuarta novela, es una obra estandarte con la que emprendió una gira por España y México llamada “Disparos desde la primera frase 2004-2008”, la cual marcó un hito en la carrera del este escritor.

PORTAVOZ DE LA MISERIA

En esta novela se cuenta la historia de Leticia, quien sólo es un nombre sin apellidos, de un origen incierto, y su destino está signado por la fatalidad. 
Leticia está sola y con el alma rota, abusada, discriminada y vendida, sin un lugar digno donde comer o dormir. 
Esta es la cruda realidad que enfrentan miles de niñas y mujeres indígenas de México, quienes además de sufrir la ya conocida severidad de la pobreza en las ciudades, en sus tierras, también son víctimas de un código de conducta llamado “Usos y Costumbres”, en el que se considera aceptable la venta de las hijas de familia por dinero o ganado. 
En pocas palabras, este segmento de la población es vulnerado tanto por la tradición como por la modernidad


Prólogo

“Chale mi güero, ¿tú crees que cuando todo esto termine, 
habrá un lugar para mí?”
—Lety 


La mirada reprobatoria del extranjero es algo con lo que los pueblos latinoamericanos están habituados a lidiar, aunque no por ello deje de molestarles que un foráneo les pretenda explicar su historia, como sucedió por largo tiempo, sobre todo antes de que las repúblicas independientes comenzaran a surgir en el continente. 
El presente libro está involucrado en el ámbito de la literatura, no en el del periodismo ni en el de la historia —aunque comparte características de la crónica—. Es una memoria, sí, pero con la inevitable intromisión de la perspectiva del autor, Óscar Fernández, quien, más allá de emitir un juicio inquisidor sobre el drama que aquí se cierne, vuelve suya la protesta por un mundo más justo. 
También es necesario mencionar que, aún después de 13 años, la historia de Leticia retratada en Portavoz de la miseria se ha vuelto más vigente que nunca. Estas páginas, contadas a través de las letras de Fernández, superan el reproche y el prejuicio cultural para dar paso a un reclamo social alejado de cualquier polarización u opinión política. Es decir, estamos ante una crítica más humana. 
Las condiciones en las que el autor conoció a Lety y se involucró con ella fueron tan impactantes para él, que emprendió una lucha imparable por transmitir su relato a través del libro. La batalla de una mujer indígena se convirtió en la guerra de un joven escritor, una librada sin fusiles, sino con palabras. 
Tras varias ediciones de Portavoz de la miseria, les presentamos ahora esta edición revisada conmemorativa, que podríamos calificar, sin riesgo a exagerar, como la “definitiva”. No pierdan la oportunidad de conocer el testimonio de Leticia, su camino plagado de dificultades, pero también de esperanza. 
Una vez más, los invitamos a sumergirse en esta obra, pero también a observar nuestro entorno y a aceptar nuestra realidad, con el fin de que desde nuestra trinchera tomemos acciones para que delitos como la trata de personas, el lenocinio y la discriminación, sean parte de un pasado desterrado de nuestro territorio.


