lunes, 26 de abril de 2021

DÉCIMAS DE JINRE GUEVARA DÍAZ

 

Primera edición, Lima, marzo de 2021
Hecho el depósito legal en la 
Biblioteca Nacional del Perú Nº: 2019-09976
ISBN 978-612-4082-90-0

Fotografía : Manuel E. Guevara Valverde 

VÍCTOR VIMOS: «...los lugares de la tradición literaria están plagados de ausencias. Del campo a
la ciudad, se coloca en la frontera de esos vacíos. Lo hace para llevar claridad a
tantos espacios que dieron voz a los anónimos y de los que ahora no queda rastro.
Es, también, un documento testimonial de un tiempo doloroso, conflictivo, de
amenaza, pero repleto de eso que hace valiosa a la vida, de una belleza que no calcula
o negocia su aparecimiento, sino que es dada para quien pueda verla sin ojos
y oírla sin oídos. Una belleza que es. Y que dura en el tránsito de esta palabra.»

PRESENTACIÓN /  Jinre Guevara Díaz 

Del campo a la ciudad, mi segunda producción editorial, toma como arma discursiva la composición en verso. El año 2018, Por no quedarme callado, fue el primer paso dentro de esta necesidad de comunicación.
Los caminos del arte nos suelen revelar que «los procesos de creación» que pretenden involucrarse con las tradiciones de los pueblos, son como pequeños eslabones dentro de un mayor y complejo proceso creativo. Por estas razones, no concibo el carácter absolutista o de exclusividad que se suele atribuir al conjunto de una obra. Somos consecuencia de cómo interactuamos, de lo aprendido, de lo que nos antecede, de la trama de complejos procesos históricos y estrechas relaciones materiales establecidas con la tierra; de cómo nos relacionamos con los coterráneos, los paisanos, con personajes culturales destacados que, como consecuencia de estas interacciones, se manifiestan en nuestro andar. Cada creación surgida en el seno de estas relaciones y contradicciones, suele ser una suerte de propuesta epigonal de otras que la antecedieron. «El acto o voz genial» se hereda y estamos en el deber de ser conscientes de esa dinámica que multiplica las voces, la belleza, las denuncias y esperanzas.
En el presente libro, va mi reconocimiento a quienes alzaron su voz cuando fue necesario hacerlo, a los que expresaron coherencia para definir sus derroteros de vida, de militancia; a las mujeres que hoy alzan sus puños por la equidad de derechos para vencer las diferencias que ofenden; a los que abren el pecho para que se manifieste el alma; a los que rompen fronteras buscando un mejor mañana. Este trabajo no tendría sentido si no se aleccionara de sus ejemplos.
Quiero agradecer el desprendimiento y entrega de Omar Camino (cantautor y decimista peruano) amigo que admiro y quiero, que acudió a mi invitación para realizar el trabajo de rigor en la corrección de estilo. De igual modo, expresar mi gratitud al poeta, amigo y cómplice de esperanzas Victor Vimos, por aceptar prologar estas páginas; honor que atesoro. Asimismo, a Hipocampo Editores, casa editorial dirigida por Teófilo Gutiérrez (un gestor de «quilcas» de estos tiempos) por confiar una vez más en esta propuesta.
Finalmente, a mi madre, por su ternura y valentía, por su solidaridad infinita –hasta el sacrificio– para seguir protegiendo a su familia de cualquier dolor o carencia, aun en los extremos de su vida. Su retrato a los dieciséis años, cual centinela de dignidad, le da vida a la portada de este libro y es el mayor testimonio de lucha que identifico en esta vida, Del campo a la ciudad.


PRÓLOGO /  Víctor Vimos 
DEL CAMPO A LA CIUDAD: anotaciones para la prolongación de la ternura

uno

todo viaje se origina en el extrañamiento que anticipa el lugar de destino, es, quizá, una visión la que empuja a quien se desplaza a pensarse siendo otro, otra, otros, en un espacio que por desconocido brinda, precisamente, la posibilidad de cambio, de resurrección. Lo que pasa con la escritura tiene que ver con ese proceso: desplaza la mirada interior hacia un espacio en el que el ser es repartido entre las semillas de la luz y el sonido, y encuentra múltiples voces, texturas, sentidos, en los que adelanta su propia versión del futuro. 

dos

es la raíz, sin embargo, la que sostiene este sueño. Una dirección que hace hondura en lo más duro –¿el tiempo?– y permite que sus ramificaciones absorban todo mineral surgido de la ternura, del dolor, de la lucha, de la resistencia, del grito y el infinito silencio que, en adelante, se vuelven parte del nombre. Decir es mostrar esta raíz en la superficie, dirigirla hacia la tonalidad más nítida posible para que su dimensión permita transparencia y simplicidad sobre lo que en apariencia es complejo. Decir es iniciar un camino avanzando y retrocediendo. 

tres

el autor de estas décimas se desplaza para decir. Arma su viaje sobre los rastros de sus antepasados. Son dichos aquí hombres y mujeres que lo antecedieron en la palabra. Pero también las aves, las rocas, las lagunas, los minerales… una noción de naturaleza animada o inanimada con la que nutre su palabra. Se trata, en un inicio, de una forma de agrupar en la palabra a una comunidad en la que se piensa como destino, como punto de llegada. Ese rasgo parece intentar una definición con este viaje: la voz del hombre es la voz de la comunidad, produce algo que solo se puede experimentar entre semejantes, entre comunes de un mismo sentimiento. La experiencia opera entonces como un elemento activador de la relación con el lenguaje, se deja ver por delante de las palabras.

cuatro

¿qué une al hombre con el colectivo? Quizá –es apenas una posibilidad– el mensaje. Para que este sea transmitido no se requiere solo contenido sino forma. En estas décimas, ambos elementos son uno solo: un mensaje que se transmite al tiempo que se crea una forma musical que lo moviliza. En un tiempo en el que el grito parece imponerse con urgencia, la música es una respuesta inesperada, capaz de aclarar en zonas que estaban marginadas a propósito de la imagen contemporánea, el ruido de una ciudad enrumbada hacia no oír, la propia idea de una política hecha en la mentira. Bajo estas condiciones, la décima reta a quien la escucha a hacer una pausa en el ruido e incluirla como un lugar de contemplación sonora. Esa característica hace que el mensaje, siempre directo con respecto a los problemas contemporáneos, se ubique más allá de la noticia o el reclamo, y asuma una posición literaria, es decir, se abra para ser absorbido pluralmente por quienes lo leen.

cinco

pensadas así, estas décimas tienen una relación singular con la realidad vertida sobre la materia con la que se trabaja su lenguaje. El autor no aparta la realidad con el artificio de la comparación o su deriva retórica, sino que la muestra de forma cruda, directa, haciendo que la palabra sea el impacto que recibe quien la lee o escucha. Lo que resulta de ese encuentro es –no puede ser de otro modo– la ternura humana, la decisión siempre en manos del hombre, por movilizar sus esfuerzos a fin de que la realidad sea el punto de partida para el cambio. Hay un gran valor en la memoria de las que surgen estas décimas: no están antecedidas por el vacío, sino que forman parte de un ejercicio íntegro de crítica contra la realidad y sus desigualdades, que el autor lleva adelante a través del arte por más de dos décadas. 

seis
 
un paisaje trazado sobre estas características puede ser fértil en cada uno de sus extremos. Las secciones Militancia, Música, Migrante, Política, Personal y Cuarentena, integradas dentro de este libro, contienen formas poéticas que ponen frente a la realidad un asombro nuevo ante lo ya cotidiano. Ese es un giro especial de toda aventura escrita: la posibilidad de hacer ajeno el camino que recorremos a casa todos los días, y poblarlo de una forma de resplandor. Ese matiz acompaña las versiones que el autor entrega sobre los temas que le cosen lágrimas y sonrisas, sobre las ausencias y presencias dolorosas y celebrativas, alrededor de lo que falta y sobra. Se trata de un recorrido que prolonga la sustancia de la ternura para poder ver sin dolor, sin resistencia, aquello que se termina separando o uniendo, siendo, pura y sencillamente, humano. 

siete

se trata, también, de un recorrido por otras formas del Perú: el mestizaje, las regiones naturales, la música. Se trata de ver en la expresión sonora un correlato de la historia. Conviven de este modo la anécdota y la descripción en un modo propio de acercamiento a partes muy específicas de los acontecimientos. La chuscada, la marinera, el festejo, son también la historia de los hombres y mujeres anónimos que han forjado los valores de una tierra plural. Las décimas crean espacios sonoros para mostrar el rostro de ese otro que es todos, el trabajador, el luchador, el dirigente, envueltos en puntos de comunión tan vitales como la comida, el baile, la música. Es un reto a la idea de ser diferentes, extraños, cuando están unidos por sentimientos cercanos. 

ocho

una imagen antecede la noción de este viaje. El niño que en ningún instante olvidó la travesura. Se atiende de esta forma a una revelación singular: quien escribe estas décimas también está jugando, confiando en el punto de sanación que tiene lo lúdico para ampliar la visión de aquel que ha sido afectado por lo cruel de la realidad. Se escribe para empatar palabras, aromas, colores, rasgos de los sueños en los que nos vemos invencibles y, guiados por esa fuerza, arrojamos nuestras vidas más allá de los límites del cuerpo. Se escribe para soltar en el aire el gorrión azul de la libertad. 

nueve

los lugares de la tradición literaria están plagados de ausencias. Del campo a la ciudad, se coloca en la frontera de esos vacíos. Lo hace para llevar claridad a tantos espacios que dieron voz a los anónimos y de los que ahora no queda rastro. Es, también, un documento testimonial de un tiempo doloroso, conflictivo, de amenaza, pero repleto de eso que hace valiosa a la vida, de una belleza que no calcula o negocia su aparecimiento, sino que es dada para quien pueda verla sin ojos y oírla sin oídos. Una belleza que es. Y que dura en el tránsito de esta palabra. 

diez

el viaje de Jinre Guevara, como el de millones de almas y voces, es, será siempre, Del campo a la ciudad. Todo poeta, en su condición de vidente, sabe esas cosas que las recita de memoria el campesino: el color de un ala enferma, la carnada en un río tumultuoso, el lugar adecuado para el fuego. Con ese conocimiento, que permea los siglos, los usos, las presencias, se inventa continuamente el universo, en su versión más transparente y vital. Que su camino siga y que en él estos frutos continúen floreciendo es señal de que la vida se reafirma, y en ella la noción de que todo desplazamiento es palabra, es voz para volver a comenzar. 

