jueves, 3 de octubre de 2024

Obra literaria de Carlos Orihuela en Hipocampo Editores




CARLOS L. ORIHUELA (Tarma - Perú). Obtuvo el grado de Licenciado en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos del Perú, y los de Maestría y Doctorado por la Universidad de Pittsburgh (Estados Unidos). Ha publicado los libros: Dimensión de la palabra (1974, poesía), Abordar la bestia (1986, poesía), Nube gris (2002, poesía), Abordajes y Aproximaciones. Ensayos sobre Literatura Peruana del Siglo XX (1950-2001) (2009), Valle de entonces (2012, narración). 

Publicamos los poemas que corresponden a las plaquetas de poesía: Asfixia (Lima, 2022) y En Mama Huari otra vez... Estos magníficos textos muestran instantes en los que el poeta aborda dos temas distintos con gran profundidad, pues explora la terrible pandemia Covid y también trasmite la visión mítica de la historia de las rocas de Mama Huari que se erigen en Huaricolca, ubicada en la templada región de Tarma, Perú. 

El poeta nos entrega estas creaciones poéticas a través de un lenguaje fresco y pulcro para destejer detalles de una pandemia que deshizo los nervios humanos y, de la misma forma, hilvana el hecho mágico que subyace en toda la tradición oral de nuestra cultura diversa y trascendente como es Mama Huari. 


Asfixia
Lima, octubre de 2022. 

Un poema dedicado a su hermano Enrique Ernesto

I

Recuerda, el 2020 es tu habitación,
el techo estático, arrancado de tu vida;
su vacío desteje el sol, los ángulos cortantes del aire,
las cifras dañadas del calendario.
Tu cuerpo habita el reloj, las fases estrujadas del mundo;
mide su respiración, los gramos de su energía.
¡Ah, tiempo encadenado, vuelo atrapado en la conciencia!
¿Quién apura este desliz del átomo, las operaciones fallidas
del organismo, los aceros desflecados en la respiración?
¿Quién arranca unidades del aire, rocas angulares del dolor,
tallos aún vivientes?
¿Quién desata el aguacero equívoco, los calores rabiosos,
los ventarrones desplumados?
Clausuraron el amanecer,
los templos vigorosos del espacio:
desde las ventanas los pájaros estiran la luz,
cincelan el rumor con tercos gorjeos y silencios;
el horizonte declina, salpica astros huidizos,
dardos calcinados que desangran las tardes.
¿Sientes tu extensión, tu ruta temporal, tus topes corporales?
¿Te sabes exacto, aún creciente, agregado al espacio?
El zigzag del sable cuartea las horas, las rutas al vacío;
lumbres agónicas tiritan en el corazón,
retuercen las amenazas, los capítulos vacíos de la soledad;
el viento enreda aullidos, aleteos remotos,
estruendos sospechosos en el pecho;
máquinas apuradas quiebran esquinas, avenidas, edificios apagados,
cruzan el portón del destino.
Todo conduce a la misma celda, a la fecha atropellada,
al péndulo ciego;
se marchitan mapas, voces, memorias;
en los muros reptan auroras, paisajes extraviados,
días empapelados.
¿Quién devora las gotas del instinto, el día repetido,
las treguas razonadas?
Aquí, en la cúpula opaca, en el mirador extenuado del cuerpo,
se divaga, fracasa el pulso numérico;
arde el ser racional en tableros, en escenas recortadas, en registros erróneos;
cojean los cálculos, las miradas lineales, los tramos pendientes;
se ha quebrado la rueda previsible: el carril de la voluntad,
los trazos mensurables, las prédicas veraces;
menguan las plazas solares, los prados oceánicos:
brisas atascadas, esplendores estrujados.
Desde esta hondonada, en las junturas falsas de la tierra,
arrinconados, vagamos por los lados perdidos,
los bosques del pánico:
el destino es el aletazo ciego, la brújula hundida en las tinieblas.
Y despiertos, aún en escombros, hechos de reflejos,
de humos de hambre, contenemos el vuelo, el salto fresco;
atamos ideas, las columnas del corazón,
los filamentos del ansia.
Queda conservar las manos, las cuerdas de la imaginación,
las cartas escondidas,
los fardos enterrados de la esperanza.


II

El cielo cruje, agrieta el tiempo, las cenizas;
fluyen tardes, adioses, sangres deshojadas.
            Penden pasos, horas repetidas.

Trina la molécula errada en la rama muerta.
             Estilete impronunciable, talle afilado, zapa rabiosa.

Te señalan: arreas la muerte, la cola del veneno.
            Te elige el puñal, y tú rasguñas el corazón, los claros ambiguos del mapa.
El hospital aparta la boca: se escurre en carteles, tableros de dolor;
            ¡sí, designios, pasos irreversibles, bandadas de adioses!
            Tú, el victimario, gatillo ciego, trasto numeral.
            Fraguas la derrota, hundes el tallo culpable.

                         Quieto, ¿oyes? Crepita la respiración.
                      Declina el músculo, la voluntad, la tregua.
                     ¿Hallas las ventanas, el pasadizo, el escape?           

Detente en ti, eres quien queda todavía, pieza extraviada.
            Capítulo inmóvil, trecho latente.
                ¿Percibes el rumor, el agujero de la noche, la túnica esquiva?
                ¿Te alcanza el grito, el aullido metálico?

“La unidad tribal, herida en la médula, yerra sobre sí”.
“La razón divaga, tantea el naufragio, ahoga el lado despierto”.
“La secuencia vida–muerte deriva al atajo equívoco”.

                            ¡Conoce su agonía¡
                            ¡Tócale el pelaje, diluye en voces sus filos!
                ¿Contemplas el muro? ¿El dintel de la lluvia?
                            (Era el amanecer, los trazos del agua).

Chilla la alarma, el telón quebrado de la mente.
            Portas el punto aciago, el hilo del absurdo.

La calle arrastra espadas, opacas caravanas.
En la lejanía huye la multitud. Destraba días, muertes, crudos destierros.
Los niños desfallecen, cavan el papel, huyen de su edad.
            Deambulan en el cálculo, burlan rayas divisorias.
El gentío declina, gotea en voceríos; huye al pasado, la orilla falsa:
                montañas claras, flautas de piedra, casas en la brisa.

Los viandantes decrecen, se reducen en pantallas,
crudos anuncios, remotos altavoces:
los primeros planos desatan agonías, retratos esquivos, diagramas infidentes.
Las cámaras se abren al temor, telones ambiguos;
desvían luces, gestos, derrotas, arrebatos.

        La voz te desdibuja, cubres fragmentos,
        gestos fugaces.
                La norma del metal y el caballo del encierro.
                El agujero corroído de la respiración.
                La vigilia sobre tus propios restos.
                Los fuegos de los ojos en los ventanales.

    “Son los tiempos”, te convences. Apuras tu rueda animal
sobre el cartón de fórmulas; esbozas la espera,
las cifras sobre la esfera, los plazos probables.

“El desvío inicial modifica el todo, se expande innumerable”.
“El pacto metódico determina el orden, calcula el horror”.
“La fuente natural define el fenómeno, rehace el objeto”.

Apóyate en ti. Elévate a tu piel, la terraza insomne.
        ¿Tocas el botón, el destino? ¿Lo escuchas?
        Te advirtieron, arrugaron tu hambre,
                    omitieron la balanza,
                        anudaron el aire.

Agrégate al calabozo, coteja tu eslabón, descifra el escenario.
Aquí el camino y ahí el abismo, abriéndose en los ojos,
en patios incalculables.

¿Quién forzó la puerta, arrancó el letrero
y esparció esta música?
¿Por dónde huye la ira, la nave agrietada?
¿Qué remedia el tiempo, esta mitad de abismos?
¿Quién resuelve el plazo, el proceso sumario?

“El dolor y el placer sostienen los ejes del cuerpo”.
“Todo desastre colectivo es, sobre todo, desastre de individuos”.
“El tiempo–espacio modela el fenómeno; no lo explica”.