/.../Mi pobre cantón 

En el estado de Chiapas, a unos cuantos kilómetros de San Cristóbal de las Casas, yace un pequeño pueblo dentro del “Valle Escondido”, cuyos cerros y cruces marcan los lugares emblemáticos o de carácter sagrado. Allí, en el sur de México, un país con una gran variedad de costumbres, pueblos y lenguas indígenas, nació Leticia cierto día de 1980. Su comunidad, aunque de raíces prehispánicas, era católica, pues como en toda Latinoamérica, existe un sincretismo, una mezcla de las tradiciones originarias con las de los colonos europeos —en su mayoría españoles— que impusieron la religión católica. 
Allí comienza su historia, y aquí comienza ella a contárnosla:
Soy indígena, crecí en un pequeño pueblo, un pueblo donde todos los días pasaban las mismas cosas. Como algunas personas dicen: “a veces la costumbre es lo más fuerte en la vida”.
Mi casa era muy pobre, aún la recuerdo. Una parte estaba hecha de cemento y otra parte era de tepetate amarillo, que se miraba rojito cuando el sol salía por la mañana. A esas horas el cantadero de los gallos me despertaba y desde mi catre me quedaba mirando al techo de lámina, ¿cómo olvidarlo? Aquellas tardes de lluvia el sonido era retefuerte y retumbaba. También recuerdo las puertas, que eran de tela, tejidas a mano por mi madre. La única diferente era la puerta principal de la casa, que era de madera tallada con lija, para que no nos astilláramos. El baño era una letrina bien grandota que estaba afuerita de la casa, porque había muchas moscas. 
Aún recuerdo muy bien esos caminos de piedra que me lastimaban los pies al ir corriendo, también a toda esa gente que vivía en mi pueblo. A algunos los recuerdo con cariño, a otros no tanto, pero así vivíamos los descendientes directos de los mayas.
¿Y qué digo de mi familia?, mi familia… pues mi padre se llamaba Crescencio. Don Crescencio era el que mandaba en la casa, siempre estaba enojado y era muy gritón, por eso yo y mis hermanos le teníamos harto miedo. Las tardes eran muy feas cuando mi padre traía a sus amigos a la casa, se emborrachaban hasta estar tirados en el piso, y nosotras sus hijas los teníamos que atender. Nos trató siempre como sirvientas, pero esas tardes eran peores porque nos insultaba y nos gritaba, y así pasó el tiempo hasta que mi padre poco a poco se hizo alcohólico, dejó de trabajar las tierras y comenzó a tomar durante todo el día. 
Mi mamá se llamaba Fausta, era el alma de la casa. Mis hermanas y yo trabajábamos la tierra con ella, pues mi madre era muy movida y luchona, nos quería harto. Siempre estaba callada, aunque el ladino de mi padre le pegara y gritara sin razón. Ella siempre aguantaba, era mi ejemplo de vida.
Yo fui la quinta hija de doce hermanos, ni cabíamos, vivíamos todos amontonados en la casa. El mayor se llamaba Crescencio, como mi padre, y tenía el mismito carácter, por eso era el consentido. Desde chamaco mi papá se lo llevaba con él a tomar, lo presumía con sus amigos y se ponían bien borrachos los dos. La verdad nunca entendí por qué Crescencio no fue a la escuela, ya que además de ser alcohólico, tampoco trabajó ni ayudaba en la casa. Pero nadie podía decir nada, así era mi gente, y así era mi pueblo.
Detrás de Crescencio seguía mi hermana Luisa. Era muy buena y trabajaba bien duro como mi mamá, Luisa siempre fue buena conmigo.
Luego estaban Elba y Rosario. Elba era muy distraída, siempre andaba en la luna, y Rosario era muy calladita, nunca hablaba con nadie.
Seguimos yo, y luego Magda, en ese orden. Magda era la niña retobona(1) que siempre se andaba quejando de que éramos pobres y de la manera en que vivíamos. Claro que frente a mi padre no decía nada, sino le iba como en feria(2).
De Magda siguió Rogelio. Él se murió de chiquito, andaba jugando en el techo cuando se cayó y se descalabró. La mera verdad es que eso nunca se me olvidó, me ponía retebien triste cuando me acordaba. Hasta lo soñaba así como lo vi, era bien feo. 
Tras Rogelio nació mi hermano Jonás, a él lo recuerdo como un niño travieso. En seguida mi mamá tuvo a una niñita, pero se le murió a los ocho días de nacida. Se enfermó de pulmonía, y pues en mi pueblo qué médico ni que nada, sólo podíamos esperar al voluntariado y la chiquita no aguantó. Pobre bebita, no pudimos hacer nada por salvarla, y aunque no la bautizaron, mis hermanas y yo le dijimos a mi mamá que le pusiera Estrellita, pa’ que nos cuide desde el cielo.
Mis otros tres hermanitos aún no caminaban en aquel tiempo. Eran dos niñitas y un bebé: Clarita, Amandita y Eusebio, el más pequeñito. Pobrecito, nació con labio leporino, el doctor le dijo a mi mamá que eso le pasó porque mi papá tomaba harto.
Éramos muchos, y mi papá nos trataba de forma distinta a las mujeres y a los hombres. Todo el día se la pasaba en la cantina y cuando llegaba a casa por las noches, cuidadito y estuviéramos despiertos, se ponía de mal humor y nos pegaba. Todos le teníamos mucho miedo, incluso a veces levantaba a mi mamá de los cabellos y hacía que atendiera a su bola de amigotes. La verdad yo pensaba que mi papá era malo, y que no nos quería.
Las mujeres de la casa nos levantábamos todos los días a las cuatro de la mañana. Unas araban la tierra, otras hacíamos las tortillas de maíz para que desayunaran nuestros hombres y otras prendían el fuego para cocinar. A veces íbamos a la escuela, aunque mi papá decía que eso era pura perdedera de tiempo. Pero eso sí, todos los domingos íbamos a misa…
Así era mi vida, y así era mi pueblo. No pensaba que hubiera nada más, y pues creo que así era feliz.