 Cincinnati, 2021.  

DÉCIMAS DE JINRE

NEGACIONISMO 

El Perú nunca ha existido
ni aquel pueblo en que viviste,
ni los hijos que tuviste
es más, tú nunca has nacido.
Solamente te has creído 
las «verdades fantasiosas»
de gente que inventa cosas
hablando de «falsos muertos»,
de «abusos» que no son ciertos 
y «violadas mentirosas».


¡Nadie ha desaparecido!
Jamás hubo torturados,
desmembrados, ni quemados…
esos ¡nunca han existido!
¿No sabes que te han mentido
…que han faltado a la verdad?
¿Me hablas de universidad…
jóvenes de La Cantuta?
¡Delirios de «gente bruta»!
¡Por dios! ¡Qué barbaridad!


No existió Putis, Cayara,
ni «El Santa» ni «Barrios Altos»
¿Por qué tanto sobresalto?
¡Ni que el mundo se acabara!
El soldado no dispara,
a lo más, ¡comete «excesos»!
No se torturaron presos 
en el cuartel «Los Cabitos» 
¡Son errores, no delitos!
aunque te vuelen los sesos.


¿Hijos sin padres?, ¡no existen!
Menos, mujeres violadas.
¿Por «milicos», abusadas?
¡Qué les pasa! ¿Por qué insisten?
¡Tranquilos, no se despisten! 
Todo eso fue «¡patriotismo!»
«¡desprendimiento!», «¡heroísmo!»
«¡firme respeto a la vida!»,
¡Estrategia dirigida!
su nombre: ¡Negacionismo!

CAJAMARCA, 3 de julio 

Bambamarca y Celendín:
Cinco vidas apagadas
por la ambición desbordada 
que indolente, les dio fin.
Fue un acto de lo más ruin 
disparar contra inocentes;
su culpa fue ser conscientes,
alzar la voz por la vida,
al ver su tierra agredida
por mineras delincuentes.


Cajamarca entonces dijo:
«¡El pueblo no olvidará,
impune no quedará
la cruel muerte de sus hijos!
Y al agua que los bendijo
cuidaremos de traidores,
haciendo que bellas flores 
alumbren un nuevo día,
donde la paz, la alegría, 
sean siempre sus colores»


«NEGRINDIO DEL PERÚ» 

Les invadieron su tierra
¡Madre de su negritud!
de su sentir, su virtud…
donde la vida se aferra.
Les declararon la guerra
en el alma de su hogar,
sobre la paz de su andar,
de su espesura, sus flores...
al llegar los invasores
con el verbo: «esclavizar»


El Sol, la lluvia, los ritos,
el ritmo de sus tambores,
su horizonte de colores
se juntaron en un grito...
Y de aquel cielo infinito
con dolor que en luces truena 
al ver que arrastran cadena,
lloró en tormenta a sus hijos…
pues la cruz que los bendijo
ahogó con sangre su pena.


Otros cielos te esperaban
forzado por el destino,
por un «Dios» que en el camino
aquellos hombres rezaban.
La marea cimbreaba,
dejaba atrás tu memoria
y abría una nueva historia
el horizonte, el azar...
Nuevas sendas por andar,
tendrían tu sed de gloria.


Golpeaste piedra y caña,
fértiles surcos sembraste,
junto al «indio» trabajaste
empuñando la «guadaña».
Con el tiempo hecho en tu entraña
cantó el viento tus dolores
denunciando a los «señores»
al compás de un «panalivio»,
en un campo de aire tibio
ahuyentando tus temores.


Años de lucha sangrienta,
¡Miles de mujeres y hombres!
¡Cientos de anónimos nombres!
terminaron con la afrenta.
La injusticia, ¡se la enfrenta!
La libertad, ¡se conquista!
¡No hay lugar para el racista!
fue el ejemplo de tu lucha,
un grito que hasta hoy se escucha:
¡Nunca más un «esclavista»!


Siglos de vida te hicieron
dueño y dueña de esta tierra;
te afincaste en costa y sierra…
¡Aquí, tus hijos nacieron!
Con aquellos que partieron
construimos nuestra memoria,
formando una misma historia
junto al inca, azteca, maya…
mapuche, que no desmaya
charrúa, lleno de gloria.

MIGRANTE 

Hoy, ayer, desde mucho antes,
este mundo en que vivimos
al que amamos y sufrimos,
es hechura de migrantes.
Obra es del «migrar» constante:
El mundo y sus densidades,
los países, las ciudades, 
los campos con su paisaje,
los pueblos, el mestizaje
y tantas diversidades.


Y es que así como el humano
es producto del trabajo,
que lo empinó desde abajo
desde niño y hasta anciano,
podemos decir, ufanos:
Que la misma migración 
hizo al hombre con «pasión»;
que quien rechaza al migrante
se evidencia un ignorante...
perdonarán la expresión.

LA MISMA «YUKA» 

Por su mentira y cinismo 
hoy Keiko se encuentra presa,
por sus «cócteles» sin mesa,
sus rezos sin catecismo.
Por su vil fujimorismo
tan mentiroso, farsante, 
por sus falsos «aportantes»,
sus «taper’s» con veinte «lukas»,
por «lavar» la misma «yuka»
que ya su padre, lavó antes.

UNO MÁS 

Pequeño, insignificante,
sin una estrella, mundano;
de mi especie soy paisano,
aprendiz de caminante.
Un enfilado migrante
con valijas de esperanza,
fiel cosecha de mi andanza,
de lo que quise aprender,
que comparte sin querer
con quien me da su confianza.

EN CUARENTENA 

El aire se hizo más puro,
las aguas más cristalinas
y los parques con sus pilas
un paraje más seguro.
Hasta se derrumbó el muro
levantado con dinero
que separaba al obrero,
enfermera u operario
del «señorón millonario»,
porque ninguno es de acero.


Algunos desesperados
acapararon comida,
sin pensar que hay otra vida
a quien le falta centavos.
Separados a ambos lados
tanto en Lima como en Grecia,
ya sin misa en las iglesias
hasta el cielo se mostró,
¡tan limpio que contagió!
a las aguas de Venecia.


La «belleza» estaba oculta
y lo «importante» ignorado,
lo «injusto» muy camuflado
tras la «decencia» que insulta.
Mas la dignidad resulta
venciendo a la adversidad,
con gestos de humanidad
que devuelven la esperanza,
pa’ mirarnos con confianza
después de la enfermedad.


¡Sí, somos los agresores
de este mundo en que vivimos!
al que hoy han vuelto los trinos
de los pájaros cantores.
Sirvan pues estos dolores
para entender que la vida
no debe ser agredida
por la injusta indiferencia,
la «elegante» prepotencia
o la indignación dormida.

DATOS SOBRE EL AUTOR

Jinre Guevara Díaz presenta su segundo libro de décimas, que toma el sugestivo nombre Del campo a la ciudad, para reafirmar su permanente espíritu crítico desde su rica experiencia de vida y que involucra un lógica social y política. Una vez más el escritor continúa en esa incesante búsqueda de trascendencia y desarrollo del pensamiento humano.

El autor es músico autodidacto de origen cajamarquino; se denomina como «merodeador» de la décima y la poesía. Una de sus principales tareas está orientada a la investigación cultural. 

Es fundador e integrante del destacado grupo musical «Los Cholos» que difunden la música y el canto popular tradicional peruano. Esta agrupación ha realizado importantes giras y conciertos en el Perú y países como Chile, Argentina, Ecuador, Colombia, Bélgica, Francia, Alemania y España.

Con más de treinta y seis años de vida musical –veintiuno con «Los Cholos»–, ha participado en la producción de seis álbumes dedicados al estudio y difusión de lenguajes musicales tradicionales del Perú, como también en otros de carácter colectivo. 

Jinre Guevara ha sido ponente en conversatorios, conferencias y talleres de música y cultura tradicional peruana realizados en universidades, colegios y centros culturales del Perú y del exterior. Es columnista en portales de opinión no solo sobre música, sino también abordajes de coyuntura social, política y económica. 

En su constante espíritu de búsqueda de conocimiento ha recorrido gran parte de las regiones del Perú para tomar contacto con las múltiples expresiones culturales populares y personajes trascendentes del arte, sin duda alguna, estas privilegiadas vivencias e interacción han contribuido a las reflexiones poéticas que se recrean en Del campo a la ciudad.

Estudió en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En la actualidad realiza un postgrado en Historia del Arte Peruano y Latinoamericano, y está investigando el desarrollo de las coplas cajamarquinas que expresan una singular y profunda historia de la región Cajamarca. También tiene en el tintero un libro de poemas y otro de narrativa.

PARA NO QUEDARME CALLADO


Primera edición, Lima, octubre de 2018.
Hecho el depósito legal en la 
Biblioteca Nacional del Perú Nº: 2018-14303
ISBN 978-612-4082-71-9 

Retrato de Jinre Guevara.  Carboncillo de Orlando Ocampo.

Por no quedarme callado reúne un conjunto de décimas de singular y atenta reflexión sobre hechos político-sociales que transcurren erráticos en el Perú y Latinoamérica, amén de otros rincones del planeta, porque la desigualdad, es universal. Este libro es el resultado poético de un cantor popular preocupado por circunstancias desfavorables que afectan no solo el proceso de desarrollo social, sino que incurren también en constantes afrentas a la dignidad de los seres humanos. Esa sensibilidad y compromiso de Jinre Guevara, esa  búsqueda de un mundo más justo y bello, es la génesis de un grito que nunca callará, de un sujeto poético que se torna molestia para sistemas que siempre tratarán de ocultar la verdad.

PRESENTACIÓN /  Jinre Guevara Díaz 

Mi primer acercamiento a la décima fue en la escuela primaria con «A cocachos aprendí», de Nicomedes Santa Cruz, versos que capturaron mi  atención sin entender realmente el porqué del ritmo y bello sonido de aquella historia leída en voz alta.