III

LOS CONTINENTES:

Arrasados –tierras heridas, apretados nubarrones–, los continentes declinan, degluten su energía, costras de arena sobre pueblos insepultos. Sus portones, antes incrustados de metales, blasones labrados en la electricidad y tablas de júbilo, rechinan sobre ejes muertos. En sus tejados campea el puño del aire, los rayos torpes del desvelo, el viento enojado de la amenaza. En las calles, gentes difusas huyen del día, de
la noche, de las campanadas del cuerpo. Una brisa espinada envuelve la soledad, los rincones encadenados: asolan buitres enquistados en la respiración, puñales diluidos en la sangre. El punzón despierto, la molécula detonante, horada refugios de la energía, alas descosidas en el espacio; se enarbola la cabeza del hambre, el cabo marchito de la fiebre; el brazo único del dolor, impávido, recorre sobre el raso del tumulto; se encrespan banderas de la peste, los aguijones invisibles; refulgen señales astrales de la asfixia, rutas extenuadas de la voluntad. Las plazas, antes de aves solares, halos estridentes, desgranan lamentos. Niños de hilos sonoros, hombres de sombreros navegantes, damas labradas en redes de pétalos, cruzan pantanos, hunden los pies en el mañana derrotado.


LAS NACIONES:

Los mapas se estremecen. En cada isla, en los retazos de la tierra, asola el temporal, se acorta el aire o se desvanece, se agota el pan terrestre. El ciego rodillo cruza el llano, surca la razón, cuartea las  promesas, tiende vacíos en mesas invisibles. Se esfuman las banderas tibias, las cercanías floridas de las palabras, los adioses sangrantes, el abrazo fluido de los hijos. Las fronteras desfallecen en llagas recientes, alzan puños marchitos contra el día: allá, en el horizonte, se avecina el pesar, el torrente impensable; en las calles resuena el ocaso, los nudos mortales de las sombras. El dolor invade a tientas, hiere en sus balanzas: trozos fortuitos de historia, papeles culpables en los muros, pesos antiguos de armas y aceros dormidos; la agonía se enardece en rincones, en raíces, desde el siempre al siempre; agrieta rutas de escape, zonas clausuradas de la respiración, nubes azarosas. Escudriño el mapa, los colores inútiles del orgullo, los perfiles célebres o infames, palpo los bordes corroídos de los pueblos; y en los sembríos y caminos, entre las líneas despiertas de las tribus, en el corazón innumerable de los hombres, se desprenden lágrimas, naufragan palabras, huyen del corazón las ganas de todo.


MI PAÍS

¿Flotas aún en arcillas? ¿Lates aún bajo la tierra?
¿Suena aún la aurora en tus arcos de aves o lluvias?
Naufraga ahora mi memoria, divaga y perece en valles de
piedras, en desiertos. Imagino tus éxodos: caminos trizados
por la noche, largos en arenas muertas, en tardes alarmadas.
En los cielos, convulsiona la tempestad, las furias repentinas;
cada estrella es un brinco temerario, penoso destello
que se escurre en los sueños.
Las gentes hurgan la brújula, las huellas de la estación;
estiran puentes sobre el pasado; encienden antorchas de
sangre, fogatas en las montañas del espíritu. Detrás quedan
las barracas, las penumbras del hambre, el encierro reseco.
Retornan a la calle secular, al abrazo decisivo de los árboles;
retoman el viento enérgico, el suelo incansable, los ríos desatados.
Aguardan los altares cósmicos, las venias familiares
de la tierra, los corredores pensantes de la vegetación.
En la urbe, entre el cemento y los hierros frondosos, vagan
las sombras y las máquinas, tientan salidas en el laberinto,
en las palabras descolgadas de las clínicas, en las torres
enredadas de las cifras. Callaron los clamores en las plazas,
los conciertos apretados; se arrinconan en el miedo, en los
ángulos últimos, al acecho de la bondad, del aliento oculto,
de los toques ligeros del amanecer. 



EN MAMA HUARI, AQUELLA VEZ...

 “Las rocas de Mama Huari”, de Tarmeño. Lima-Perú. Julio 2024. 

Técnica: Acuarela sobre papel, 38 x 36 cm, 2023.   

(Las rocas de Mama Huari se erigen en Huaricolca,Tarma, Perú).


En Mama Huari, aquella vez...

 I

Esas rocas. Lanzas de asombro contra las testas del átomo, mazas de origen en el pulso de la multiplicación, torsos de espacio en los pedestales de la memoria; hálitos de ira que profanan la médula del grito, la rueda cautiva del embalse estelar; galgas hundidas en las noches de la geología, en el vientre viscoso de la velocidad; esqueletos de sol en cuyos tallos arden las hojas numerales, las hebras planetarias, las rosas ciegas de la navegación; pedernales incipientes cuyas furias embravecen los ciclos simultáneos de lo interminable, las cascadas irresueltas del vacío, los hachazos perplejos de la química; túmulos terrestres incalculables cuyos dedos deambulan en el reloj, sin ruegos, sin agonías, sin bufidos de árbol inicial, sin bostezos de bosques esquinados en tiempos y palabras.

    Esas rocas. Guerreros nimbados en la yema del ente inmediato, ecos de roca expelidos en puños cifrados, en nudos semejantes a la proa rocosa del planeta, a la estampida vegetal cuyo murmullo se anuda en espejismos, en hojarascas airadas de luz; hundidos en el fango del aullido, en el abismo crónico del metal, en la gruta insistente del dardo silábico que perfora la armadura de la idea; linfas de tierra bajo la losa aritmética de la conciencia, masas extenuadas, enfurecidas en los colmos de la anatomía mineral, en la tripa oceánica del aire, atadas a la pata errante del péndulo, reincidentes en el caudal circular de la piedra, en el alud espumoso que la oscuridad sacude en los sentidos subterráneos, en las nervaduras unísonas del granito.

    Esas rocas. Pagodas de nervio atrapadas en la energía, en las espesuras carnales, en la corola astillada de la bruma; barrotes indomables de las eras orgánicas, asfixiadas en la curva metafísica del ojo, en los archivos trastornados de la desmesura, varadas en el desván intermitente de la inconsciencia, en las praderas armónicas del espectro, en las escarpadas esferas del pájaro plural; balcones dilatados en el agujero voraz de la palabra, fuegos en el osario verbal, en el catafalco enardecido de la raíz, en los filamentos indefinidos del concepto; templos flotantes sobre el zumbido animal, sobre las charcas de la cifra en cuyo centro vibra una centella herida, una flecha muerta, invertida, contradictoria en su imagen periódica; torres ensombrecidas en el hastío, en la pereza cósmica, elevadas en las crestas paralíticas del estupor, en el patíbulo acuchillado de la noche, en la sed corrosiva de la boca abismal, en las quijadas omnívoras del calendario, del apetito sideral del meteoro.


        Esas rocas. Tumultos interiores del objeto, cubos atroces que el pensamiento arrastra en voces eléctricas, en trinos que gotean en guijarros de lágrimas, en semillas que ladran desveladas en las noches del equinoccio; bloques del color de la espera, del austero matiz del tránsito, apilados en el limbo del génesis, en el reflujo de las fuerzas peregrinas del sueño, encubiertos en el azufre concéntrico del tacto, en el invierno giratorio del mármol, en las barbas incalculables del tótem dialéctico. Esas rocas. Bloques en ondas sanguíneas que encallecen la contemplación; fuentes obstinadas que arrastran la lengua secular, la carta poliédrica que el cerebro dispara contra las vigas de la mirada; períodos clausurados de la apariencia, líneas certeras de la fabulación, de las articulaciones tempestuosas de la energía; torrentes de razones en fuga al tórax deshuesado de la repetición, temerosos del labio filoso del chillido; trozos espaciales que se adentran al precipicio primordial, al frontón numérico de la inmensidad, al risco ebrio de lo interminable, a las cumbres múltiples donde el ensueño pierde su órbita y se precipita a la idea sorda.