/.../

1. Persona que responde molesta y está en desacuerdo ante lo que se le pide. Ejem.: Responder desafiante a los padres.
2. Ser objeto de pésimas situaciones. Ejem.: “Me fue como en feria; me robaron y golpearon”.



sábado, 30 de julio de 2022

LA MONTAÑA DE NINO RAMOS PANDURO

Primera edición, Lima, julio de 2022. 
Hecho el depósito legal en la Biblioteca Nacional del Perú Nº: 2022-06550
ISBN  978-612-5002-23-5

Nino Ramos. Nació en el distrito de Lamas, ubicado en la región de San Martín, Perú, en 1992. Como buen contador de historias, las aprehende con pasión y en silencio, y luego les da vida a través de la palabra. De esta manera elaboró sus primeros cuentos, “La noche del bucle” (2019) publicado en Perú; “Lucas” (2020) y “Los elegidos” (2021), publicados en México; y “La muerte de Purificación Coral” (2021), cuento incluido en la antología RELATA del Ministerio de Cultura de Colombia. Asimismo, el autor ha publicado poesía en las revistas literarias Tabaquería y Poetómanos, ambas de México. También ha publicado la crónica “La Chanchería: destino de migrantes” (2022), como producto final del taller Crónicas contra el olvido dictado por el maestro Eloy Jáuregui. El autor considera que las voces más humildes, así como las más solemnes, encajan en un devenir cotidiano y son dignas de ser recreadas en la ficción, o en el campo de la verdad.

VALORACIÓN

Andrés Mauricio Muñoz:

Cuando tuve la oportunidad de leer a Nino Ramos, becado por el Ministerio de Cultura de Colombia para un taller de escritura que impartí, me sorprendieron su devoción, entusiasmo y compromiso por las letras, dispuesto a andar un camino que lo regocija. Ese fervor se materializa ahora en esta colección de cuentos en el que prima la vocinglería popular, la atmósfera vital aunque sofocante de esos pueblos en los que reverberan la inquina, el amor y las pasiones. Gente que sabe quererse a su manera. Sus personajes son hombres y mujeres sabios, resabiados, arrieros, aferrados a la vida con la certeza de que la muerte acecha: Hombres dispuestos a vivir como un acto de gallardía, embriagándose o fumándose un mapacho ante los últimos alientos de un animal que agoniza.

Augusto Effio: 

Llama la atención la serenidad y sabiduría de la prosa de Nino Ramos en este primer libro La Montaña. Un conjunto de cuentos en el que se recupera personajes y escenarios sin estridencia ni alardes. A Ramos le basta el viento, la llovizna y el follaje como fondo, también los augurios de moscos y zancudos, las brujas pacientes, los duendes que acechan todos los sueños y las madres que toman agua de quebrada para matar el hambre. Sin duda, una ópera prima que nos muestra una gran versatilidad narrativa.

Lizeth Rátiva: 

Nino Ramos entrega doce episodios tejidos con maestría. Quien los lea se convertirá en un observador que salta entre generaciones para coleccionar detalles y develar una trama sólida e inadvertida que une a los protagonistas. La Montaña además es una joya, una brújula, un álbum de fotos narradas, que preserva las memorias de una familia y las tradiciones de un pueblo peruano. Un país que, a través de esta lectura, ya he empezado a recorrer. 

Javier Flores Robles: 

La prosa es el verso crudo, desnudo y libre de los atavíos arquetípicos. Es el arma perfecta para cazar la atención de los lectores sedientos de una realidad mágica, que irrumpa la cotidianidad de sus miserables vidas, en sentido kafkiano; el tedio o absurdo voluntarista, en la pluma de Schopenhauer. Acaso eso sea el arte: la mejor forma de respirar sin sentirse atiborrado de la podredumbre humana. 

El escritor debe corregir la realidad, darles el matiz y retoque final a los acontecimientos del día a día. Sí, el escritor es un alquimista, el cual extrae de su alforja los principios secretos de la existencia. La magia, el sinsentido, el absurdo y la teoría de la nada, son los frijoles de cultivo del agricultor más noble y científico: el cuentista. ¿Quién es este? El cuentista es una especie de científico que observa, analiza, reúne y almacena todo tipo de información empírica; también es una especie de mago: invoca la ciencia oculta de la naturaleza, desde los misterios de la tierra, hasta los absurdos de la urbanidad, donde la lógica digital y cientificista pierde su razón de ser. Con todo esto quiero decir que, la presente antología tiene todo el mérito mencionado: irrumpe los estratos de la lógica comodina, estática y hogareña, para darle un sentido trascendente y extrasensorial a la realidad. En literatura, le denominan los críticos “realismo mágico”, es decir, cómo narramos la realidad desde un enfoque no tan racional, no tan occidental, sino, todo lo contrario: una perspectiva casi oriunda de nuestros pueblos ancestrales, tales como la lectura de hoja de coca, pasar el cuy y cómo no, el uso de la ayahuasca.