Vinieron después otras del mismo autor que poco a poco me daban luces de una forma delicada de construir aquellos versos. Tras de esa primera inquietud, siguieron algunas rimas de Gustavo Adolfo Bécquer, de ellas, «Del salón en el ángulo oscuro» fue una de mis preferidas que me conmovió con su acariciante belleza. 

Desde entonces llamó mi atención ese agradable timbre. Sea quien fuere el que declamara o la lectura que pudiera caer en mis manos, era inevitable mi emoción y admiración, sobretodo, cuando los mensajes se planteaban de manera reflexiva por las cosas que solemos vivir en un país hermoso y golpeado como el nuestro.

El año 1986 conocí y escuché declamar por primera vez al maestro Julio Carmona, en la ciudad de Chiclayo, lugar hasta donde fui  para tocar con motivo del aniversario de su programa radial, «Pueblo despierta». Una de las experiencias más bellas de aquel viaje que recuerdo bien, fue la emoción estremecedora que me generaba oírlo declamar. Antes de regresar, me obsequió su pequeño decimario: «En honor a la verdad», que leí y aprendí con emoción; aquel ejemplar, lo conservo hasta ahora. Años después, la música me llevó a conocer personalmente a ese gran decimista criollo y popular, Juan Urcariegui García (ya fallecido), con ocasión de las bellas jornadas musicales que compartía entonces con don Manuel Acosta Ojeda, quien me lo presentó. Lo descrito, es un poco del camino recorrido y atesorado que dio inicial sustento a mi admiración por este bello arte.

Debo decir con claridad que no me considero un decimista. Y es que respeto mucho a quienes sí lo son y cultivan este oficio a plenitud, con vida dedicada, como para considerarme uno de ellos. Sólo me asumo como un curioso, atrevido (hasta insolente) y minúsculo merodeador de la décima. Me declaro, sí, un aprendiz constante del andar por este mundo, un incansable admirador de aquellos espíritus potentes que nos aleccionan con su pluma.   

Deseo por ello expresar mi gratitud a quienes generosamente brindarán su tiempo para atender estos versos, y en ese mismo camino, testimoniar mi reconocimiento al maestro Julio Carmona por su constante motivación para hacer posible esta publicación. Agradezco su dedicación y generosas reflexiones, que contribuyeron sin duda a sortear la temeridad inclemente para publicar estos versos.

La presente edición, pretende comunicar desde muy dentro las cosas que nos atrevimos a reflexionar en torno a la vida, la política, el amor, las luchas de nuestros trabajadores y las esperanzas por mejores tiempos que guían nuestras convicciones; tal vez sólo por el gusto de compartir o por no quedarme callado.


PRÓLOGO /  Julio Carmona 
PARA NO QUEDARME CALLADO

Desde las heridas de la vieja España, escribió nuestro inmortal maestro: «Todo acto o voz genial viene del pueblo y va hacia él». La genialidad, según él, se llama pueblo. Sin este no habría nación, no habría patria, no habría genios. Enorme deuda, entonces, la del genio para con su pueblo. Por eso quienes siguen el camino que va trazando el pueblo (junto a sus mejores hijos) no hacen otra cosa que devolver esa prístina enseñanza. Y esa es la tarea del maestro, del artista, del campesino, del obrero, del poeta. Todos son alimentadores de ese fuego. Por eso empecé llamando así a César Vallejo: nuestro inmortal maestro. 

Y, por eso también, quiero usar el apelativo de maestro para saludar a Jinre Guevara, autor de este libro para el que ha tenido la gentileza de permitirme pergeñar estas letras prologales. Es cierto que él —con la modestia sincera de los grandes— minimiza su acción poética. Porque sabe que está midiendo su talla con la de esa fuente de amor y fuego que es el pueblo. Es decir, con la de quienes lo preceden en este esfuerzo mancomunado de enaltecer la vida. Y, en efecto, no se equivoca Jinre. Los grandes cultores de la décima (que es la forma poética elegida por él para decir lo que no quiere callar) han sido tocados por ese fuego amoroso. Y siempre es difícil alcanzar su altura. Pero el solo hecho de intentar esa hazaña ya es un mérito.

Y quien se acerque a este nuevo —y, asimismo, antiguo— surtidor fluyente de ese hontanar, habrá de sentirse desconcertado. Y se preguntará por qué Jinre ha elegido la décima. Y la respuesta que intuyo es porque la décima —del mismo modo como el soneto— ha pasado a tener una prosapia genuinamente popular. Y Jinre no podía beber de otra fuente que no fuera esa. Una fuente que da la seguridad de no estar imitando a nadie aunque sean muchos los que la hacen suya. Y esto ocurre porque todo lo que deja de tener autor conocido pasa a ser de propiedad del pueblo. Del soneto se sabe que es oriundo de Italia. Pero ni en su país de origen ni en España, que es el de su arraigo, se tiene la certeza de quién pudo ser su primer usuario. En el caso de la décima se pretende atribuirla al poeta español Vicente Espinel (ubicable entre los siglos XVI y XVII) y es así que también se la suele llamar décima o espinela. Sin embargo, la fuerza de la costumbre (que es la que siempre le da la razón al pueblo) ha impuesto el nombre de décima y ha clausurado el de su supuesto creador. Se cumple así lo que dijera Manuel Machado, en una copla en la que explica el origen de esta: 

Hasta que el pueblo las canta, 

las coplas, coplas no son, 

y cuando las canta el pueblo, 

ya nadie sabe el autor. 

Y tanto es así que cuando los poetas llamados cultos o puros recurren a esa forma popular evitan asumir ese su nombre más común: décima. Es el caso de Martín Adán quien a su libro de décimas lo tituló La rosa de la espinela. Pero a los poetas populares les parecería totalmente cursi llamarse «espinelistas». Con mayor orgullo prefieren la calificación de decimistas. 

Los poetas populares —y Jinre pertenece a esa estirpe— no son mezquinos con otras formas de poetizar (las usan cuando la necesidad obliga), sin embargo —y esto es lo decisivo— no se extrañan o enajenan de esas formas originarias con que el pueblo sabe expresar y sentir mejor sus verdades. ¿Y qué mejor aprendizaje para el dominio de este hermoso —y nada fácil— arte de la décima, que hacerlo bajo el auspicio de sus cultores populares? Y Jinre así lo testimonia y menciona a Nicomedes Santa Cruz y a Juan Urcariegui García (y yo puedo agregar a Luis Felipe Angell, Sofocleto). Pero él incluye a otro grande del verso armonioso, Gustavo Adolfo Bécquer. (Y, asimismo, yo me atrevo a incluir a Rubén Darío). Y cualquier otro maestro más, cuyo nombre sea invocado, será para hacer un justo homenaje a su labor pedagógica que busca impedir su clausura o anonadamiento.

Yo siempre suelo decir —cuando los jóvenes estudiantes secundarios eligen este trabajo desinteresado de la poesía— que es la más segura garantía de que con cada uno de ellos habrá un policía (y hasta un delincuente) menos. El arte en general constituye un pasaporte inigualable para acceder a las regiones invalorables del espíritu creador o constructor de seres humanos íntegros. Por eso me congratulo y, de paso, agradezco a Jinre que considere a mi modesto trabajo como uno de sus referentes para el logro de estos textos poéticos que él ahora nos ofrece, con una solvencia que nadie creo ha de mezquinarle.

Aquí el lector encontrará una voz que dice su verdad sin medias tintas, con el respaldo de una sinceridad a toda prueba. Tocando temas tan comunes y al mismo tiempo tan especiales para todos los que nos ha tocado la suerte y el sufrimiento de haber nacido en este hermoso y doloroso país. Tal el caso de rememorar su historia que nos compromete para seguir dando más de nosotros mismos en su trayectoria de llegar a ser la auténtica madre patria que anhelamos (y no la madrastra a que la condenan ser sus necios hijastros). Y así leemos:

Llegaste con una cruz

en el puño de tu espada,
con tu biblia tan preciada
y cargando tu arcabuz.

Y ello constituye reconocer —como lo hace Jinre— la sabiduría y la grandeza de su pueblo:

Camino y siembro mis pasos

aunque no son solo míos,
antes existieron ríos,
que forjaron estos trazos.
Son del tiempo, como lazos
que refuerzan la memoria,
gestas cargadas de gloria
de los pueblos que lucharon,
mujeres y hombres que guiaron
las sendas de nuestra historia. 

Pero también se halla en estas páginas la ironía y el humor que fustiga la inopia y destemplanza de esos hijastros, que suelen cobijarse ya sea en los establos de la burocracia administrativa como en los chiqueros de la política criolla, aquellos oscuros recovecos en donde solo brillan los ojos angurrientos de la venalidad y la componenda. 

El «táper» de la vergüenza,
para la gente insensata
y que ignora la gran prensa.
color naranja y con plata,

Lo cual lleva a nuestro poeta a tocar los temas que fluyen de las ciudades que es en donde están más al acecho los tentáculos de la corrupción y los acíbares del delito.

Para zamparte a la «cola»
y pasarte la luz roja,
no te importa si se enoja
un adulto o una chibola.
Tú te sientes siempre «piola»,
el «mosca» que todo puede,
el que todo lo transgrede
sin importar los demás,
mas te engañas, ya verás,
nadie quiere a quien se excede.

Y asimismo están los temas de la solidaridad con los pueblos hermanos (Cuba, Venezuela, Nicaragua, Bolivia) que también luchan por dar a sus respectivos terruños la gloria de verlos libres de toda sujeción a cualquier amo extranjero. Y este cobijo del canto en lo esencial de Nuestra América, de nuestra patria grande, no puede no debe estar alejado de su fuente nutricia: la madre naturaleza, que es cantarle a la vida, a las aves, a la reina de los tubérculos, la papa, e igualmente  a esos otros frutos de la tierra que son los minerales, elementos todos ellos por los cuales nuestros pueblos se desviven y también lamentablemente mueren por la ceguera de gobiernos putrefactos. Y todo este abanico temático lo resume nuestro poeta en la primera décima de su última composición de pie forzado:

Desde chico fui aprendiendo
sin querer, sin darme cuenta:
el que no calla, se enfrenta
y que más se aprende, oyendo.
Que muchos andan huyendo
cuando un debate es planteado
y se ponen de costado...
Pero eso… ¡No iba conmigo!
aunque perdiera un amigo,
por no quedarme callado.

