jueves, 16 de marzo de 2017

Cuentos para gente fría de Luis Lagos


Los Cuentos para gente fría, ópera prima de Luis Lagos, son parte de un registro variado que no solo relatan anécdotas desde un ángulo diferente, sino que en todos los textos persiste la idea del final trágico.
En este libro transcurre el signo desolado del tiempo violento, fragmentado por el narrador como si fueran memorias mínimas para refrescar el equivoco comportamiento humano: oscuro, perverso y brutal.
La degradación de los personajes, tenues y conflictivos, tiene la clara intencionalidad de subvertir el estado de ánimo del lector, ya que devela con pasmosa naturalidad situaciones límite de transgresión que lindan con la locura y lo abyecto.
Así, un tenedor incrustado en los ojos o un jugador que se arranca la piel de la espalda con furioso placer, solo son dos instancias de una crónica que diariamente sucede en nuestro rededor y que tal vez queremos ignorar.

Reciente publicación: LA SALVACIÓN DEL FUEGO de ALEX SIFUENTES



Todo parece arder o quemarse en este libro. El fuego nos consume, pero antes podemos viajar por el océano imaginario de sus versos, navegando con matemática precisión. Con bíblica paráfrasis se nos advierte que la poesía –el lenguaje– no es un paraíso, y que sólo nos vamos hacia el silencio. No es cuestión de hermosas palabras sino de acuática poiesis. Una onda marina nos lleva y nos conmueve y la palabra –de todos modos– es la balsa que nos asiste, pero no nos salva del fuego. Aunque por él hallemos redención.
Antiguo Oriente, Asia, Roma [el poema de este último nombre es una joya de conseguida ironía] desfilan en esta quemazón hasta arribar a la profunda Chavín cuyo ancestro nos depara terrígena simpatía y crítica a la superficial óptica escolar del asunto; lo cual no es óbice para memorias agradables de colegialas abrazadas en escapadas a discotecas.
Y olas encrespadas, gramática de cadáveres donde –quizá– resalta el nuestro propio. Niño cotidiano que –de un soplo– enfría su sopa. Porque la muerte y el amor no esperan, son puntuales, como el tono coloquial de Notre Dame –último texto del libro– cuya frescura se irisa en lograda poesía que elogia y socava –lúcidamente– los mitos de la literatura. Es decir, la vigorosa literatura que aquí nos ofrece La salvación del fuego de Alex Sifuentes.

Roger Santiváñez

Dolores Morales de Roger Santiváñez





Dolores Morales de Roger Santiváñez (Selección de Poesía 1975-2005)

      Lima, 2006, primera edición.



ISBN 9972-2586-8-8





POÉTICAS DE LO NEGRO de Richard Leonardo

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ISBN: 978-612-4082-19-1

POÉTICAS DE LO NEGRO de Richard Leonardo.

Lima, 2013, primera edición.

Es un libro que reúne doce trabajos que constituyen una inédita, interesante y sugerente muestra de la reflexión crítica sobre el tema de lo afroperuano. 

 