Sería mezquino decir que la presente antología no tiene atisbos de indigenismo, puesto que el marginado tiene un papel sumamente protagónico en los diversos relatos de la presente obra de arte. Es así, como Nino Ramos, le da un matiz de pintor veterano, a los diversos relatos que encontramos en la zona amazónica, lugar natal del autor, el cual se nutrió de una realidad paralela a la urbana. 

Los presentes relatos, nos muestran una óptica ajena a nuestra mundanidad, donde como buenos criollos, decimos: “eso no existe”, “es estúpido”, “no tiene sentido, piensa”. Ya en la edad moderna se problematizó las posibilidades del conocimiento. Por lo tanto, ¿es acaso Nino Ramos un heredero de la revolución cognitiva de la realidad? La Montaña, es una obra marcada por el espíritu infinito del filósofo, es decir, buscar el principio de todas las cosas, el origen de la existencia, el porqué de la realidad. Porque, sí, la variedad del amor, la venganza, el odio, y el conocimiento de lo absurdo, son una amalgama perfecta que sintoniza con la otra cara de la moneda de Lima: la zona muda, boba y llena de tesoros: la Amazonía y el monte.

Quisiera fumarme en estos momentos un mapacho, para inspirarme y escribir un mejor prólogo, de lejos, del presente que pretende presentar e introducirlos al mundo de lo desconocido, la verdad que calla bajo la sombra de un árbol de plátano o mango, porque ahí se encuentra, bajo las ramas, le esencia misma de esta antología. Puedo ser un zorro, correr por el bosque y buscar mangos para alimentarme, pero soy Javier, y en tanto tal, solo puedo aullar en la prosa. Estoy frente a la computadora, redactando estas líneas para inmortalizar –si se puede– la presente obra, que, con todo el amor y entrega universales, busca marcar sus corazones y perspectivas.

Esto solo puede darse gracias al cansancio urbano y trillado de Lima y sus contrariedades, dadas por la imitación foránea de la cultura. Aquí no queremos alinearnos, no queremos perdernos en una vorágine del río Amazonas, por el contrario: queremos vivir eternamente bajo la sombra de un árbol de mango, o al acecho de las melodías del monte. Eso somos: zorros y brujas del bosque.

Un cuento: LA PELUQUERA Y EL MARINO

El primer día que lo vi, apareció con un niñito igualito a él. Era su hijo. ¡Igualito, amiga! Claro que, porque es su papá, deben de ser idénticos… pero yo me sorprendí al ver que ese pequeñín podría transformarse en un hombrazo (1) como el padre. Tú sabes, de vez en cuando una fantasea cosas así de inútiles.

¿Por qué me pones esa cara? ¿Acaso no es verdad, loquita? Tú crees que después de ese día nunca más regresó. ¡Ja! Volvió, amiga, ¡volvió! Tampoco es porque quiera creerme, pero en este pueblo nadie corta el pelo mejor que yo, nadie. Perdona, amiga, que te diga eso. Yo sé que tú también cortas el pelo muy bonito.

Ahí mismito donde estás sentada, ahí se sentó él. Me trajo a la criatura para que le corte el pelo. Ahí nomás me di cuenta de que era un hombre astuto. Quería que le corte el pelo a su niño para ver si soy buena peluquera, ¡ja! ¿Qué creía? A la Michella nadie la reta. Y menos si se trata de cortar el pelo.

El niñito se llama Nando. Su padre hasta nombre de macho tiene. Aníbal. Así se llama. No se llama Luis, para que le digan Luisa, o Carlos para que le digan Carla, o Michael para que le digan Michella, como a mí, ja, ja, ja, ja... Él es Aníbal. A ver, anda, métete con él. Encima es marino, pero retirado. Bueno, eso no importa, amiga. Cuánto ejercicio habrá hecho cuando estaba sirviendo. No vayas a creer que me he enamorado de un hombre casado. ¿Que si sé si está casado? No lo sé, amiga, pero ya tiene a un pichoncito(2)  y yo ahí no me meto. Pero te cuento…