    Esas rocas. Cuerpos sucesivos en alaridos de agua, en antesalas físicas inconquistables, oleadas de soledad lanzadas al desierto del volumen, agónicas en los tronos fortuitos de la materia, en las hierbas templadas bajo el manotazo celeste; garrotes del espacio arrumados en las mazmorras del fuego, abiertas como fisuras en las dimensiones, en las distancias empozadas en la inmovilidad, en los espirales inflamados que descienden al talón del futuro; torres de hebra lunar que se encrespan en corolas de colmillos, en cabelleras magnéticas, en la herida sesgada de las tardes humanas, que retoñan en la maquinaria instintiva del cosmos, en la canícula engranada en los siglos como un corazón en un muro repentino.

        Esas rocas. Titanes desterrados a la molicie de la cuadratura, a la simetría del rosetón espacial, sólidos veloces de cuyo trazo brotan, en zafarranchos abismales, cernícalos indivisibles, buitres totales atrapados en las serpentinas del minuto, graznidos atornillados a las muñecas de la tempestad, arrojados en cenizas a la unicidad del túnel ocular, a las garras de las salpicaduras del dolor, sedientos de vida en su asedio al instante, a la multitud de la mirada, al desvarío solar en las mareas del sueño, a la vejez instantánea de la palabra; bloques estirados sobre la túnica irrepetible de lo infinito, suspendidos en aretes planetarios, en los techos ubicuos de las constelaciones, fríos centinelas que el insecto geométrico erige desde el humus de sus entrañas, trastornados en la boca del año, del segundo, del tiempo del tiempo.


II

Caminamos bajo la mañana. El sol huía enredado en brisas, grises remotos, nieblas húmedas. El camino bordeaba peñas, quebradas heridas, galgas de granito apuntando al cielo; ascendía en curvas entre helechos, rocas apretadas en desfiladeros, llanos apagados. Íbamos por la senda que se deshierba aterida por los vientos de Mama Huari. Nuestros pasos eran de horas, de años, de eras resumidas en instantes de sol y lluvia. Sorteábamos las brechas de sangre que divorcian tiempos, intervalos ciegos en rutas de siglos, puentes de cifras perdidas. Rasgábamos el silencio con golpes de voces, ecos lejanos del corazón, torpes memorias, retratos torcidos del pasado. El presente flameaba total, enraizado en su instante.

    Caminábamos destinados a la desmesura, al océano imposible de los ojos, al templo desbordado del espacio; íbamos reales, anegados en aliento, entre arroyos huidizos, mariposas de limo, árboles adormecidos. La resolana liaba nuestras frases como un cordón ardiente, flotaban lienzos de alborozo colgados en las fauces del aire, resacas de risas sobre las murallas del instante, trazos recientes en el espacio, en la tabla mansa de la vegetación. El presente se extraviaba en la senda quebrada, arisca, de las escalinatas, en pasajes escarpados hacia los topes de las montañas. Era la niebla prendida a las redecillas de la luz, a los cascabeles de aire, a las pupilas ocultas en las candilejas veloces de la noche planetaria. El hoy era el destino único de lo eterno, el peldaño móvil en los laberintos de la hierba, en los patios de la liebre espectral, irreverente, fugaz en su ingeniería instintiva, el instante erguido en el pajonal, en los senderos destejidos del riachuelo.

        Un islote intermitente de dichos, de memorias fieles hasta la exasperación; nombres encanecidos, pretéritos ya insípidos aferrados a la boca, fuentes en cuyos hilos fugaba la cola del júbilo, la ración irrevocable de la esperanza, el chorro cíclico de los seres inmediatos.

        Y ascendimos precisos, guiados por el mapa vivo engastado en la tierra, por voces que el tiempo esgrime en la piedra; y hundimos las manos, los cuencos esponjosos de la mente, enel agua milenaria de Mama Huari, el ojo atemporal que todo lo contiene, el punto minucioso inserto en el punto absoluto. Bebimos en su remolino ventral, en su abismo universal de madre, siete sorbos, siete sangres que encendieron la única voz de las rocas, la araña cósmica perpetua, el candelabro de heridas de las cumbres. Y lloré como si reiniciara mis calendarios, mis prolongadas pasiones circulares; gemí con toda mi vida mi distancia inútil, el silencio estropeado de mis ropas, la calleja adormecida de mis suelas. Desgarré el telón carcomido de mis cansancios, liberé los zargazos metálicos de mis nervios; mi alma roedora detonó su lago ácido y trepé, en desasosiego, el árbol de mis culpas. Ausculté en los signos que el agua desmadeja desde las losas del frío, en las ojeras del papiro mineral, el saludo extenuado del músculo, las cartas aliviadas de la respiración, las banderas sonámbulas de los sentidos. Abrí mi cofre de arenas y liberé, arrepentido, la piara de insectos de mis himnos, y lloré otra vez una canción semejante a la lluvia, a las olas del rebaño estelar. El agua deslizó por mis dedos las gotas proféticas de su nitidez. Luego, cuando en la piel nos asomaba la risa como un tatuaje alborotado, descendimos renacidos, llenos de sol y torrentes frescos en las junturas del espíritu. Cruzamos el pedregal, la alfombra adormecida de los maizales, el mediodía elevado en humores terrenales.


III

Mama Huari no espera. Está porque está. Yace indudable, se establece en el siempre, en la nave neutra del acto. Crece en el vaivén de su esencia, en el iris de sus rutas múltiples, en el vértigo irrevocable con que arde. Brota unánime en el flujo riguroso de su materia, en el nudo febril de sus luces. Brama en las arrugas del rayo, en el árbol solar que lanza en fibras rabiosas sus frutos, sus hojas flageladas. Fluye en la ruta ahorcada del eco, en las duplicaciones vehementes de las estaciones, en la energía que se muta a su propia semejanza; voz horadada que reitera sus preceptos de dios apagado, estancia sin fechas en el clamor del metal, en los disfraces de la piedra que retorna a su origen, envuelta en rumores oceánicos, en nubes repetidas.

    Mama Huari yace en la llanura vidriosa de los ojos, estampada en el infinito como una mancha donde caben los naufragios secretos de la existencia, donde arden en su mecha sagrada los puertos únicos de la cabeza, los rasgos cicatrizados de la razón; está y toda pregunta la conmueve como una gota de verdad que roza apenas sus pupilas; está cuando nos cabe en la bondad de la noche la candela coloquial de la vida, cuando cada exhalación de fuego o agua sobre los tropeles del vacío es una voz significándolo todo, callándolo todo, dejando en el hoyo de la interjección una parábola larvaria, un mandato que sedimenta sus filos en los cimientos de la imagen, un yo desencadenado en moléculas que ruedan sobre páramos de la infinitud, acumulaciones simbólicas con que el imperio del ego erige sus atalayas.

    Mama Huari escucha y calla, labra sus rostros como si dragara en la cortina final de los libros naturales, torna el jeroglífico de su bondad hacia la página emplumada de la falacia, hacia los despeñaderos del papel asesinado, agrieta la esfera de sus lados perdidos, urde el bostezo por donde fuga el sonsonete de su fragilidad. Si hablara con lengua mortal, los universos mudarían sus ropajes, atarían sus tropeles de animales nubosos, llovería la leche espacial en flecos vivientes inundando de gemidos los osarios astrales, las constelaciones renacidas; los vaivenes imantados del dedo lunar desdibujarían los destinos, soltarían sus espadas de cera contra el corazón arenoso de los relojes, contra los restos de sombras en los ángulos dormidos de la tierra.

        Mama Huari empuña la sílaba trunca que nos merodea, los hilos de la gramática de los hechos, las fugas uniformes de los seres instantáneos; señala el punto solar de las grandes decisiones, el ademán que desgaja fronteras en el entendimiento, el árbol incoloro que enerva su caja de adioses y la libra a la avalancha de la interrogación, al pantano del paréntesis; pulsa la red mecánica de las turbulencias, las dentadas ruedas del infortunio, las rectas alarmas de la inteligencia; desarticula la soledad, los torpes silencios, y los arroja al remolino de la memoria, al mapa crónico de la escritura, al lienzo silvestre de la mitología; cuelga sus collares de notas como faroles de líquido estelar, como mariposas suspendidas que agitan las puertas de la iluminación; corre el pestillo de los teatros febriles de la inexistencia, de los retratos amotinados de la desolación, y queda presa en las superficies, en las porosidades que articulan los cuerpos fugaces; permanece en lo nunca dicho, en el grano final del sonido, en la espina limpia de la lengua absoluta.