Jinre Guevara, nuestro poeta, cantor del pueblo, no quiere quedarse callado. Y hace bien que así sea. Y podrá perder un amigo (que también suele ocurrir, porque no callar implica a veces herir) pero también —como dice otro libro grande de la patria universal— se tiene un mundo por ganar. 

Sé que es innecesario decirlo, pero digo que Jinre sabe que estas palabras mías no están lastradas por el pegajoso hollín de la adulación. Y sabe que —así como dice la canción popular que «amor con amor se paga»— igualmente yo le digo que a su sinceridad respondo con mi sinceridad.

DÉCIMAS DE JINRE

«Táper»

El «táper» de la vergüenza,
color naranja y con plata,
para la gente insensata
y que ignora la gran prensa.
Es la burla a tanta ofensa
desdeñada por la gente,
que piensa que un presidente
puede robar y matar,
saquear, mentir, torturar
y decir: «¡Soy inocente!»

ALAN el inocente

Según el propio García
lo rodeaban sólo «ratas»,
ninguno fueron sus «patas»
y de robos, no sabía.
No se atribuye autoría
de «petro-audios», «faenones»,
«narco-indultos» y ladrones
liberados por dinero,
que en París fue un tipo austero,
que es un «doctor», sin millones.

Él dice que nunca ha dicho
que hay «peruanos de segunda»
y que esa frase iracunda,
de la prensa, es un capricho
Sostiene este susodicho,
que nunca fue un mentecato,
que jamás ‘planchó el zapato’ 
en la espalda de un peruano,
que en Bagua no fue inhumano…
que con él, no es «Lavajato».

Keiko-décima

Política y cocaína 
corrupción, robo siniestro,
son casi como el ‘pan nuestro’
cuando se habla de la «china».
Con «lavadores» camina
y hace gala de cinismo,
como aquel fujimorismo
que nos llenó de vergüenza,
ese que compró a la prensa
y nos condujo al abismo.

Quieren que me trague el cuento,
dicen que «Keiko es distinta», 
es claro que es «pura finta» 
para engañar a los «lentos» .
No tiene ningún talento
y es que… ¡nunca ha trabajado!
pero viaja a todos lados
gastando varios millones,
agarrando de «huevones»
a los que creen que ha cambiado.

¡Feliz día, Lima!

¡Lima, capital peruana!
Con tus huacas, tus balcones, 
mazamorra y picarones,
costeña y también serrana.
Una décima hoy me gana
para decir con amor: 
¡No existe mejor cultor
de nuestra diversidad…
…que eres más vieja en verdad,
que el turrón y el alfajor!

¡Alianza campeón!

Hoy llegaste hasta la cima
para enriquecer la historia,
corazón de La Victoria,
¡Campeonaste, Alianza Lima!
Hoy afirmas esta rima
constante de tus colores, 
como el amor en las flores 
que recuerdan a tus hijos,
a esos «potrillos» prolijos, 
¡«Blanquiazul», de mis amores!




domingo, 13 de septiembre de 2020

Para que Carmela me ame, libro de cuentos de Cecilia Granadino



CECILIA GRANADINO
Actriz, narradora y compositora, se graduó en Lengua y Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, también realizó estudios de comunicaciones y arte en la Pontificia Universidad Católica de Lima, así como en Alemania, Holanda e Inglaterra. El año 2015 el Ministerio de Cultura del Perú la distinguió como Personalidad Meritoria de la Cultura por su trayectoria como investigadora de las artesanías peruanas y recoger la tradición oral.
Huaralina, norteña, peruana a todo dar. Debió ser el varón que tanto esperaba la familia, salió mujer. Debió morir en el parto, como murió su mellizo, ella sobrevivió. Debió quemarse en los infiernos por curiosa y atrevida, la pequeña decidió otra cosa y siguió preguntando: ¿por qué? Desde ese día se inició la historia, el gran cuento que ha sido y es la vida de Cecilia Granadino. Ella sigue recorriendo su camino de cuentos, mitos, leyendas y canciones. 
Entre las obras de Cecilia Granadino destacan los cuentos infantiles: Un paraíso aquí y El cuento del pero... (Deuda externa para niños), así como sus discos de canciones Sapito cancionero. Reconocidos son sus trabajos de recopilación oral Cuentos de nuestros abuelos quechuas, Las ranas embajadoras de la lluvia, cuentos de la isla de Taquile (coautoría con Cronwell Jara) y Cuentos de nuestros abuelos africanos. Su última entrega en cuentos: Un hombre sentado en la banca de mis ilusiones (2014) fue publicado por nuestro sello editorial. 

El lector agradecerá este libro deleitable, suculento, lleno de historias y personajes inolvidables. Y es que Cecilia Granadino es una de las narradoras peruanas más relevantes. No solo por su dominio de las técnicas más variadas del relato contemporáneo y la riqueza expresiva de su prosa vivaz, palpitante, arrolladora como un río en crecida. Sino porque resulta única dentro del buen momento que está viviendo la narrativa escrita por mujeres, a nivel nacional e internacional.

RICARDO GONZÁLEZ VIGIL: "Única porque ninguna otra autora se nutre como ella, a la vez, del legado de la tradición oral (cosmovisión realmaravillosa, rasgos sapienciales de los mitos y leyendas, humor soterrado contra la dominación impuesta por la cultura “occidental” y la “globalización”, etc.) y la efervescencia de corrientes y texturas (con secuelas “modernas”, con posturas “posmodernas”) de la “ciudad letrada”, abierta en su caso (como en los de otros grandes narradores peruanos: Ciro Alegría, José María Arguedas y César Calvo) a todas nuestras sangres."

CRONWELL JARA JIMÉNEZ: "Para que Carmela me ame, libro de cuentos de Cecilia Granadino Penalillo, confirma que es una escritora que posee contundencia narrativa, claridad y brillantez. Cada relato de este libro, repartido en tres estancias trasmite contenida tensión dramática, estremecimiento y ternura; nos provoca reflexiones trascendentes del destino, la vida, el amor, la muerte, la soledad, el desamor y las frustraciones. Posee fresca vitalidad, estilo propio y un modo poético de conmover, tan acertado, que nos evoca un hondo y desgarrador sentimiento andino, sin caer en patetismos ni cursilerías. Su talla es continental."

 