Ese día el pelo del niño me puso en aprietos. Es bien rulocito, tú le cortas en un lado que no es y… pues tú sabes que con los lacios sí se puede. Le dejas un hueco en la cabeza al ñañito y su padre… ¡Ay, que me mataba si se lo dejaba pelacho!(3)

Con paciencia, amiga. Así tuve que hacerlo. Y su padre, ahí donde estás tú, sentado mirando el espejo y dándome indicaciones, ¿puedes creerlo? ¡Ja! En este pueblo nadie corta mejor que yo el pelo. Ni una mujer, amiga, y eso te consta. Perdóname que te lo diga de nuevo, pero recordar eso me llena de coraje. Pero ya, como te decía… me daba indicaciones, que un poquito más bajito aquí, que ahí ya está perfecto. Para eso, mejor le hubiese cortado el pelo él en su casa y no me lo traía, ¡caramba!

En un momento, me fastidió tanto que le dije que me dejara trabajar tranquila. Yo pensé que se molestaría, pero se rio y me dijo que así son todos. «¿Así son todos?», le pregunté. Medio que se puso serio, pero ahí nomás le dije que yo era única, y se volvió a reír. Hasta el niño también se rio.

La cosa es que, cuando terminé, me dijo que volvería. Y así pasó.

Esa vez el hombre llegó oliendo a trago. Ahí supe que le gustaba su clarito. Ahí me mató la ilusión, amiga. ¡Yo no quiero un hombre que me esté tomando en día de semana-a-a-a!... Te digo, era lunes y ya estaba tomado. Lo recbí nomás. 

Tú sabes que cobro barato por el corte, pero ese día todo, ¡to-do! me salió caro.

Sentadito donde corto el pelo, me dijo si podía traerle una cerveza. Y yo que le obedezco, como si fuera mi marido. Le traje una heladita y se puso a tomar mientras le cortaba los rulos. Me contó de dónde venía, quién era su “pareja” … ni te imaginas quién es. También me dijo que le gustaba el clima, y que no tanto le molestaban los moscos y los zancudos. Le sorprendía la lluvia, porque allá donde nació no llueve así, ni en sueños. Lo único que no le gustaba es que aquí todos somos resentidos y medio envidiosos. Yo creo que sí, chica. Pero lo somos con razones, no por locas.

Y es ahí que me contó que un día trajo un televisor de Lima. Tú sabes que aquí nadie tiene eso, amiga. A las justas unas radios todas viejas y a pilas. Pero el hombrazo este se había traído una desde allá para que su hijo viera dibujos. Y por joderlo le respondo: «Acá los niños van al campo, no se sientan a ver dibujitos», pero para qué le dije eso. Ahí nomás me calló la boca diciéndome que el primer día que prendió la televisión hubo tanta gente que hasta de las ventanas se ponían a ver. Luego me contó que uno de sus vecinos pasó diciéndole chambón.(4) ¡Pero para qué! Espérate nomás, que te digo que el señor tuvo razón. Después empezó a hablar de su vida en Lima, de sus amigos, de la mujer que dejó para venirse a vivir acá al monte. ¿Puedes creerlo, amiga?, ¿nosotros vivir en el monte? Ahí medio que ya me estaba molestando. Lo peor fue cuando me dijo: «Oye, cabrito,(4) anda a traerme otra cerveza». ¡Ja! ¡Para qué me buscó! ¡Ja! Para qué me buscó.

Fui a traerle una cerveza heladita. Estaba sonriéndole toda linda, mientras ahí seguía dándole y dándole a la cerveza. Pero cómo es ¿no?, habrá estado ya medio embalado, que se fue quedando dormido, y ahí nomás aproveché. Chambón(5) de mierda. ¿Cabrito? Nadie me trata así en este pueblo donde soy la única peluquera gay. Adivina qué hice. ¿No adivinas? Le dejé hueco hueco(6) la parte de atrás de su cabeza, y adelante todo bien lindito. Lo desperté cuando todo estaba listo. Encima pagó y me dejó propina. ¡Ja! Chambón de mierda, se fue medio pelacho. Y tú sabes que ese pelo se le corta poquito nomás, como para ordenarlo y nada más. Se lo merecía ese chambón.

Desde ese día, amiga, ya no le veo. Pero, ¡ojo! No es porque no haya vuelto. Por eso estamos con la puerta cerrada, porque cada que se cruza viene a tumbarme la puerta a golpes. Pero yo no salgo, ni loca que fuera.