Abordajes y Aproximaciones. Ensayos sobre Literatura Peruana del Siglo XX (1950-2001)


Este libro es una selección de nueve ensayos que resultan una exhaustiva y sugerente lectura de algunos de los autores y obras más representativos de aproximadamente cincuenta años de la literatura peruana contemporánea. Como nos lo confiesa el autor, su objetivo primordial es poner en consideración la serie de reflexiones y conclusiones a las que ha venido arribando en lecturas e investigaciones realizadas en sus años de docencia universitaria en el Perú y los Estados Unidos. El resultado es, pues una antología de investigaciones centradas principalmente en textos que ponen de manifiesto de manera clara y profunda la naturaleza diversa y contradictoria de la literatura peruana en su proceso post-colonial. Especial importancia adquieren los capítulos dedicados a autores afro-peruanos, sobre los que se han hecho aún muy pocos estudios sistematizados. Igualmente podemos mencionar la profundización y novedosos planteamientos en torno al fenómeno intelectual de la Generación del 50, así como las aproximaciones teóricas y técnicas al desarrollo de la poesía conversacional de las décadas de los 60 y 70. Sin duda, este volumen significa un aporte valioso y motivador para el balance y evaluación de un período crucial en el proceso literario y cultural del Perú contemporáneo.

Valle de entonces

 
Este libro es la selección de catorce relatos de Carlos L. Orihuela, despliega y armoniza testimonios de tradiciones andinas vivientes, crónicas que ilustran y alegorizan nuestra heterogeneidad social y cultural, ficciones recargadas de la agitación y hasta la violencia tan propias de nuestros días, y relatos y viñetas saturados de ecendida subjetividad, humor y poesía. Esbozados en variadas propuestas narrativas y con pareja habilidad y sutileza, desarrollan argumentos y situaciones que confluyen, como puezas complementarias de un rompecabezas, y vienen a conformar la sola historia de un universo humano y una colectividad. Relatos cortos, escritos en lenguaje simple y claro, tratando de auscultar la memoria del aquí -de los espacios nativos más sentidos e inmediatos- y el exilio, el presente caótico e indescifrable, y la gran imagen histórica y mítica del Perú. 



viernes, 5 de julio de 2024

POESÍA: Naturaleza y límites de la lengua en Sabor de sidra, libro de Teófilo Gutiérrez


 

Escribe Jonathan Mostacero

En la brevedad de los quince poemas de Sabor de sidra – dieciséis si se cuenta el introductorio “cero”- parece contemplarse con deleite la imagen de un ambiente natural que intenta descifrarse con la virtud palabra, pero que a su vez reconoce los límites de la lengua ante la magnitud de lo representado: “se deshacen en la yema de los dedos / el polvo muerto de los desengaños de la lengua / que no puede contener tanta hermosura”.  En este afán lírico, son habituales las escenas de una infancia en comunión con lo campestre, “En el horizonte de la nostalgia /soplan hojarascas /en la tibieza de una cama de infancia”, así como recuerdos maternales a la usanza de Oquendo, “¡Madre! tu voz me afeita esta mañana /el sabor de la sidra y cafetos rojos”. Igualmente, se descubre la voluptuosidad de una voz lírica, “la erupción del pecado/ y la mujer se despulga / de puro viento”, que restituye de belleza la cotidianidad, fuente de un arte poética cargada de inmanencia hacia la tierra: “desde /el cántaro / desde el primer pedo del dinosaurio”. Así, los poemas de Sabor de sidra evidencian una poderosa sinestesia donde los olores, sabores e imágenes se confunden en una memoria y visión de mundo que celebra los sentidos, “El mar tiene olor a musgo infinito”, al igual que su anhelo por la representación de la dinámica naturaleza a través del verbo: el resumen es la emoción del verbo que nada quede flotando”.

En cuanto al apartado final, Imaginario, es un conjunto de cinco textos de prosa poética que conjuga lo bucólico y lo coloquial en estampas de tono nostálgico. El lirismo campestre, tan propio de su narrativa y dinamizado con digresiones surrealistas, se presenta en “Descanso” y “Bucólicas”, donde la voz poética se identifica con el paisaje: “De pronto muerdo la menta y recorro el cerro como becerro riendo…” Por otro lado, “Amor” y “Fe” desvelan la predilección por destacar aspectos de la tradición popular como “¡adiós Virgencita de Chapi, ay nos vidrios!, porque seguramente volveré bien arrepentido…”. Finalmente, “protestantes” anuncia, a través de un inicial paisaje onírico, un alegato contra la dictadura y una restitución política de la firmeza de una multiplicidad de voces que resiste sus atropellos: “¡mírenlos!, no son de brisa, son de arcilla irrompible como el acero como algo más”.

Indudablemente, sorprende la sobriedad y contundencia de los versos e imágenes líricas en esta primera incursión poética de un narrador de oficio como Gutiérrez.

TRES

Universo juego de dados
anda que mete los ojos conjuga
cabalgando para tantear la noche
en el punto exacto
cuenta las horas y apura la etiqueta
para amarrar el dedo gordo del pie.

El mar tiene olor a musgo infinito.

Ya cuelgan los ruidos
cacerolas / cucharas / viento
del minuto y desboca el tic
que golpea
y aprieta tanta nostalgia
del nacimiento y fin
del colibrí que restalla gotas de rocío.

Y la máquina del tiempo
dibujará pentagramas alegres y tristes
hasta cualquier tarde o mañana o noche.
En el horizonte de la nostalgia
soplan hojarascas
en la tibieza de una cama de infancia.

Escarbar dados con los dedos al lado
del paraje mirando y remirando el azar:
/Voy o no voy / si cae cinco voy/
/Me hice la propia trampa y salió seis/

El latido /el paraje/
desde allí veo descalzo el horizonte.
Lamento húmedo en la tierra de sangre viva.

Mi madre parió entre estos cafetos
y de aquí vengo turbio
a la ciudad de piel porosa
que maldice mi lengua de lluvia.

                                                                        DESCANSO 

Abajo del frondoso sauce el agua fluye como cola de gato rozando la piel de peces pequeños y plateados / el río va corriendo por todas las orillas y el sol intenta sortear la maraña de los michinos y sauces / se delata una trocha de carretera en la misma ruta de arrieros y el golpeteo de pezuña de mulas / cuando aún el mundo era virgen y todos conocíamos el nombre de pila del otro / pero fue otro tiempo y hay que pasar la página o mirar hacia otro lado / -dicen los pragmáticos.

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ANTONIO CILLÓNIZ, dixit: La poesía es brevedad, también la poesía es emoción y además la poesía es fundamentalmente intensidad. Esto es, una breve e intensa emoción; por eso perduran los poemas. Así también es este poemario transido de un sentimiento primigenio, que es expresado siempre desde una sabia madurez poética. He aquí ejemplos de ello en este breve, intenso y emotivo poemario Sabor de sidra: «¡Madre! ¿dónde ordenar tanto amor?/ en milésimas, diametralmente, diríase.» Y, «de corazón al sol también las mariposas/ se deshacen en la yema de los dedos/ el polvo muerto de los desengaños de la lengua/ que no puede contener tanta hermosura.» O, finalmente, «Ya cuelgan los ruidos,/ cacerolas cucharas viento/ del minuto y desboca el tic/ que golpea/ y aprieta tanta nostalgia.»"

ROGER SANTIVÁÑEZ dixit: Un libro de poemas de inspiración y belleza indudables. La recreación de la infancia y el campo alrededor están logrados con sincera plasmación. La dicción está muy bien manejada, igual que el ritmo y el aspecto visual de algunos momentos o aquel «lomismo», directo guiño vallejiano que funciona perfectamente. En Sabor de sidra hay como una impronta neobarroca y/o trabajo de lenguaje. En suma, el libro crea su propio universo poético. Eso es. Gran abrazo siempre & bienvenido a la poesía.


https://miguelildefonso.blogspot.com/2024/04/sabor-sidra-de-teofilo-gutierrez.html.