PARA QUE CARMELA ME AME

    ¿Era una premonición? 
    La enorme mariposa, la gigantesca y bella mariposa, avanzaba meciéndose como una nube ligera acudiendo a una cita inexorable. En su rostro escondía la sutileza del insecto pero también la fuerza y locura de un dragón. Se bamboleaba bajo el cielo azul intenso, a veces interponiéndose entre el sol y los techos de carrizo del poblado.
    Ante la sorpresa por su aparición, hombres, mujeres y niños corrieron hacia la placita para observarla mejor y con las miradas arriba siguieron su vuelo de tornasoladas transparencias.
El espectáculo era muy hermoso, como si los vitrales de la capilla se hubieran desprendido de sus estructuras y volaran dejando pasar la luz a través de sus rojos, verdes, azules, violetas y naranjas. Un arcoiris trasparente que dejó momentáneamente mudos a todos.
Repuestos del susto inicial, repararon en la belleza de esa cometa extraña que nadie sabía de dónde apareció.
    —¡Qué maravilla! —dijo el sastre Ramiro, achaparrado, bigote finito y el corazón dispuesto siempre para la novedad y el trabajo. ¿De quién será la ocurrencia?
    —Estará bonito el espectáculo, pero muy mal hecho —rezongó Agapito el bodeguero, el llamado «Tres pies al gato», porque andaba siempre buscando la sinrazón, era un aguafiestas frustrado. Y continuó: si la cometa se enreda en los cables de luz puede ocasionar un problema.
    —Ya Don Agapito —dijo la gorda Esmeralda—, déjese de arruinarnos la alegría. Esa cometa con forma de mariposa-dragón es una obra de arte, ¿cuándo hemos visto semejante hermosura en este pueblo donde nunca ocurre nada? —calló al bodeguero que seguía rezongando. 
    Y todavía agregó el hombre:
    —Yo le pondría una multa al ocurrente ¿Qué pasa si hay un corto circuito?
    —¡Fiuuu¡ ¡Shhhhh! —lo callaron todos, mientras la cometa cabeceaba por un contraviento y parecía que iba a caer. Un tirón del hilo y la cometa remontó el vuelo y se exhibió en todo su esplendor.                 Admirable el talento con el que la conducía su dueño.
    —¿Pero, quién es? —todos curiosos, anhelantes.
    La cometa continuó con el vaivén ondulante de su danza, coloreó con su alegría cada casa, cada rincón, cada huerta. Los pajarillos volaban alborotados. Una bandada de pericos asustados, se levantó por algún lugar buscando otros territorios. Las callecitas se llenaron de magia, la torre de la capilla pareció elevarse en el aire. Cahuachi, ese pequeño pueblo en medio del desierto, se estremeció observando la fascinación que producía la mariposa, mientras sus corazones se llenaban de una paz que los hacía sonreír como antes, cuando con bombos y platillos festejaban sus retretas.
    —¡Carmela, Zambita! ¿Qué haces metida en tu tienda? Sal, mira la fiesta que te estás perdiendo —apurada entró al bazar del pueblo Esmeralda cargando con sus caderas enormes y la bemba que resoplaba.
    Carmela, con sus alegres veintiún años, salió a tropezones, las chancletas se le enredaron y casi se cae. Cuando vio la cometa, quedó muda. Fue la emoción o qué sería, los ojos le brillaron y una lágrima quiso rodar, pero ella la ahogó entre sus dedos... algo intuiría.
    Era una cosa que, de tan grande, espantaba a los pájaros. Era mil veces más grande que la barboletta más impresionante del mundo. Sí, barboletta, como llamaba Don Ramiro a las mariposillas de su huerto: barbolettas. La cometa iba y venía, parecía querer comunicarse con la vida, parecía tener venas, arterias. Era tan viva que todos hasta esperaban que cantara. 
Pero no era necesario que la cometa dijera algo, sus movimientos de imponente aire oriental lo decían todo.
    —Este es un regalo a la vida, nunca lo esperé —se le oyó decir a Carmela.
Con su cola de papel y trapos de varios metros de largo, la cometa temblorosa dio algunas vueltas e hizo que los perros, allá abajo, ladraran sin saber a dónde meterse. Mugieron unos toros en los corrales y un asno rebuznó por algún lugar.
    —¡Miren, miren! ¿Qué es eso? —se preguntaban los recién llegados.
    En medio del vocerío que había estallado, luego del éxtasis inicial, alguien sugirió:
    —Hay que seguir el hilo y descubrir quién realizó este milagro —algunos corrieron hacia el río o al cerrito del estanque, el resto se dispersó pero inesperadamente nadie retornó a sus quehaceres. El evento había sido demasiado motivador, todo era risas, recuerdos de tiempos idos, deseos de hacer algo nuevo para el pueblo.
    Carmela, la hermosa zambita currupantiosa, la «pura risa» fue la única que se retiró a la sombra de su tienda. Quiso reír, burlarse, coquetear por cualquier cosa como siempre lo hacía, pero algo la retuvo, casi lo adivinaba. 
    La noticia corrió como viento de agosto: ¡Sorpresa! ¡El hacedor de la impresionante mariposa-dragón era el chino Len! Nadie lo hubiera imaginado. Lo único que sabían de él era que cuando llegó a Perú desde Pekín, flaco, cabello hirsuto que trataba de someter usando un gorro extraño, de inmediato se había dedicado a buscar un lugar donde establecer un negocio. Había aparecido por el pueblo unos tres años antes mientras recorría la costa. A nuestro Cahuachi llegó de casualidad por una conexión mal hecha de buses interprovinciales, sin embargo allí estaba, sería el destino. Cahuachi no era el mejor lugar, pero cuando el joven Len conoció a Carmela, le encontró un sabor al pueblo y se quedó. Y ahora los sorprendía con esa cometa extraña y bella.
    La tarde era de una tibieza agradable, se armaron grupos frente a las puertas y el que menos invitó una chicha, caramanducas, maní tostado. Los pobladores tenían el alma revuelta y alegre. Fue larga la tertulia. Despertó la imaginación de la gente. Ramiro, el sastre, propuso organizar un concurso de cometas, se añadió a su idea la de resucitar los bailes anuales, un festival de comidas, de todo. Era como si alguien hubiera apretado un botón y activado las mentes adormecidas de los pobladores, acostumbrados ya a su rutina. 
    Carmela, tras el mostrador de su bazar, tejía un pullover para su amigo Santiago Len, el chino Len, quien sentado en la silla de mimbre como tantas tardes, la visitaba y la adoraba hasta el desmayo.
    —Ya, pues, Carmelita, ¿cuándo darme el sí?
    —Ay, chinito, ya te he dicho que no y punto. Con cometa o sin cometa, la respuesta es ¡No!
    —Tú me dijiste: «aquí no pasar nada, pueblo estar muerto. ¿Quién puede sembrar ilusiones aquí? Tal vez si ocurriera milagro yo cambiara, pero no creo». Eso dijiste mi Carmela. Yo por ti hacer que sucedan cosas nuevas, que tú y tu pueblo sean un jardín feliz. Imaginación no me va a faltar. Así será tu vida conmigo, negrita, llena de fantasía. Anda, quiéreme un poquito —decía el chino en su media lengua, tanto que Carmela, burlona, se echó a reír.
Carmela reía y meneaba la cabeza como si un imposible ocupara su corazón. 
    Habían pasado seis años desde que el chino Santiago Len llegó a Cahuachi y todavía pasarían tres años más sorprendiendo a Carmela y a la población con sus demostraciones de amor. Y cada día después de sus labores en el chifa, venía a la tienda, se sentaba en la silla de mimbre que por años lo esperaba junto al mostrador y trataba de convencer a Carmela.
    —Qué no haría yo para que Carmela me ame —decía. Cada mañana repetía la frase como una oración, por eso en el pueblo la sabían de memoria. ¿Acaso no hizo volar una avioneta por toda la zona jalando un cartel que decía en letras inmensas «Para que Carmela me ame»? De allí que, con el correr del tiempo, la frase se volvió un dicho popular refiriéndose a algo difícil de lograr.
     —El Cesitar, mi hijo menor, dice que estudiará en Inglaterra —comentaba Agapito al sastre Ramiro        —. Y yo le digo «estás buscándote un para que Carmela me ame. Ponte a trabajar primero, o no conseguirás nada».
    El chino Len hizo de todo para conquistarla.
    Sobrevoló la zona en parapente, casi murió estrellado contra un roquedal ya que la pequeña pampa que cobijaba al pueblo se recostaba contra unas montañas y había que conocer los vientos que la cruzaban porque a veces se volvían contrarios e inesperados. Repitió la experiencia muchas veces hasta que llegó a conocer todo lo necesario para convertir a Cahuachi en un lugar apropiado para practicar ese deporte. El pueblo empezó a desperezarse de la modorra y se ocupó del negocio.
    En otro momento organizó un encuentro de poetas. Llegaron invitados de todo el país. Hubo kermés, desfile de colegios y de los participantes al evento, espectáculos de teatro, títeres y cuentacuentos. Cahuachi despertó de su letargo. Se armaron comisiones para diferentes actividades: un museo, construcción de vías de acceso a los restos arqueológicos, restaurantes, servicios de transporte, hoteles. Todo era vida ahora, hasta don Agapito, el «Tres pies al gato» , descubrió un raro don que había perdido y recuperando el optimismo lideraba la tarea «poniendo en valor los acueductos precolombinos» que eran una joya de arquitectura agrícola. A lo largo del año, las nuevas actividades y estos proyectos dinamizaron a la población mejorando la calidad de vida de los Cahuachinos. 
    Carmela continuaba riendo, cimbreándose al caminar, animando a los vecinos, haciendo cadenetas para adornar los salones de baile, la plaza y todo sitio donde se festejara algo. La asediaban muchos pretendientes. Cada día se la veía como una flor madura, cada vez más guapa y esquiva. A todos respondía a punta de risas y burlas, ella solo tenía tiempo y ternuras para el chino Len, a quien atendía en su casa, le servía el té, limpiaba sus zapatos y le preparaba su arroz chaufa con ajonjolí, tamarindo y langostinos, lo que hacía que los demás pensaran en una próxima fiesta de farolitos chinos y el casamiento. 
    Las amigas y las vecinas se preparaban para la boda fastuosa que el chino armaría. Pensaban en qué traje vestirían, quién haría la torta, si vendrían los parientes de Len desde la lejana China. Era una conmoción imaginarse las celebraciones de ensueño y la televisión filmando.
    Sin embargo la respuesta de Carmela continuaba siendo negativa. Algo sucedía, algo extraño, porque después de cada ¡no!, cuando el chino prometía irse muy lejos para olvidarla, el rostro de la Carmela se ensombrecía. Aun así él siguió visitándola por las tardes y contemplando desde la silla de mimbre sus manos, su sonrisa, y su cabello de mulata. Llegaba luciendo las prendas que la «Pura risa» tejía o confeccionaba para él. Hacía un calor horrible en ese desierto de lagartijas, pero Len se colocaba su pullover o su gorra y se aparecía en la tienda con alguna flor, un perfume, o un frasco de mermelada para endulzarla.
    Esmeralda y Flora, las amigas más cercanas, la criticaban y le hacían recomendaciones.
    —¿Qué esperas Carmela? Es el mejor partido aquí, y te adora. ¿Qué te pasa?
    —Se va a aburrir de tanto ¡no! No seas tonta, se va a ir. Te vas a quedar sola.
    —Piensa. Ya tuvo bastante paciencia, no juegues con él.
    —¿Eres machorra? —llegó a preguntar directamente la gorda.
    —¡No seas idiota! —renegó Carmela—. ¿Y, además, a ustedes qué les importa? —con ira las sacó de la tienda y cerró la puerta. 
    —Oye, Negrita, no juegues conmigo, ¿cuándo nos casamos? —preguntó ese día Len.
    —Déjate de molestar —se engrió Carmela. Te quiero como amigo, ya sabes. Ven, acércate para probar el largo del pullover que te estoy tejiendo.
    —No puedo y no quiero —respondió el chino molesto. ¿Cómo acercarme a ti si me desmayo de amor?
    —Ya, pues, no seas así —y Carmela le quitó el gorro y acarició su cabeza.
    —¡No me toques! —el chino Len dio un salto. Ya lo decidí, hace años que vengo insistiéndote. Me voy para siempre, no me volverás a ver —y salió furioso de la tienda.
    A Carmela le confirmaron que definitivamente Len había partido en el bus hacia Nasca con cuatro maletas y su perro.