¡Ah! Y no sabes. Hoy su “pareja” me ha dicho que ha regresado de viaje y que sigue hablando de mí. Por eso la puerta está cerrada, amiga. ¿Ya ves? Ahí está. Pero no te asustes, chica, no te asustes. Ahorita termina de golpear la puerta y se va.

Tú sabes amiga, así son todos.

Glosario:

1. Hombre grande y fuerte.
2. Niño o niña menor de quince años.
3. Persona calva.
4. Persona presumida.
5. Diminutivo que se utiliza para referirse a una persona que es homosexual o no, pero en modo despectivo.
6. Expresión que refiere a que algo tiene muchos huecos. Se utiliza la repetición para aludir que la palabra base es abundante.

 





sábado, 3 de julio de 2021

PALABRAS DE OTOÑO, libro de poesía de Carlos Ernesto Orbezo



Carlos Ernesto Orbezo

Profesor de Arte y periodista peruano radicado en el estado norteamericano de Virginia desde 1989, donde dirigió el semanario en español La Prensa Metropolitana y fundó y editó la revista de entretenimiento VIDA Magazine. En Perú fue director de noticias de Radio América y por muchos años tanto en su país de origen como en los Estados Unidos desarrolló labores de promoción cultural para la comunidad latinoamericana. En los Estados de Virginia, Maryland y Florida, tuvo responsabilidades de productor y conductor de espacios educativos y de farándula para Tv por Cable y Radio Hispana.

Nació en el distrito del Rímac, Lima, pero creció y se formó escolarmente en el balneario de Barranco, Lima. Cursó estudios de Arte y Diseño en la antigua Escuela Nacional de Arte Dramático de Lima y en la Escuela de Teatro “Emilio Carballido”, dependencia del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura del Distrito Federal, México. Su formación como Comunicador Social fue desarrollada en el Instituto de Periodismo “Jaime Bausate y Meza” (hoy convertido en Universidad de Periodismo). 

En la actualidad Carlos E. Orbezo, quien adquirió la ciudadanía norteamericana, se encuentra retirado de su actividad periodística luego de veinticuatro años continuos en esta profesión. Las pasiones que mantuvo desde la década de los ‘80 fueron la dramaturgia y la poesía. Gracias a estas aficiones ha logrado cumplir una tarea hermosa en la difusión de sus trabajos literarios a través de redes sociales que le permitieron ser invitado como poeta y periodista a diferentes eventos por Iberoamérica, recorriendo países como México, Colombia, España y Perú. Autor de su primer poemario Las pecas de tu espalda, mayo del 2019 en Perú. Continúa escribiendo crónicas y obras de teatro. 

Palabras de otoño

El escritor Carlos Ernesto Orbezo, en su segundo poemario Palabras de otoño, acopia una fuente exquisita de textos que le da acceso al instintivo de vivencias que recoge y genera importancia no solo para el autor en la etapa de madurez, que todos los seres humanos desearíamos experimentar, sino que él mismo reviste y recrea los versos de fuego y mirra, los seduce ante el buen juicio de lectores y la escala de prudencia y sensatez. 

Palabras de otoño relata sus propios clamores, los más íntimos, los más internos, los hace que broten de manera fina para dar rienda suelta a lectores comprometidos con el criterio de una vida soñada, trajinada en delirantes periodos, son sus versos transitando la vida, propiciando la cordura y en ella se prevé una aprovechable vitalidad en el espíritu, los trazos del poeta son sus propios versos, al referirse al término “vejez” discrepa enormemente de la “vejez del alma”, y transporta a los lectores hacia sus  propias creaciones, hacia el arte de escribir en el espíritu, y la vivencia de purificar sus propios miedos marcando distancias, donde no sea “ilícito mirarse en el espejo “como contraste del tiempo.  

Esta nueva obra que lleva acertadamente el título de Palabras de otoño revela esa travesía de mirar  “palabras encontradas”, mirar la “piel encadenada cruzando puentes” en la mitad de los sueños. El autor perfila su propia “quiebra ante el espejo de su propia alma”,  frente a versos y abecedarios limpios y humanos, donde la nada queda al final silenciada.

Escribe Silvia Ortiz

El escritor Carlos Ernesto Orbezo en Palabras de otoño, hace credo de sí mismo su propia estancia, la vida suya discurriendo profundidades, es su propia voz, la de todo aquel que rebase cuatro paredes en campos diversos, la vida del poeta, su intrínseca actitud frente al espejo, sus errores, sus caídas, sus aciertos, su mágica forma de ver el calendario mordido por crepúsculos andares. El accionar propio del autor se mueve, la vida espiritual frente a edades que no pesan, y que ya porta serenamente.