"SABOR A SIDRA" DE TEÓFILO GUTIÉRREZ

Escribe MIGUEL ILDEFONSO: 

Teófilo Gutiérrez (Jaén, 1960) es un conocido y excelente narrador que salió de las aulas de la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos en los años 80; autor de los libros de cuentos Tiempos de Colambo y Colina Cruz; y además dirige el prestigioso sello Hipocampo Editores, en el que publica casi exclusivamente poesía de autores peruanos, algo muy digno de resaltar. En 2023 la vena poética de Teo, como le dicen sus amigos, afloró con Sabor a sidra, su opera prima en poesía.

No es común que narradores o novelistas, luego de hacer una carrera como tales, incursionen luego en este arte del verso, el ejercicio de la concisión y la musicalidad. En los últimos tiempos, en Perú, podemos ver algunos casos como los de Mario Vargas Llosa, Jaime Bayly o Cronwell Jara. La poesía es como el alma de la prosa, por eso nos dicen estos sus versos: “de corazón al sol también las mariposas/ se deshacen en la yema de los dedos/ el polvo muerto de los desengaños de la lengua/ que no puede contener tanta hermosura” (poema Dos).

La voz poética, a la vez que camina capturando lo bello, va adentrándose en la esencia de las cosas, al elixir de la sidra. Es un retorno a la naturaleza, a la colina y a la madre: “Desta perversa confusión/ yéndose/ aquellos campos de infancia/ yéndose/ sin punto cardinal/ ni sueños ni palabras/ y luego volvemos” (poema Cuatro). El poeta va reconociendo su singularidad y, a la vez, su identificación con ese mundo recobrado. Es una evocación que se vive con emoción ilimitada: “El mar tiene olor a musgo infinito”, nos dice en el poema Tres.

En lo más sublime la poesía lleva al poeta a hermanarse con todas las criaturas, con el gato, el dinosaurio, el colibrí, los pájaros, los sapos, los peces. Y hasta tal punto es este amor a la vida, que ya no hay diferencias: “El gato ya no importa./ Está en la ilusión”. Entonces, nos dice además el poeta, que la memoria es lo que perdura así como la palabra: “Digo que inventaré tu contorno/ en el barro después de la lluvia/ te prometo que durará el garabato/ y lo cuidará el sol.//La ilusión de la lluvia ya no importa” (Poema Cinco). Al respecto el poeta Antonio Cillóniz nos dice en la contratapa del poemario: “Así también es este poemario transido de un sentimiento primigenio, que es expresado siempre desde una sabia madurez poética.”

La sidra es la memoria que aplaca la sed espiritual: “amanecer junto a tu madre/ y escribir el verso aquel: / oyéndola quisiera en la metáfora/ que la vida está hecha de memoria/ y sabor de sidra” (poema Doce). La sidra es un licor hecho del jugo fermentado de la manzana; la manzana del paraíso perdido al que el poeta Teo vuelve maravillosamente con este libro, y nos lleva finalmente a esa segunda parte titulada Imaginario (breves poemas en prosa sobre visiones y diálogos de “cuando aún el mundo era virgen”), del cual extraemos este poema:

Amor

Instantes como la cevichera ambulante a la mitad del muelle ocupada en vivir un día más / mientras palpas la piel del agua con los pies y los codos en la arena blanca después de caminar entre las ruinas del puerto Eten / como otros pueblos había evidencias de inundaciones y los garabatos en las paredes rasgados con tinta roja / y solo tenías palabras de amor mientras perseguíamos a los cangrejos carreteros en la orilla de esas olas rotas y lentas / y éstos se zampaban a los hoyos de arena y espuma, / dejándonos parados bien cojudos y enamorados.

EL AUTOR: 

Con Alicia en la Plaza de Armas de Huánuco.

Teófilo Gutiérrez Jiménez realizó sus estudios primarios en Guaranguillo, Jaén, y secundarios en la GUE San Miguel de Piura y el CP San Vicente de Paúl en Surquillo, Lima. Estudió Literatura en la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue integrante de la Comitiva de Escritores del Perú que participó en la 35 Feria Internacional de Guadalajara 2021, México, y en la que nuestro país fue Invitado de Honor. En 1989 obtuvo el Tercer Premio COPÉ de cuento de PETROPERÚ, ese mismo año también fue premiado en el concurso de cuento “Mil Palabras” de la revista Caretas. En el 2004, ganó el Primer Premio de cuento que organizó la Municipalidad Metropolitano de Lima y la asociación cultural Viernes Literarios. El 2021 fue reconocido por la Municipalidad Provincial de Jaén como “Escritor del Bicentenario” mediante una resolución de alcaldía y medalla de oro. Ha publicado los libros de cuentos Tiempos de Colambo (1996), Colina Cruz (2011).  Algunos de sus cuentos han sido seleccionados en diversas antologías de narrativa breve y ha trabajado como periodista en los diarios “La Voz”, “El Universal”, “La República”, “Ojo” y la revista “Somos” del diario “El Comercio”, entre otros. Igualmente ha participado en conferencias, ferias del libro, recitales y seminarios de Literatura.


  

miércoles, 15 de marzo de 2023

A PROPÓSITO DE LA MONTAÑA: LA REGIÓN MÁS TRANSPARENTE EN LOS CUENTOS DE NINO RAMOS

La Montaña de Nino Ramos Panduro, Hipocampo Editores 2022. 


Escribe: Mario Suárez Simich

La educación tradicional ha acuñado en el imaginario nacional que el Perú está “dividido” en tres regiones naturales: costa, sierra y selva. Esta división se ha arrastrado, en consecuencia y en este caso, al estudio de la narrativa; de esta manera, durante mucho tiempo y hasta hace poco, la visión crítica de los textos ha sido analizada como si en realidad se hallara separada en compartimientos estancos sin conexión entre sí y, en otros casos, como si fueran excluyentes. Evidentemente, para la rica y compleja realidad histórica, social y cultural de nuestro país, este tipo de visión resulta mezquino y es insuficiente.

     Entendiendo que la totalidad de la producción narrativa nacional tiene un “sentido”, “valor” y “criterios de unidad” como conjunto, resulta más práctico, metodológicamente hablando, buscar estas características en los universos representados en ella; ya que, por ejemplo, es tan narrativa de la costa el universo de A. Valdelomar, como el de Antonio Gálvez Ronceros siendo ambos diferentes. Existen, pues, muchos más universos narrativos (narrados o por narrar) que regiones naturales. En 1938 Pulgar Vidal lanza su tesis sobre las ocho regiones naturales que es la aceptada hoy; sin embargo, esta nueva división no ha borrado de nuestro imaginario las tres originales.

     Antes que estas ocho regiones fueran validadas e incluidas en los programas de estudios, ya se hablaba de una “región” no señalada por Pulgar Vidal a la que solemos denominar de manera general “montaña”; que no es ni coincide, necesariamente, con la selva alta o baja descrita por nuestro insigne geógrafo y que escapa a los criterios de pisos altitudinales u otros usados por él. Es más bien la invención de un espacio, en un primer momento imaginado, que se fue construyendo con “noticias” de un territorio virgen donde se asientan, en un primer momento, colonos extranjeros y luego nacionales, donde se van configurando grupos sociales diferentes a los de la costa, sierra y selva.

     Claro está que, desde mediados del siglo XIX, inicio de las primeras colonizaciones, a la fecha, en lo que denominamos “montaña”, se han desarrollado ciudades pujantes como Oxapampa o Pozuzo. Sin embargo, la “región”, el espacio geográfico, sigue recibiendo colonos y con ellos la épica de transformar las zonas vírgenes en polos de desarrollo. Este proceso ha generado nuevos universos que la narrativa peruana va registrando en sus textos. Uno de ellos, de los últimos publicados, es el libro de cuentos La Montaña, del escritor lameño Nino Ramos (Hipocampo Editores, Lima, 2022).

    Nino Ramos Panduro, segundo de la izquierda, con integrantes de la Municipalidad del Centro Poblado Comunidad Kechwa - Wayku, Lamas, San Martín, como gestor cultural para implementar la Biblioteca Comunal en la presentación de los libros donados por diversas editoriales y autores. Marzo del 2023.