    La sonrisa de la zamba se borró desde ese día. Se apagó como una mariposita desmayada ante el calor de un foco de luz. Nada la alegró, ni quiso hablar con nadie. Santiago Len había salido de su vida y qué solas y qué vacías eran sus tardes ahora mirando la desocupada silla de mimbre. ¿Por qué lo dejó ir? Se preguntaban las amigas, las vecinas. El pueblo ya no sería el mismo sin la alegría de ella y sin las locuras de Len. La gente se había acostumbrado a la pareja y cuánto se identificaba con ella. Muchos apostadores habían perdido sus reales creyendo que de todas formas habría matrimonio. Entre ellos, Esmeralda y Justino.
    Así pasaron los meses entre vientos arremolinados levantando arena y la falta de lluvias. Pero el pueblo trabajaba, no volvió a su modorra anterior, el chino dejó escuela entre los jóvenes y todos tenían la moral bien alta. Menos Carmela que extrañamente seguía tejiendo chompas y bufandas, esperando un viento diferente que le trajera un poco de alegría. Pero ya no era posible, su amor había partido y ya no volvería.
    Entonces, sucedió algo inexplicable. Llegaron a la población en camiones y buses como trescientos niños y una banda de cuarenta músicos. Primero se armó una retreta en la plaza, bajo la glorieta de aire chino que Len había construido. Luego se inició un paseo de antorchas alucinante. Danzaron ante los ojos del sorprendido pueblo: dinosaurios, gatos, delfines, gallinas de cresta dorada, un dragón estilo Moche, burros con botas, una abeja en su trapecio, una jirafa tierna vestida como una virgen y una enorme Carmela reilona.
    ¿Otra demostración de amor del chino Santiago? —especularon los pobladores. Pero Len no se apareció, ni los visitantes pudieron responder cuando les preguntaron quién los había enviado.
    Carmela era la única que sabía algo porque esa misma tarde un taxista que vino desde Nasca dejó sobre su mostrador un sobre, luego de asegurarse que entregaba la misiva a la señorita Carmela Pereyra.
Cuando leyó la tarjeta, olorosa a flores de durazno, en la que el chino Len le planteaba por última vez matrimonio, sollozó y supo que no había paso atrás posible. Todo había terminado. Su respuesta también esta vez sería ¡No!
    Él le pedía que fuera un sí o un no, su decisión se la comunicara al pueblo de Ingenio, donde esperaría unos días. Carmela se desesperó, no había remitente en el sobre ni ninguna otra seña, cómo podría comunicarle su negativa para que su chino adorado no siguiera aguardando por una respuesta que nunca llegaría. ¡Qué absurdo! En esos días, Carmela imaginó cuánto tiempo esperó Len en su angustia y esperanza. Seguró la odió. La odió mil veces por no escribirle. Carmela lloró, lloró tanto que en su rostro aparecieron las primeras arrugas. 
    Pasó el tiempo y con los años fue recuperando el ánimo y poco a poco volvió a reír y fue madrina de muchos niños que alumbraron las amigas. Les tejió todo tipo de ropitas y siguió apoyando al pueblo en todas sus iniciativas en memoria de Santiago Len, su chino amado.
    Transcurrieron como veinte años. Carmela se quedó soltera, no aceptó a ninguno de los pretendientes. Por las tardes, a la hora en que el pueblo echaba la siesta, ella miraba la silla de mimbre, se secaba una lágrima y regresaba a sus quehaceres. 
    Ese domingo tranquilo y dulce como una oveja recién parida, de mirada tierna y ojos de estrellas, entró corriendo Flora la amiga de la infancia:
    —¿Ya lo viste, Carmela? ¿Ya lo viste?
    —¿Qué cosa? —preguntó la negra sobresaltada, soltando el tejido.
    —Al chino Len, parece que ha vuelto.
    A Carmela se le cayó la mandíbula, las manos le temblaron, pero se recompuso y dijo: 
    —¿De dónde sacas eso? No digas tonterías.
    —¡Ven a la puerta, mira! —Flora señaló al cielo.
    Una avioneta surcaba el cielo cubriéndolo de flores, miles, miles de flores amarillas, de retamas perfumadas que alfombraron las pistas, techos, jardines y huertas, con soles relumbrantes. Luego cayeron rosas, claveles, margaritas. El tendero ya había muerto si no hubiera sugerido una multa para el imprudente piloto que sobrevolaba Cahuachi a muy poca altura; y en vuelo atrevido cruzaba por entre las torres de la iglesia dejando caer su carga de locura y amor. Flotó en el aire un aroma profundo y embriagador. Palomas, mariposas y colibríes se unieron en danza mágica bajo la lluvia de colores perfumados. 
    Carmela no lo podía creer, reía y lloraba. ¿Será él? ¿Es él? Y se ilusionó por verlo siquiera una vez más. 
    Una comitiva desembocó por la esquina y el alcalde llevaba del brazo al visitante. A media cuadra antes de llegar a la puerta del bazar donde Carmela esperaba temblándole las piernas, las manos, los labios, ésta cerró los ojos entre ilusionada y llena de espanto. ¿Qué pasaría? ¿Qué le diría él? ¿Estaba casado? ¿A qué venía?
    Cuando la gente se detuvo ante ella, un pellizco de Flora y otro de Dominga la hicieron abrir los ojos.     El chino Len rejuvenecido, un poco más moreno, la contemplaba sonriente. Las piernas no la sostuvieron, las amigas debieron sostenerla, porque en ese momento supo que el muchacho era hijo de Santiago Len.
    —Entonces, ¡Santiago ha muerto! —sollozó y el cuerpo de la zamba se desmadejó mientras la fuerza de los sollozos sacudía sus rulos, se encabritó su pecho y el abrazo apretado que le dio al joven casi los tumba al suelo. Sobrepasado el momento, Moisés Len se presentó y con los mismos gustos de su padre pasó a sentarse a la silla de mimbre. Los vecinos se retiraron discretos.
    Mi padre nunca dejó de amarla, dijo. Mi madre lo sabía pero prefirió compartir su amor con usted a dejarlo. Fue un matrimonio feliz, que duró poco. Mamá era muy enferma y nos dejó cuando yo cumplí los nueve años. Tenemos buenos negocios de caña de azúcar en el norte, aunque es evidente que mi padre no es del todo feliz. Decidió volver a China y visitar a sus parientes. Antes quiso que yo viniera a conocerla. Yo, que ya sé de su gran amor y de sus ocurrencias por conquistarla, pensé en presentarme con flores. Disculpe si la hice llorar. Según mi padre, él asegura que usted lo amaba y nunca pudo entender por qué no lo aceptó. Vengo por su respuesta, para que él pueda encontrar la paz. 
    Carmela se había dulcificado observando al muchacho. Entonces, el chino Len estaba vivo, gracias virgencita. Moisés le preguntó:
    —¿Por qué no le respondió la tarjeta? 
    —¿Cómo iba a responder si no había remitente, ni dirección? —dijo Carmela y tartamudeó—, yo hubiera respondido, lo juro.
    —Él me dijo que detrás de la tarjeta puso las señas: «Correo Central Ingenio, Ica».
    —No miré por detrás la tarjeta, no se me ocurrió. Solo vi el sobre y lo guardé en alguna parte. Era tantísima mi pena. Volvió a los sollozos apretando el pañuelo que era un amasijo entre sus dedos.
    —¡No puedo creerlo! ¿De veras no miró el reverso de la tarjeta? No sabe lo que significó para él ir cada día al correo y no encontrar nada. Fue muriendo de a poco. La odió, la odió hasta que le crujió el corazón y se le apagó el alma. Eso me contó. Hasta ahora recuerda esos días imposibles. Cuando conoció a mi madre, ella lo ayudó mucho felizmente. Al muchacho le conmovió el dolor de Carmela, le secó las lágrimas y continuó:
    —He venido solo para preguntarle por qué no se casó con él. Por qué no aceptó a otro si tuvo muchos galanes. Por qué sigue tejiendo chalinas, gorras que no vende ni regala y las guarda para él como si fuera a llegar mañana. En el pueblo la gente me ha contado sobre su vida solitaria. Es evidente que usted lo amó. Entonces ¿por qué sus negativas? Él necesita saber por qué, por favor. Si lo amó, haga eso por él. Mi padre no se lo preguntó tal vez por orgullo, miedo, ni él mismo sabe. Pero aquí estoy yo para preguntarle ¿Por qué lo rechazaba amándolo? No tema herirlo, él quiere la verdad.
Carmela había empezado a sudar, se sofocaba, se desabotonó la chaqueta, se ventilaba con un abanico de flores.
    Despacio, casi sin voz, le contestó.
    —No creo que me atreva nunca a decírselo a nadie. Tal vez algún día a él. También lo sigo amando, dígale eso, que no me odie —y se despidieron.
    Dos noches no durmió Carmela de tanto dolor. Era una historia triste que por fin había terminado.         Entonces, luego, finalmente decidió rehacer su vida. Compró telas, haría cortinas nuevas. Y un juego de té. Todo lo que le recordara al chino Len, lo desaparecería. Tenía que vivir. Una de estas noches arrojaría a la basura la silla de mimbre. 
    Cierta tarde, retornando del mercado, al entrar en la tienda, un perfume a flores la envolvió. Allí estaba él, sentado en la silla de siempre, vistiendo un viejo pullover que ella le tejiera. Delgado, alguna arruga en el entrecejo y algo muy hondo y desconocido en la mirada.
    El chino Len había vuelto. ¿O era un sueño? No, estaba ahí y no era un sueño. Carmela dejó caer las cosas que tenía entre sus brazos, corrió hacia él y de rodillas estrechó sus manos y las besó hasta el cansancio.
    —¡Chino! ¡Chino Len, no lo puedo creer!
    —Dijiste a mi hijo que tal vez a mí me lo dirías un día. Postergué el viaje. Aquí estoy. Tú me querías, ahora lo confirmo. ¿Por qué me decías que no? Dímelo, mi Carmela. Dímelo. Y le acariciaba el cabello, besando su frente y sus ojos.
    Casi en un susurro, completamente turbada, la negra, respondió:
    —Es que no soy mujer ni para ti ni para nadie.
    —¿Por qué dices eso? No entiendo, yo te amé como eras, no importaba chino ni negro. Dime por qué     —insistió y le tomó las manos— por favor ayúdame.
    Tapándose la cara, con un hilo de voz, Carmela logró decir:
    —Porque no tengo ese nido que conduce a la fertilidad.—No encontraba las palabras y se le enredaba la lengua.
    —¿Que no tienes qué?
    —Es que no tengo útero. ¿Entiendes? No tengo útero. Así nací. En todo soy normal pero no tengo eso —el llanto la sacudió de tal manera que se ahogaba. Eran lágrimas tan desconsoladas que hasta los estantes y productos del bazar sintieron pena por la mulata—. Y tú no merecías eso. No puedo tener niños, la gente es muchas veces cruel, se iban a burlar de los dos. Dirían que te habías casado con una machorra, una qulluqwarmi, mujer infértil.
    Ella recordó el ronroneo de la avioneta cuando se alejó hasta desaparecer ese día que le dijo adiós a Moisés Len. Las últimas flores que se depositaron sobre las antiguas calles de Cahuachi simulando una alfombra suave, enterrando el amor. El tiempo se detuvo para Carmela esa tarde, como se detenía ahora.
Por fin el hombre, Santiago Len, habló:
    —Eso a chino Len no le importa, Carmela. Solo dime si me amas todavía.
    —Sí… mucho, como siempre —dijo muy bajito Carmela mirándolo a los ojos e intentando una sonrisa, acomodándole el cuello de la camisa, llorando despacito como lluvia de pétalos. Por fin había dicho lo que tuvo que decir hacía tanto tiempo. 
    —Ya nunca nos separaremos —dijo Len y la estrechó en sus brazos. Ay, mi Carmela, tontita. Que todas las lágrimas que derramamos se unan para arrojarlas al viento y nos lluevan convertidas en flores de alegría. ¿Nos casamos, entonces? 
    —Sí, hagamos la boda —respondió Carmela con ojos iluminados, tímida, insegura, pensando todavía que era un sueño, pero sonriendo como antes, con una sonrisa juvenil.
    Se hicieron los preparativos. Las bandas, llegadas de todos los rincones, atronaron el aire con sus melodías. El pueblo se dedicó a brindar, bailar y celebrar. Todo era regocijo.
    Después de la boda, la pareja se encaminó hacia la placita y por fin se supo qué contenía ese cajón enorme y misterioso que el chino Len había hecho traer. Era un globo aerostático. Y en él se alejaron Carmela y Santiago perdiéndose entre las nubes, mientras una lluvia de flores y caramelos caía sobre Cahuachi.