El poeta recorre el espejo de sus propios años, invita cálidamente a esa mirada ausente de temores, se constituye en un duelo de conciencia plena y de seguridad del que anda, del que muestra su propio campo fresco, se halla así mismo en la timidez, y la vaciedad de sí mismo, sus años. Tenemos frente a nuestros ojos la capilla poética más certera del alma, ama y discurre por témpanos de frialdad en ese trajinar, y no se quiebra, ora sobre versos dolorosos, se conduele con el paso matutino de andantes, embalsamados andantes en la ofrenda misma del espejo.

El lector podrá descubrirse prontamente en ese binomio del que ofrece el autor, esa plegaria pastoral de gruesísimo formato, muy pocos escritores han podido perpetuarse en los ojos de lectores, de modo tan sencillo y con purificado escrito, ante ustedes este generoso aporte de justicia y benevolente rescate para el alma, Palabras de Otoño, lirismo sereno y arduo amor por los espejos.

Virginia, USA


Prólogo

Escribe Enrique Dintrans Alarcón

Y regalaré mi taza de café, las frutas mendigas de mi pluma

(del poema terrenal: “Palabras de Otoño”).

El escritor Carlos Ernesto Orbezo desarrolla sus escritos en la universalidad de los “otoños”, la generosa alfombra humana que se gesta como manantial en la exquisitez poética,  y es que a nuestro escritor le acompaña una fina intensidad y profunda gama emocional, deja abierta la mirada hacia los grandes misterios de la existencia humana, y la notoria intención de hacer perceptible aquellas verdades que “el alma calla”, no obstante, nos hace partícipes de una maravillosa conciencia, los “períodos del alma”, los “otoños del silencio”, una vez más es el lector o grupo de lectores que determinarán los quejidos nuevos que se sumen a la colosal invitación del “otoño en marcha”. 

En este segundo poemario titulado Palabras de otoño, es el mismo escritor quien traza un camino minucioso y distintivo hacia la acertada experiencia vital del otoño. La obra suya emerge, con una conciencia lúcida, cromática y descriptiva de lo que parece ser un ciclo, un movimiento vital, donde el balcón mismo del otoño se asoma con experiencias luminosas y desgarradoras. La voz del  poeta irrumpe en cada verso,  adopta distintas estancias emocionales, celebra e impulsa un registro vigoroso de sus recuerdos, olvidos y pasiones, cruza fronteras, levanta visiones, se examina a sí mismo con sorprendente naturalidad, transparencia y plática. Los sentidos quedan perpetuados y los  lleva al asombro mismo de la edad, de tal forma que es imposible no asombrarse, ni sentir empatía por lo que representa. 

Por otro lado existe en la poesía viva del autor, una conciencia del proceso histórico universal, donde la voz lírica le permite reconocerse y haberse perdido en jardines babilónicos, arañando sus propias alas, divagando su canto ante “huesos pensativos”, el poeta de la “danza plena” adjunta sus pasos lentos, su voz también es “voz hambrienta de secretos arrinconados”, es  culpa desesperada digiriendo preguntas, una voz que se siente golpeada “en sus propios versos”. El poeta Carlos Ernesto Orbezo, afirma haber caminado por calles imperfectas, vestido de blanco, desesperadamente de blanco, ridículo y desértico, irremediablemente sensible, se ofrece así mismo como “testigo inquebrantable” y poeta del “alimento interno”, él mismo cabalga y olvida abecedarios, desenreda idolatrías  encadenadas a tierra de nadie.  

Frente a lo sagrado y la expectativa de lo divino, no puede ocultar cierto trato con registros de lo religioso, muy recurrente a lo largo de sus escritos, pareciera una veneración meritoria del “mirarse por dentro y en otoño”, así se observa que recorre su largo peregrinaje, y es la poesía, su poesía la que intenta cruzar puentes en que el tiempo se disuelve como ocurre en el poema “Un día”, y así, “un día cualquiera, de visitas inesperadas”, un día en que quizá llueva, o que quizá nunca llegue, en el que el poeta “olvide cerrar puertas”, o “la memoria se escandalice”, y es que esa voz, su voz ha vivido tanto, que “ha llorado sobre sábanas santas” y traza silenciosamente porque “hay lluvias festivas en copas de vino”, y “por los besos y versos de todos los viernes santos”. Sin embargo hay un quiebre de esta alma peregrina que, no renuncia a un declarado compromiso de escribir “plegarias en las cenizas”, escribir “las miserias del alma sobre lluvias de hambre”.    