    A pesar de que el lector irá dándose cuenta mientras avanza en la lectura de estos cuentos, la primera virtud a reseñar en este libro es su bien lograda unidad. Unidad lograda no porque las historias tengan la misma temática, se refieran al mismo espacio geográfico, porque tengan el mismo estilo narrativo o un similar tratamiento del lenguaje. Sino porque en todos los cuentos, lo narrado en cada uno de ellos, se va ir relacionando, entretejiendo, uno con otro para dar la sensación final de haber leído, en cada historia individual, una parte de otra mayor que la totaliza; a la manera que lo hace, por ejemplo, Oswaldo Reynoso en su libro Los Inocentes. Mérito que hay que destacar por tratarse de un escritor debutante.

     Lo segundo a señalar es el universo que Ramos recrea en este libro, un pie en la realidad y el otro en lo mágico, en un equilibrio que evidencia una aprovechada lectura de las obras de García Márquez y Rulfo. Un realismo mágico hecho a la medida para retratar la visión de unos personajes que junto a sus creencias espirituales que llevan al nuevo escenario de sus vidas, convive y se alimentan de las que encuentran en ese escrito. Los sueños, los poderes de los curanderos o de las brujas, la cara fantástica de la naturaleza y otros elementos se armonizan y sincretizan con la realidad “real” de la vida cotidiana de la niñez a la vejez, pasando, claro está, a la edad en que se descubre el amor.

     El universo narrativo de La Montaña ha sido escrito con un lenguaje efectivo, funcional, que no busca el preciosismo innecesario porque sabe que está pintando un fresco antes que una miniatura; que busca lo que resulte más eficiente para contar una historia, a la manera en que pensaba Horacio Quiroga se debe utilizar el lenguaje: directo.

     “Todos los que llegaron sabían que Mildré engañaba a su marido, pero en ese momento dudaban de que haya tenido algún motivo para matarlo. A fuerzas de exigencias, la mujer terminó por contar lo que había sucedido. No le creyeron. Para todos los presentes era imposible asumir que el doctor haya sido tan cobarde para preferir la muerte antes de apalear a la mujerzuela -así comenzaron a llamarla-.   (Pg. 83).

     Nino Ramos ha pasado con nota su debut como cuentista, le ha dado trascendencia al conjunto de cuentos que forman La Montaña entretejiendo una historia con otra. Ha pintado su “aldea” para representar su mundo y abierto en la narrativa peruana un nuevo y desconocido universo literario. Es desde ya un narrador joven del que hay que esperar buenos y mejores. Un libro que sin duda hay que leer.



miércoles, 15 de febrero de 2023

Cuento COLINA CRUZ de Teófilo Gutiérrez


PARECÍA QUE LA VIEJA ESTUVIERA JUGANDO. Movía como apurada los pies pequeños, desnudos. La cuerda frotaba la viga, dejaba salir un chirrido que pausadamente tendría que detenerse. En la última mueca, aquel rostro expulsaría la lengua morada, hinchada. Pensé entonces que ya era inútil seguir mirándola morir entre la penumbra que empezaba a inundar la habitación. Salí y me encontré con el viento fresco que corría locamente por los pajonales de esa colina. El sol ya se iba con la tarde. Pronto la casa se quedaría sola para siempre y el fuego aún prendido en la cocina también se apagaría solo.

Al volver a entrar a la casa y al ver a la vieja tan quietecita no dudé en compadecerme y jalé entonces el lazo corredizo de la cuerda que ataba el extremo de una vitrina, esta sintió el tirón y tembló produciendo el choque de una vajilla. La vieja cayó rebotando sobre el piso de cemento.

Así estuve, entrando y saliendo de la casa. Afuera la tarde muriendo y adentro la vieja quieta y estirada. Finalmente me senté en un mojón de tierra. Allí los esperaría. El crepúsculo bañaba la colina de San Francisco, mi pueblo, el que ahora yo estaba mirando. Pensé en la costumbre de toda mi vida, la de mirar hacia esta colina desde la vereda de mi casa, aunque nunca imaginé que ahora divisaría al revés. Desde mi pueblo seguramente verían a un hombrecito lejano, como si fuera un puntito, tal vez se dirían para sí: “Ese es Pascualillo”. Pero yo no era Pascualillo, que ni siquiera me parezco un poquito, porque él es viejo y usa un sombrero grande, tiene bigotes negros, es más alto; quisiera decirles ahorita que no, que a Pascualillo seguramente lo están golpeando casi al final de los sembríos junto al arroyo. Es muy posible que todo haya acabado para él. Pobrecito.

La soledad de esta colina no me gusta para nada. Estoy hace rato mirando para cualquier parte. Creo que por aquí solo se oye el canto dulce de los pájaros chiroques, es un canto que se pierde lentamente luego de rebotar por todos lados. Cuando estoy en mi colina el canto de las luisas se inicia bien de mañana y también al acabar la tarde. Acabo de ver algunas luisas por aquí, pero son bien azules y nunca he visto luisas de ese color. Siempre creí que esta colina era muy extensa, pero conociéndola ahora pienso que no, que más bien la colina donde vivo devora todos los horizontes; en contraste, esta colina donde ahorita estoy tiene un horizonte pequeño y el centro mismo de la cumbre es una joroba donde apareció sembrada hace tantos años una cruz grande de cedro, que se divisa desde muy lejos. La gente dice: “Allí está la Colina Cruz”, “Vino por la Colina Cruz”, en fin, así se expresan. Desde el pie de la cruz, que está en Colina Cruz, baja zigzagueante una carretera que parece morir en la hondonada, pero vuelve a trepar lentamente hasta San Francisco. Cuando miro que alguien viene o se va, pienso en quienes vinieron alguna vez, en los que ya se fueron y en los que nunca podrán irse, como yo que siempre quise hacerlo.

  Vuelvo a entrar a la casa. La vieja sigue tirada en el piso como cosa inservible. Pienso entonces si será cierto cuando dicen que un muerto nunca se estará tranquilo si le aprietan de mala manera la vida. ¿Pero a quién le importa un par de viejos? Además, por qué no se pusieron blandos y contestaron a todo. ¡Qué les costaba decir fue fulano, sutano o mengano, y se acababa este lío de muy buena manera! Hasta les invitábamos un trago de buen aguardiente. Imagino al viejo Pascualillo fumando mientras nos cuenta alguna anécdota. Entonces alguno de nosotros cinco le hubiésemos relatado más de una, porque tenemos un montón de historias ocurridas desde que empezamos las rondas, primero nosotros mismos y sin tanto aspaviento, pero luego llegó el Gato con su experiencia militar y de a pocos nos fue metiendo en una maraña de la que ya no hemos podido salir. Él siempre nos ha dicho: “Somos nosotros o son ellos”. Pero acá estamos para preguntarles a los viejos Pascualillos quién o quiénes chamuscaron la Cruz, porque al Gato no se le cocinó nunca que ellos no tuvieran nada que ver en esto. “Tienen que saberlo, dijo el Gato, acaso no van a ver una cruz ardiendo en la noche, como la vimos todos desde tan lejos. Ellos han podido llegar en tres minutos hasta la cruz, nosotros nunca. Si no fuera por la lluvia milagrosa, la cruz se quemaba hasta el muñón. Eso hubiese sido muy triste. Los viejos lo saben. Los viejos son el hilo y hay que meterles presión”. 

Pero primero se puso terca la vieja, pobrecita. Luego me dijeron: ¡cuídala! Yo queriendo ser gracioso hasta les dije: ¡cómo puede irse si está bien colgada! El Gato entonces masticó nuevamente la orden y aquí estoy. Creo también que si iba con ellos, de repente, me hubiesen dicho: ¡cháncale las manos al viejo Pascualillo!  Entonces yo hubiese tenido que agarrar una piedra grande y una piedra chica, una redonda y una plana, como seguro están haciéndolo ahora.

 De pronto pienso ¿y si los Pascualillos no quemaron la cruz, ¿y si tampoco sabían nada? Porque hasta me parecen buena gente. ¿Y si acaso el Gato buscaba otra cosa? En este aspecto hasta advertí que no valía la pena tanto alboroto, pero ellos me miraron feo, sobre todo el Gato, con esos ojos que nunca me gustaron. Por eso decidieron dejarme cuidando hasta que la vieja Pascualilla terminara de morir.