 

sábado, 18 de julio de 2020

CRÓNICA DE CARTÓN, reciente libro de Nilo Espinoza Haro & Silvia Beatriz Suárez Moncada

Formato: 27 cm de alto x 20 cm de ancho. 284 pp impresas en couché. 

SILVIA BEATRIZ SUÁREZ MONCADA



Licenciada en historia por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, fue docente en dicha casa de estudios superiores. Reconocida como primera reportera gráfica del Perú por la Asociación de Reporteros Gráficos del Perú. Militante feminista. Laboró en el diario La Prensa de Lima, en el suplemento El Caballo Rojo dirigido por el poeta Antonio Cisneros, en la revista Equis-X y en varias fotonovelas publicadas por Manuela Ramos. Del 24 de septiembre al 31 de octubre del 2015, el Centro Cultural de la Universidad Nacional  Mayor de San Marcos le rindió  homenaje a su trayectoria presentando una  muestra de sus obras titulada “Años, vida, gente”.

NILO ESPINOZA HARO

Apunte de su nieto Nicolás Gutiérrez Espinoza

Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En México (1983), con su libro País de papel, obtuvo el primer premio del Concurso Hispanoamericano de Cuento. En ese país también colaboró con el maestro Juan José Arreola en el “Taller de reparación de frases”.
    Ha publicado los libros de cuentos Azaroso inventario de las visiones, testimonios y recordatorios de Chinchinchín en la ciudad de los reyes (Lima, 1987), Sonata de los espectros (México, 1989 - Lima, 1990), Mar de cuentos (Lima, 1996), Caja China (Lima, 2009), Circo (Lima, 2009) y la novela Bruniquilda (Lima, 2007).
    Respecto a su obra literaria, Luis Alberto Sánchez dijo: “En Sonata de los espectros hay páginas alucinantes, que hacen recordar la imaginación poderosa y al mismo tiempo caótica de algunos disparates ordenados y estéticos de Franz Kafka”.
    A su vez el poeta Eduardo Chirinos, dijo: “Heredero de una tradición que se remonta a los fabulistas del siglo XVIII, Nilo Espinoza Haro no es por suerte ningún moralista. Tampoco se mueve en el sospechoso didactismo de un Samaniego o de un Iriarte: neoclásico al revés, sabe que el arte de narrar exige una destreza que mantenga encandilado al auditorio y lo divierta y hostigue para, de ese modo, clavarle la tierna y venenosa puñalada que le hará saber que ese mundo imaginario no es otro que aquel en el que diariamente vive, se enamora, se reproduce y muere”. 
    Como periodista ha trabajado en diarios y revistas de Lima y ciudad de México. 


Fotografía de Beatriz Suárez


NIÑOS DEL PERÚ

09–11–74

Nilo Espinoza Haro

Ayer leí: “En algunas familias aymaras no es raro el infanticidio. A los hijos no deseados, el padre les da a beber una copa de aguardiente para intoxicarlos o los asfixia colocándoles una manta sobre la boca y las fosas nasales. Si por alguna razón el niño o los niños sobreviven a ese tipo de los atentados, se les respeta la vida en nombre de fuerzas sobrenaturales que no han aceptado su muerte”. No estaba en un libro de ficción.
    Ayer leí: “Mi padre venía todas las noches borracho. La víctima era mi madre quien era pateada porque no le daba dinero para seguir tomando. Yo no tenía fe en nada y me encontraba desorientado. Me escapé de mi casa y decidí robar. Yo tenía once años” No estaba en un libro de ficción, repito.
Ayer leí: “El cordón umbilical del niño campesino es cortado muchas veces con pedazo de tiesto rojo, fragmento de una olla de arcilla, porque se piensa que el uso de las tijeras trae mala suerte”.
Ayer leí que los niños pertenecientes a las capas medias y altas de nuestra sociedad, eran víctimas de sus propios privilegios. Esos niños no son dueños siquiera de sus pensamientos. Sus familias les señalan los amigos con quienes reunirse y a quienes deben rechazar.
    Recalco, no es ficción. Todo lo que leí estaba respaldado fríamente por cifras, por testimonios y por la palabra de Carlos Castillo Ríos en su ensayo titulado “Los Niños del Perú –Clases sociales, Ideología y Política”.
    “El libro recoge lo que todos vemos diariamente –me dijo, también, ayer, Castillo–. Pretende decir eta es la situación del niño en el Perú. Todo lo que describo está ocurriendo entre nosotros. En esta época de cambios, unámonos para erradicar el sistema político social que afecta a la parte mejor y más delicada de nosotros mismos, de nuestro futuro: los niños”.
    Hasta hace poco tiempo, Castillo fue secretario general del Consejo Nacional de Menores, entidad que protegía a la niñez peruana. Estudió en las facultades de Derecho y Educación de Universidad Nacional Mayor de San Marcos –en donde ahora es catedrático– y en la Université de París –IV París Sorbonne. 
    “El problema de la infancia en el Perú es muy complejo –sigue hablando él–. En definitiva es el problema del pueblo peruano. Por eso sé que no he hecho sino introducirme al tema, despojándome de todo prejuicio y empezando a tratar haciendo uso, a medida de mis posibilidades que son muy modestas, de recursos a la mano: documentos, estadísticas, testimonios, comentarios, etc.”.
    Mientras mecánicamente limpia sus anteojos, dice: “En nuestro país los jueces de menores, los curas y las damas de la sociedad no quieren que les digan verdades. Tampoco los directores de los ministerios. Reclaman ellos el “respeto” que imponen las jerarquías, en tiempos en los que se habla de participación, esto debe cambiar”.
    Introduce su mano izquierda en uno de los bolsillos de su chaqueta, saca un papel y me pide que lo lea. Lo hago: “Cada criatura, al nacer, nos trae el mensaje de que Dios todavía no pierde la esperanza en los hombres”. A continuación, agrega: “Es una frase de Rabindranath Tagore que la llevo siempre ¿Sabe por qué? Porque creo que es muy cierto aquello de que en cada niño hay una esperanza de un futuro mejor para la humanidad, a pesar de que en el Perú, el niño es el ser más oprimido de nuestra sociedad. Los niños sufren a la sociedad en su conjunto, a sus padres, a todos sus mayores, a los que nos atribuimos el derecho de comandar sus vidas sin respetar gustos, carácter y particularidades de los niños”.
    “En mi libro hago también un análisis –sigue – del niño burgués y la clase opulenta. Esto, sin duda, puede sacar alguna roncha. Es curioso, mientras hay bastante material antropológico sobre barriadas y campesinos no lo hay sobre gente rica aburguesada. Nuestros científicos sociales han respetado a la opulencia. Entonces he tenido que acudir a la literatura y he encontrado brillantes páginas, por ejemplo, en la novela Duque de Pepe Diez Canseco y creo también en Un mundo para Julius de Bryce. Pero eso es el comienzo, queda mucho más que decir. Esos niños también son víctimas, porque interesadamente en los colegios donde se educan los están deformando. Y conste que no es sólo influencia del hogar: revísese sus cuadernos, sus ejercicios gramaticales, sus lecciones de historia, grábese algunas clases, estúdiese y analícese la ideología de los que están capturando. En pocas palabras, se les está armando para una batalla donde el enemigo es el pueblo”. 
    Castillo continúa: “Mientras tanto, los niños, hijos de los trabajadores, siguen mal nutriéndose, siguen aferrados a mitos y supersticiones, siguen asimilando tristeza y apatía. Por eso, no es casual que en el Perú cuando se habla de los niños se termine analizando la acción del imperialismo. Estamos en un tiempo en el que no tiene vigencia la hipocresía. Antes a los niños de nuestro país se les ha dado un beso en la frente, se le ha regalado un sol, se les ha tomado fotografías y luego ya tranquila la conciencia, se ha esperado el momento de irse al cielo. Contra esa versión estoy con todas mis fuerzas. Por eso asocio niñez con política, con clases sociales, con lucha del hombre para subsistir. Por eso asocio niñez con nueva sociedad”.
    “Particularmente –sigue–, no creo en la existencia de culpables de la situación por la que atraviesan los niños. Todos somos responsables de la misma manera como todos, civiles, militares, religiosos y seglares hombres y mujeres podemos participar en la solución de los problemas infantiles. Pero eso no quiere decir que haya personas mejor ubicadas para participar en forma más directa en el problema. Por ejemplo los altos funcionarios de Planificación, la alta dirección de los ministerios de Salud, de Educación, etc., están inmejorablemente situados para aportar soluciones inmediatas. Y no lo hacen, creo, porque están lejos de la realidad de las clases pauperizadas. Viven demasiado bien. Un poco en broma y un poco en serio le diría que para mí la solución estaría en mandar a mis amigos, por ejemplo, al Padre Ricardo Morales, Presidente del Consejo Superior de Educación, a vivir un mes en Aucayacu, dirigiendo una escuela. Lo que deduciría de este “stage” sería extraordinario: O a Leopoldo Chiappo que se interne 10 días, sin salir, en el reformatorio de Maranga. Y así sucesivamente a Romeo Luna Victoria, Carlos Malpica Faustor y Luis Alberto Ratto, etc. Lo que quiero decir es que no es suficiente tener emoción social, hay que vivir la realidad del país. De otra manera se corre el riesgo de formar una oligarquía burocrática muy perniciosa para las mayorías”.