Y como varón del amor, deja una enseñanza mayor, amar y respetar a la mujer, dejando de lado ese torbellino de crímenes en que se mata y se atropella a cada mujer del mundo. Su voz se levanta ante el festejo por la mujer “como revelación del amor”, presenta una relación amorosa hacia la mujer, su esposa a quien describe en la libertad de las ataduras y culpas, la mujer que ama señala el autor “la que limpia con besos de fruta mis mejillas golpeadas / la que todo lo transforma y glorifica / la que alimenta sus ojos en la ruta de la inocencia y todo, todo lo desnuda”. Es esa mujer, su esposa, la que esculpe milímetro a milímetro el otoño de los sueños, la mujer de la sonrisa autentica, su esposa, la mujer que considera serenamente hermosa, ella la que imagina locuras de fuego y de siempre emancipada culpa, ella la que goza en sus brazos como niña, y en “otoño”, en otoño, en todos los otoños, eso espera.  

Por otro lado y en perfecta sintonía y registro introspectivo, el poeta refiere a la “Madre”, a su propia madre y en ella a todas las madres. Le perturba ver partir algún día a su propia madre, y de seguro confía eternamente en los otoños de los hijos y el cuidado de sus madres, eso cree, eso anhela, por eso escribe: “espérame en el faro de las conductas olvidadas”, espérame “cuando marches al paraíso de los mundos felices”, la madre, a quien quiere escoltar, a quien revela incansablemente ser dueña de sus adentros, de sus avances, de saberse y saberse vivo de verdad y en “otoño”, pues ella le ha dado el poder de una mirada que le ha llegado como una visión “bendita” de la tierra, una visión acústica de vivir y de vivir en la libertad de cada ruego.   

Palabras de otoño de nuestro autor Carlos Ernesto Orbezo, nos invita a la consolidación de esta tierna, y espléndida plegaria por la vida en “otoño”, adherirnos, y a sumar de por si en nuestras sociedades el arte de vivir el “otoño de palabras” de nuestro interior, nos ofrece vida, y la danza jubilosa en la esfera del cristal de nuestras edades, nuestro interior, nuestras vivencias, ahora en medio de un mundo recargado de ausentes “otoños”. Este poemario podría sumarse a las casas de hogares donde la lectura se haga baluarte de tantos y tantas angustias de “otoño”.

Santiago, Chile.

Febrero, 2020.

MUESTRA POÉTICA

CAMINOS IMPACIENTES

Y aquí estamos...
gaviotas embriagadas,
abriendo alas a la realidad
de nunca aborrecer inocencias,
liberando condenaciones,
eliminando canciones de fuego
en oraciones matutinas,
sujetando costumbres
en cada silencio transparente
de latidos eternos.
Gaviotas embriagadas...
hoy estamos sin gemidos
rescatando memorias intensas,
horas de promesas bailables,
miradas enmascaradas
sin nombres excluidos,
palabras huecas,
letras traviesas impacientes,
arrojando monotonías
de voces incorregibles.
Y aquí estamos...
bajo lluvia de letras egoístas,
sacudiendo cansados secretos,
con las ansias de creer
que hay espinas y sueños
en el camino libertario
de juramentos ardorosos...
y es que somos peligro
bajo el humo de viejos árboles,
sin violines encendidos.


ESTE DÍA

Este día...
que no es un día cualquiera
en el otoño de mis cantos...
hay líneas blancas
en las huellas del reloj,
en páginas coloreadas
que alimentan fantasmas,
en lo profundo de mis paisajes
de luces intermitentes,
de cruces en la frente.
Líneas blancas
en los sonidos bendecidos
de la inocencia,
en la sangre transformada
en vino tinto de viejos siglos,
en lágrimas o lluvia,
sin abecedarios peregrinos
por el viento musical
de mis años perdidos.
Este día...
que no es un día cualquiera...
escribiré sobre alborotos
del cansancio
cuando desgarro la mente
de todo lo fatal en los huesos.
Líneas blancas...
en la rabia del camino
que roba los auxilios
de ventanas abiertas.
Solamente este día
en el otoño de mis danzas,
de hierba húmeda,
de banderas ahogadas
cada mañana sin medallas,
con las manos apretadas
en los bolsillos, 
robando el frío a las sombras, 
crucificado en mis letras.





DEAMBULA EL OTOÑO, LIBRO DE POESÍA DE CARLOS L. ORIHUELA

Deambula el otoño  testimonia un trabajo sobre la significación y el tránsito por las rutas sutiles del arte y la vida. Reúne poemas de vari...