Vuelvo a salir y el sol expira, torna a la tierra más rojiza en las partes donde no hay pajonales. Mas no venían. Haciendo visera con la mano trato de mirar a través de un enrevesado pasto para las vacas. El pajonal es alto. De pronto se levanta un revuelo de pájaros garrapateros, ésos que andan trepados de las vacas, tragándose los ácaros que chupan sangre, y entonces ellos aparecen. El Gato me pregunta si la vieja Pascualilla ya está fría. ¿Qué? —digo—, ni que fuera de otro mundo. Pero al mismo tiempo le pregunto: “¿qué le ha pasado a Pascualillo?”. Entonces el Gato se ríe, cuenta, que hasta se me erizan los pelos de todo el cuerpo, entra a la casa y se mete a rebuscar no sé qué cosas en el dormitorio de los Pascualillos. Luego nos vamos para siempre de allí. 


YA HAN PASADO TANTOS días, años, casi sin sentirlos o sintiéndolos demasiado que ahora quisiera meterlos en el saco del olvido. Ya se oye la música en el pueblo y pareciera que se avistan otros tiempos, aunque seguramente nunca los veré. Sin embargo, a veces, me parece ver un revuelo de gallinazos en esa parte de la colina, la que fue de los viejos Pascualillos. Pobrecitos, digo, entonces se me da por escuchar huainos tristes, hundo mis ojos en el suelo, los cierro. Acaso fue cierto, digo. Pero ya no hay balazos ni hombres armados buscándose entre ellos. Todos se cansaron de matarse. Los que quedamos, aquí estamos. Pero el Gato acabó en el recodo de un camino. Le partieron la piel a machetazos. Tal vez fue solo suerte que quienes estuvimos con el Gato aún sigamos respirando. Por eso tal vez vivimos repartidos por cualquier lado. Así está mejor. Además, si uno habla verdades la gente le responde mirándolo de pies a cabeza, como quien dice ¿usted?, oiga usted, imagina cosas, aquí nunca sucedió nada.

Por eso he cogido el pasatiempo de olvidarlo todo, porque si pregunto “¿es cierto que los viejos Pascualillos quemaron la cruz de la colina?”, la gente contesta: “¡no!, alguien quemó el pajonal y la cruz se chamuscó un poquito. Luego la lluvia llegó providencial”. Vaya, vaya —les contradigo—, entonces por qué a Pascualillo le cortaron las manos y la lengua y lo dejaron tirado durante días en aquel arroyo, desangrándose entre la hierba y la arenilla. Ellos, porfiados, me sacan de quicio y dicen que no. Pero yo sé que al viejo Pascualillo lo hallaron picoteado por los gallinazos y que nunca murió de viejo. Yo sé que fue el Gato, aunque la gente mire para cualquier lado y nunca de frente a los ojos cuando les recrimino que el Gato no fue un héroe. Ellos, ignorantes y tercos siguen pensando lo mismo, reiteran que sí, que él fue un héroe de a verdad. Cuando eso sucede entonces no digo más. Dejo que mi conciencia hable. Nunca hice nada malo. Solo estuve mirando a una viejita, tal vez para que no muriera tan sola en este mundo.


EL AUTOR 

teófilo gutiérrez jiménez (Jaén, Cajamarca, Perú, 1960) Estudió Literatura en la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.  Fue integrante de la Comitiva de Escritores del Perú que participó en la 35 Feria Internacional de Guadalajara 2021, México, y en la que nuestro país fue invitado de honor. En 1989 obtuvo el Tercer Premio COPÉ de cuento de PETROPERÚ con “Historia de amor”, ese mismo año también fue premiado en el concurso de cuento Mil Palabras de la revista Caretas con el cuento “Bolas de Oro”. En el 2004, ganó el Primer Premio de cuento que organizó la Municipalidad Metropolitano de Lima y la asociación cultural Viernes Literarios con el cuento “Colina Cruz” y que tuvo como jurado a Oswaldo Reynoso. El 2021 fue reconocido por la Municipalidad Provincial de Jaén como “Escritor del Bicentenario” mediante una resolución de alcaldía y medalla de oro. Ha publicado los libros de cuentos Tiempos de Colambo (1996), Colina Cruz (2011) y pronto aparecerá un nuevo libro de cuentos, así como la saga para niños Cuentos apapachosAlgunos de sus cuentos han sido seleccionados en diversas antologías de narrativa breve y ha trabajado como periodista en los diarios “La Voz”, “El Universal”, “La República”, “Ojo” y la revista “Somos” del diario “El Comercio”, entre otros. Igualmente ha participado en conferencias, recitales y seminarios de Literatura, y en diversas ferias nacionales e internacionales de ciudades como Cusco, Ayacucho, Puno, Huánuco, Tarma, Barranca, Tarapoto, Lima, Huancayo, entre otras. Es director-fundador del sello Hipocampo Editores. Igualmente, en Hipocampo Editores hemos logrado el Premio Nacional de Literatura del Ministerio de Cultura del Perú por el libro de poesía Usina de dolor de Antonio Cillóniz de la Guerra en el 2019. Este 2020 también obtuvimos el Premio Luces del diario El Comercio por el libro de cuentos Hijos de la guerra de Enmanuel Grau. Durante estos 22 años de existencia en Hipocampo Editores hemos publicado a autores muy importantes de la literatura peruana, como Hildebrando Pérez Grande (Premio Casa de las Américas), José Antonio Mazzotti (Premio Lezama Lima de Casa de las Américas), Antonio Cillóniz de la Guerra (Premio Nacional de Literatura 2019), Dalmacia Ruiz-Rosas Samohod, Roger Santiváñez, Marco Martos y muchísimos más.  

Dibujos: Edmer Montes

domingo, 7 de agosto de 2022

Portavoz de la miseria, reciente novela de Óscar Fernández

ÓSCAR FERNÁNDEZ, Portavoz de la miseria, novela, 
Hipocampo, agosto 2022. 
Depósito legal en la Biblioteca Nacional del Perú Nº: 2022-06266  
ISBN 978-612-5002-22-8

Óscar Fernández Vásquez es Ingeniero Civil de profesión, pero con una marcada inclinación humanista; nació un 29 de octubre en el puerto de Vigo, España. Su obra literaria está caracterizada por el realismo y el reclamo social, escribe sobre las preocupantes condiciones actuales; dando voz a los marginados.  Ha publicado la novela El Inframundo en el 2004, inspirada en un infierno que casi le cuesta la vida en Haití; desde ese año el autor no ha parado de plasmar la realidad que percibe y aqueja al mundo. Portavoz de la miseria, su cuarta novela, es una obra estandarte con la que emprendió una gira por España y México llamada “Disparos desde la primera frase 2004-2008”, la cual marcó un hito en la carrera del este escritor.