Prefacio

Ricardo González Vigil

    Entre los prosistas con más pericia verbal surgidos en el Perú, en la fecunda hornada de los años 70 (un brote generacional acaecido hacia 1968–1974), ocupa un lugar destacado –insuficientemente reconocido hasta ahora– Nilo Espinoza Haro.
    Muestras notables son la novela, los cuentos y las piezas brevísimas admirablemente hibridas de “varia invención” (para usar una acertada denominación del mexicano Juan José Arreola, cuyo Taller de Reparación de Frases, en Ciudad de México, frecuentó Espinoza Haro en 1973) que conforman sus libros. Un conjunto que constituye una contribución relevante a la imaginación liberada de las pautas realistas, abierta a lo fantástico, lo onírico y lo caricaturesco–grotesco, y rica en referencias culturales (históricas de toda laya, literarias sin fronteras, artísticas en el sentido más amplio de la palabra, ese que no excluye los enseres de la vida cotidiana ni las cuestionablemente llamadas “artesanía”, “música popular” y expresiones del “folklore”), con frecuencia alusiva –con la dinamita de la ironía, la parodia y la alegoría– al contexto social y político. Se nutre, con rasgos propios, sin calco alguno, del legado de Rabelais, Quevedo (magisterio que él mismo destaca paladinamente como una lectura decisiva en su formación literaria, más que cualquiera otra), Poe (en particular, el de Marginalia), Ambrose Bierce, Kafka, Borges, Cortazar, Rulfo, Monterroso y el mencionado Arreola.
    Dentro de las letras peruanas, sobresale su admiración por La casa de cartón de Martín Adán; y cabría ubicarlo en la vertiente fantástica, grotesca y metaliteraria de algunos prosistas –artífices del lenguaje y la imaginación liberada, todos ellos admiradores de Martín Adán– de la generación del 50: José Durand, el Luis Loayza de El avaro, y Luis Rey de Castro, su gran amigo. En cambio, resultan menores los rasgos que comparte con exponentes de los años 60 y 70 de la literatura fantástica y la metaliteratura (José B. Adolph, Julio Ortega, Harry Belevan y Gastón Fernández); y no solo por su culto a la concisión, perfeccionismo verbal y tramas de vibraciones expresionistas (entre el conceptismo de Quevedo, el esperpento de Valle–Inclán y el humor negro de Kafka), sino por su vínculo con las mayorías populares y sus modismos tan expresivos, sus creencias tan reveladoras del inconsciente colectivo, su indesmayable resistencia cultural al orden establecido que los oprime y/o margina (cualidades existentes en el “dinamitero” –así lo califica César Vallejo a Quevedo– y en Rulfo, Arreola y, en cierto modo, los pasajes antiburgueses de La casa de cartón que entusiasmaron a su editor y prologuista, nada menos el gran socialista José Carlos Mariátegui). Ese último punto nos conduce a registrar su participación en Narración, la más importante revista que haya tenido la narrativa peruana. Espinoza Haro integró su Consejo de Redacción, en el segundo número, publicado en 1971. Cuando lo entrevisté, con motivo de un premio que le otorgaron en México (Dominical, suplemento de El Comercio; Lima, 22 de enero de 1984), abordamos el tema: “respecto al grupo Narración, he tenido una relación muy fraterna con él; todos los del grupo Narración son mis amigos, y dos de ellos mis hermanos, Antonio Gálvez Ronceros y Augusto Higa” (entrevista reproducida en mi libro Años decisivos de la narrativa peruana; Lima, Edt. San Marcos, 2008; p. 408).
    Y si algo unió a todos los colaboradores de Narración, fue su comunión con el pueblo, con sus vivencias cotidianas, sus movilizaciones históricas, y, por cierto, sus manifestaciones culturales. En su autorizado panorama de Narración, Miguel Gutiérrez (el ideólogo principal y el novelista más dotado y multiforme del grupo) subraya ese común denominador, ya que no todos compartían la óptica marxista (en varios casos, maoísta).
    Prueba elocuente es que ninguno de Narración practicó el “realismo socialista”, reglamentado por el Partido Comunista de la U.R.S.S. y respetado por los proselitistas del maoísmo. Y, aunque predominó entre ellos la estética realista en un sentido amplio y enriquecido por las técnicas de la “nueva narrativa” (Joyce, Faulkner, Dos Passos, etc.), no excluyeron el potencial crítico del relato insólito y fantástico (Kafka) y la pertinencia de la visión realmaravillosa de las mayorías andinas, amazónicas y afroperuanas (magisterio de Alegría, Arguedas y Vargas Vicuña –quien fue uno de los gestores de Narración–, unido al de Guimaraes Rosa, Rulfo y el mismísimo Faulkner, que nutrirá claramente al grupo Narración, en especial a Antonio Gálvez Ronceros, Gregorio Martínez, Juan Morillo Ganoza, Eduardo González Viaña –colaboró en el primer número–, Hildebrando Pérez Huaranca y Miguel Gutiérrez a partir de La violencia del tiempo).


 
Antonio Gálvez Ronceros en el lente de Silvia Beatriz Suárez

    El más alejado de las pautas del realismo (no sólo el “socialista”, sino el gran legado realista de Balzac, Flaubert, Dostoievski y Tolstoi, y los mencionados maestros del realismo de la “nueva narrativa”) resulta Espinoza Haro. Ello no le impide asimilar la cantera popular. Al respecto, citemos unos pasajes de la entrevista que me concedió en 1984: “En Quevedo encuentras ese tratamiento del lenguaje, esa incursión en lo popular que no es solo un rasgo francamente español, característico de la literatura española, sino también de la hispanoamericana (…) me refiero de cómo a través de él (Quevedo) se engarzan otros maestros como Juan José Arreola o el mismo Borges. Pero, al mismo tiempo, aludo a que asumo el propio medio, incluso algunas manifestaciones populares, como el vals o el bolero, una especie de incursión en aquella franja donde hay una suerte de culto a la imaginación (…) Al recoger lo popular o tratar sobre lo popular, no lo hago con ningún reglamento, sometiéndome a determinadas leyes, cuidándome de la policía literaria o del comisariato literario” (Años decisivos de la narrativa peruana, pp. 407–408).
    Ahora bien, en sus entregas de 1971 y 1974, Narración (sintomáticamente en 1974 trae un agregado al título de la revista: Nueva crónica y buen gobierno, un homenaje explícito al gran cronista Guaman Poma de Ayala; previamente, en 1971, entregó un suplemento denominado como esa monumental crónica de la “versión de los vencidos”) concedió importancia creciente a las crónicas sobre las luchas populares de esos años.
    En ese marco, Espinoza Haro fue tejiendo en 1974–1976 las 80 entregas de su Crónica de cartón (reunidas ahora, por fin, en este libro), acogiendo las voces múltiples de creadores populares y/o “entropados con el pueblo” (hermosa expresión de Arguedas, en Agua), siendo las excepciones los cultísimos poetas Leopoldo Chariarse (probablemente lo incluye por tratarse del rescate de alguien insular al mundillo literario peruano) y Juan Ojeda (un “maldito” contracultural, ubicable en la senda autodestructiva del admirado Martín Adán).
    Transcribe con esmero fuera de lo común (extrae los destellos estéticos de esa mina que es el lenguaje oral) testimonios de artífices de la poesía (ahí Manuel Moreno Jimeno, Alejandro Romualdo, Leopoldo Chariarse y Juan Ojeda), la narración (Marcos Yauri Montero, sus amigos de Narración Gálvez Ronceros y Gregorio Martínez, y varios narradores orales, además del compilador/recreador de la tradición narrativa aguaruna José Luis Jordana Laguna), la actuación y las expresiones más diversas del arte popular (tejidos, retablos, mates burilados, tablas de Sarhua, cerrajería, zapatería, etc.). Ha logrado trasplantar a la entrevista periodística (reino de la no ficción) la maestría con que Rulfo y Arreola (en particular, en su novela La Feria) enhebran en sus ficciones un mosaico de voces colectivas.
Como Arguedas y Vargas Vicuña, como el Gálvez Ronceros de Los ermitaños y, sobre todo, Monólogo desde las tinieblas (libro abordado en Crónica de cartón), como lo que estaba entonces cincelando y como Gregorio Martínez (también esta crónica enfoca Tierra de caléndula), Espinoza Haro entiende que las luchas populares no solo se dan en lo social, lo económico y lo político, sino, también, en los terrenos del lenguaje, las artes en general y la visión del mundo.
    Un ejemplo mayor es la polémica desatada cuando se concedió, en 1975, el Premio Nacional de Arte al retablista ayacuchano Joaquín López Antay, lo cual escandalizó a los que distinguían tajantemente (criterio europeo, implantado por el Renacimiento) las “bellas artes” de la “artesanía”. Polémica consignada en esta Crónica de cartón, donde meses antes Espinoza Haro le había dedicado un texto al “viejo retablista”, quien recuerda cómo Arguedas y Alicia Bustamante admiraban sus retablos.
Finalmente, nótese que el título de esta obra remite al de la Casa de cartón, cuanto más que la obra de Martín Adán ostentaba un prólogo y un colofón, vueltos ahora prefacio y postfacio. Como Adán, Espinoza Haro connota que el libro es una casa de papel (otra obra de Espinoza Haro se denomina, justamente, País de papel), que la patria de sus escritos es el lenguaje, en este caso las voces del pueblo, su potencial creador.


Cereda del Cusco



DEAMBULA EL OTOÑO, LIBRO DE POESÍA DE CARLOS L. ORIHUELA

Deambula el otoño  testimonia un trabajo sobre la significación y el tránsito por las rutas sutiles del arte y la vida. Reúne poemas de vari...