PORTAVOZ DE LA MISERIA

En esta novela se cuenta la historia de Leticia, quien sólo es un nombre sin apellidos, de un origen incierto, y su destino está signado por la fatalidad. 
Leticia está sola y con el alma rota, abusada, discriminada y vendida, sin un lugar digno donde comer o dormir. 
Esta es la cruda realidad que enfrentan miles de niñas y mujeres indígenas de México, quienes además de sufrir la ya conocida severidad de la pobreza en las ciudades, en sus tierras, también son víctimas de un código de conducta llamado “Usos y Costumbres”, en el que se considera aceptable la venta de las hijas de familia por dinero o ganado. 
En pocas palabras, este segmento de la población es vulnerado tanto por la tradición como por la modernidad


Prólogo

“Chale mi güero, ¿tú crees que cuando todo esto termine, 
habrá un lugar para mí?”
—Lety 


La mirada reprobatoria del extranjero es algo con lo que los pueblos latinoamericanos están habituados a lidiar, aunque no por ello deje de molestarles que un foráneo les pretenda explicar su historia, como sucedió por largo tiempo, sobre todo antes de que las repúblicas independientes comenzaran a surgir en el continente. 
El presente libro está involucrado en el ámbito de la literatura, no en el del periodismo ni en el de la historia —aunque comparte características de la crónica—. Es una memoria, sí, pero con la inevitable intromisión de la perspectiva del autor, Óscar Fernández, quien, más allá de emitir un juicio inquisidor sobre el drama que aquí se cierne, vuelve suya la protesta por un mundo más justo. 
También es necesario mencionar que, aún después de 13 años, la historia de Leticia retratada en Portavoz de la miseria se ha vuelto más vigente que nunca. Estas páginas, contadas a través de las letras de Fernández, superan el reproche y el prejuicio cultural para dar paso a un reclamo social alejado de cualquier polarización u opinión política. Es decir, estamos ante una crítica más humana. 
Las condiciones en las que el autor conoció a Lety y se involucró con ella fueron tan impactantes para él, que emprendió una lucha imparable por transmitir su relato a través del libro. La batalla de una mujer indígena se convirtió en la guerra de un joven escritor, una librada sin fusiles, sino con palabras. 
Tras varias ediciones de Portavoz de la miseria, les presentamos ahora esta edición revisada conmemorativa, que podríamos calificar, sin riesgo a exagerar, como la “definitiva”. No pierdan la oportunidad de conocer el testimonio de Leticia, su camino plagado de dificultades, pero también de esperanza. 
Una vez más, los invitamos a sumergirse en esta obra, pero también a observar nuestro entorno y a aceptar nuestra realidad, con el fin de que desde nuestra trinchera tomemos acciones para que delitos como la trata de personas, el lenocinio y la discriminación, sean parte de un pasado desterrado de nuestro territorio.


/.../Mi pobre cantón 

En el estado de Chiapas, a unos cuantos kilómetros de San Cristóbal de las Casas, yace un pequeño pueblo dentro del “Valle Escondido”, cuyos cerros y cruces marcan los lugares emblemáticos o de carácter sagrado. Allí, en el sur de México, un país con una gran variedad de costumbres, pueblos y lenguas indígenas, nació Leticia cierto día de 1980. Su comunidad, aunque de raíces prehispánicas, era católica, pues como en toda Latinoamérica, existe un sincretismo, una mezcla de las tradiciones originarias con las de los colonos europeos —en su mayoría españoles— que impusieron la religión católica. 
Allí comienza su historia, y aquí comienza ella a contárnosla:
Soy indígena, crecí en un pequeño pueblo, un pueblo donde todos los días pasaban las mismas cosas. Como algunas personas dicen: “a veces la costumbre es lo más fuerte en la vida”.
Mi casa era muy pobre, aún la recuerdo. Una parte estaba hecha de cemento y otra parte era de tepetate amarillo, que se miraba rojito cuando el sol salía por la mañana. A esas horas el cantadero de los gallos me despertaba y desde mi catre me quedaba mirando al techo de lámina, ¿cómo olvidarlo? Aquellas tardes de lluvia el sonido era retefuerte y retumbaba. También recuerdo las puertas, que eran de tela, tejidas a mano por mi madre. La única diferente era la puerta principal de la casa, que era de madera tallada con lija, para que no nos astilláramos. El baño era una letrina bien grandota que estaba afuerita de la casa, porque había muchas moscas. 
Aún recuerdo muy bien esos caminos de piedra que me lastimaban los pies al ir corriendo, también a toda esa gente que vivía en mi pueblo. A algunos los recuerdo con cariño, a otros no tanto, pero así vivíamos los descendientes directos de los mayas.
¿Y qué digo de mi familia?, mi familia… pues mi padre se llamaba Crescencio. Don Crescencio era el que mandaba en la casa, siempre estaba enojado y era muy gritón, por eso yo y mis hermanos le teníamos harto miedo. Las tardes eran muy feas cuando mi padre traía a sus amigos a la casa, se emborrachaban hasta estar tirados en el piso, y nosotras sus hijas los teníamos que atender. Nos trató siempre como sirvientas, pero esas tardes eran peores porque nos insultaba y nos gritaba, y así pasó el tiempo hasta que mi padre poco a poco se hizo alcohólico, dejó de trabajar las tierras y comenzó a tomar durante todo el día. 
Mi mamá se llamaba Fausta, era el alma de la casa. Mis hermanas y yo trabajábamos la tierra con ella, pues mi madre era muy movida y luchona, nos quería harto. Siempre estaba callada, aunque el ladino de mi padre le pegara y gritara sin razón. Ella siempre aguantaba, era mi ejemplo de vida.
Yo fui la quinta hija de doce hermanos, ni cabíamos, vivíamos todos amontonados en la casa. El mayor se llamaba Crescencio, como mi padre, y tenía el mismito carácter, por eso era el consentido. Desde chamaco mi papá se lo llevaba con él a tomar, lo presumía con sus amigos y se ponían bien borrachos los dos. La verdad nunca entendí por qué Crescencio no fue a la escuela, ya que además de ser alcohólico, tampoco trabajó ni ayudaba en la casa. Pero nadie podía decir nada, así era mi gente, y así era mi pueblo.
Detrás de Crescencio seguía mi hermana Luisa. Era muy buena y trabajaba bien duro como mi mamá, Luisa siempre fue buena conmigo.
Luego estaban Elba y Rosario. Elba era muy distraída, siempre andaba en la luna, y Rosario era muy calladita, nunca hablaba con nadie.
Seguimos yo, y luego Magda, en ese orden. Magda era la niña retobona(1) que siempre se andaba quejando de que éramos pobres y de la manera en que vivíamos. Claro que frente a mi padre no decía nada, sino le iba como en feria(2).
De Magda siguió Rogelio. Él se murió de chiquito, andaba jugando en el techo cuando se cayó y se descalabró. La mera verdad es que eso nunca se me olvidó, me ponía retebien triste cuando me acordaba. Hasta lo soñaba así como lo vi, era bien feo. 
Tras Rogelio nació mi hermano Jonás, a él lo recuerdo como un niño travieso. En seguida mi mamá tuvo a una niñita, pero se le murió a los ocho días de nacida. Se enfermó de pulmonía, y pues en mi pueblo qué médico ni que nada, sólo podíamos esperar al voluntariado y la chiquita no aguantó. Pobre bebita, no pudimos hacer nada por salvarla, y aunque no la bautizaron, mis hermanas y yo le dijimos a mi mamá que le pusiera Estrellita, pa’ que nos cuide desde el cielo.
Mis otros tres hermanitos aún no caminaban en aquel tiempo. Eran dos niñitas y un bebé: Clarita, Amandita y Eusebio, el más pequeñito. Pobrecito, nació con labio leporino, el doctor le dijo a mi mamá que eso le pasó porque mi papá tomaba harto.
Éramos muchos, y mi papá nos trataba de forma distinta a las mujeres y a los hombres. Todo el día se la pasaba en la cantina y cuando llegaba a casa por las noches, cuidadito y estuviéramos despiertos, se ponía de mal humor y nos pegaba. Todos le teníamos mucho miedo, incluso a veces levantaba a mi mamá de los cabellos y hacía que atendiera a su bola de amigotes. La verdad yo pensaba que mi papá era malo, y que no nos quería.
Las mujeres de la casa nos levantábamos todos los días a las cuatro de la mañana. Unas araban la tierra, otras hacíamos las tortillas de maíz para que desayunaran nuestros hombres y otras prendían el fuego para cocinar. A veces íbamos a la escuela, aunque mi papá decía que eso era pura perdedera de tiempo. Pero eso sí, todos los domingos íbamos a misa…
Así era mi vida, y así era mi pueblo. No pensaba que hubiera nada más, y pues creo que así era feliz.

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1. Persona que responde molesta y está en desacuerdo ante lo que se le pide. Ejem.: Responder desafiante a los padres.
2. Ser objeto de pésimas situaciones. Ejem.: “Me fue como en feria; me robaron y golpearon”.



DEAMBULA EL OTOÑO, LIBRO DE POESÍA DE CARLOS L. ORIHUELA

Deambula el otoño  testimonia un trabajo sobre la significación y el tránsito por las rutas sutiles del arte y la vida. Reúne poemas de vari...