lunes, 20 de febrero de 2017

UN HOMBRE SENTADO EN LA BANCA DE MIS ILUSIONES, RECIENTE LIBRO DE CUENTOS DE CECILIA GRANADINO

ISBN: 978-612-4082-51-1   


 
A MODO DE INTRODUCCIÓN
por Cecilia Granadino

Parece que nací para inventar cuentos y contarlos a todo el que deseara escucharlos. Fue así siempre, desde niña.
Definitivamente era mi destino porque mi propio entorno favoreció esta vocación. Mi madre primero, mis tías Adita y Carmela, después, nos llenaron la cabeza de fantasía a mí y mis hermanos, contándonos cuentos a la hora de ir a la cama. “Momotaro, el hijo del melocotón”, “El Bicho Comeleón” y “La leyenda del pájaro verde”, fueron mis historias preferidas. Hasta hace poco las recordaba completitas, palabra por palabra, ahora se me están perdiendo algunas frases o versos. Pero su magia, la ilusión que nos creaban, permanecen intactas.
Por otro lado, contradictoriamente, si me veían ensimismada inventando alguna aventura, me recriminaban la pérdida de tiempo: “estás pensando en las musarañas”, “haz algo útil”, decían. En general, se oponían a tan “ocioso” menester del cual no vislumbraban ningún provecho. No sabían que oponerme a sus consignas “útiles para la vida”, era mi objetivo favorito y me pasaba horas escondida en la huerta o tras una puerta creando endemoniadas historias de ángeles, de princesas, de seres malvados que las castigaban por prohibirme tantas cosas; pero también de príncipes alados que nos rescataban de la pobreza y las premiaban por ser tan buenas con nosotros.
Lo que se recibe de niño, lo marca a uno para siempre, para bien o para mal. Felizmente a mi alrededor siempre hubo espíritus buenos que me regalaron dones. De estas herencias dejé testimonio en un libro anterior, pero como quedé corta de espacio, aquí deseo rescatar otras.
Cuando yo era chica, en la misma casa vivíamos María con sus siete hijos, más los cinco huérfanos hijos del tío Manuel, y nosotros que éramos seis. De todos aprendí algo importante que me allanó el camino. Gracias.
La tía Conchito me enseñó la paz del corazón, la ingenuidad, la paciencia. No las practiqué mucho, pero sigue siendo mi meta alcanzarlas.
La tía Gloria me impulsó a aplicarme en la lectura más avanzada. Por ella leí textos que me llevaron a otros mundos y realidades, muy distintos a las aventuras y libros para niños que había leído hasta ese momento. Yo tendría unos doce años cuando ella me enfrentó a las complejidades del alma humana. Todavía recuerdo: “Por siempre ámbar”, “Barrabás”, “La condición humana” y “Cuerpos y almas”, entre otras novelas.
El tío Alberto era tenor, solfeaba diariamente a las seis de la mañana en el corral. Gracias a sus prácticas y perseverancia, me acerqué a la música y aprendí de óperas y zarzuelas. Cómo me deleitaba escucharlo cantar “Una furtiva lágrima”.
Son tantas las herencias que uno recibe a veces sin reconocerlas, que seguro omito varias. Como por ejemplo, de María, de quien no pensé haber heredado algo. Ella, que en la vejez más parecía un duende con su cabello blanco y parado y que se sentaba en una mecedora de la cual colgaban sus piernitas sin llegar a tocar el suelo, era una aficionada increíble a las carreras de caballos. Tenía varios de esos cuadernos grandes que usan los contadores, llenos hasta la locura de datos sobre esos equinos: sus padres, antecedentes, cuándo corrieron, dónde, quién era el jinete, cuánto pesaba cuando perdió y cuando ganó y por cuántos cuerpos, etc., etc. Llenaba los datos con un lápiz grueso que siempre mojaba en la lengua. Y cuando fue perdiendo la visión, se ayudaba con una lupa para poder hacerle el seguimiento a sus favoritos. Imagínenla trepada en su mecedora, con sus libros inmensos, su ojo cíclope tras la lupa enorme. Realmente era un duende estrafalario. Bueno, pues. De ella heredé, ahora me doy cuenta, no la afición por la hípica, sino la perseverancia, la capacidad de investigar y de fichar la información.
La tía Chela de Huaral vio en mí capacidades y dones en los que ni yo misma creía. Por ella hice teatro desde pequeña, recité y bailé, al igual que todos los primos o amigos que pasaban por su entorno. A todos nos sacaba el artista que teníamos dentro. Pero, sobre todo, nos enseñó a disfrutar la vida cada día con alegría. Un homenaje a ella.
Una vez me leyeron la mano y la gitana aseguró que mi línea de vida iba totalmente emparejada con la línea de mi destino, de modo que no me quedó otra cosa que seguir adelante, toda vez que me regocija mucho escribir y contar.
Para terminar, debo aclarar que los horóscopos y otras gitanas vaticinaron que yo sería escritora, pero no aclararon si sería una buena escritora. Ando en ese empeño, leyendo a los maestros, practicando, practicando, tras las sombras en soledad, todavía con mi corazón de niña ¿o de duende?


EL ÁNGEL

—¿Y a qué se debe tu visita? —le dijo el monaguillo al ángel que acababa de aparecer.
Se habría colado por la ventana que daba al sagrario, porque las puertas de la capilla ya estaban cerradas. En la penumbra de la nave lateral, el ángel relumbraba.
—Me has asustado. Siempre te apareces sin más ni más y ni ruido haces —le espetó Simón, el tonto del pueblo, el eterno ayudante en la parroquia: baldeaba, sacudía, cocinaba, prendía los incensarios. Hacía todo tipo de oficios, los paganos y los místicos—. ¿A qué has venido? —volvió a preguntar.
—No tenía a dónde ir —respondió el ángel con toda tranquilidad—. Me echaron. ¿A dónde más iba a ir?
—Pues aquí no te puedes quedar.
—¿Y por qué no?
—Porque el padrecito Daniel se molestaría. No hay sitio. Ya vete de una vez —insistió Simón—. Todos los altares están ocupados.
Se apresuró, incómodo, tratando de recoger la basura con el recogedor, para acabar de una vez su tarea. No pudo lograrlo porque el ángel se le interpuso y le arrebató la escoba.
—Tengo que quedarme aquí. Otras veces me han recibido. ¿No te da pena? Afuera está helando.
Simón levantó sus ojos tristes.
—Es que el Padre dice que ya tenemos suficientes ángeles y que no puede alimentarlos a todos. Tienes que irte, me va a despedir.
El ángel recogió los pliegues de su túnica y se sentó en un rincón.
—Aquí no me va a ver, no haré ruido —imploró. Y como demostrando que era posible mimetizarse con las sombras, se hizo un ovillo y sus negros cabellos escondieron la luz de su rostro.
Simón levantó los hombros y empezó a desempolvar los reclinatorios y a pasar un trapo húmedo por las bancas. Las ordenaba con gran precisión, armando las hileras, una tras otra, como piezas de un ajedrez enorme. De rato en rato observaba al ángel que parecía haberse adormilado en el silencio de la capilla.
—Tienes que marcharte, más tarde será peor, busca otro sitio —le dijo, tocándole los pies con su ojota, su sandalia de indio.
El ángel apenas si pudo incorporarse.
—¿Tienes alguna enfermedad? —preguntó Simón y el alma se le llenó de piedad cuando el ángel tomándole la mano, la colocó en su frente.
—Creo que tengo fiebre —dijo.
Simón no podía esperar tanto, sentir su piel ardiendo. Nunca había tocado al ángel. Ya hacía tiempo que lo visitaba, pero de algunas conversaciones y un matecito no habían pasado. Se removió inquieto. Finalmente, dijo:
—¿Y si te llevo a mi casa?
—¡No! —respondió en el acto el ángel. Tu madre podría verme. Sería peor.
—No creo. Te esconderé en mi cuarto hasta que te cures —se iba entusiasmando con la idea, Simón.
El ángel tenía dudas.
—En algún momento tu madre entrará a hacer la limpieza y se molestará con mi presencia.
Simón se había decidido, viendo la debilidad del pobre ángel enfermo.
—No importa. Te llevaré igual.
Y con temor, vergüenza o tal vez veneración, se acercó y levantó el cuerpo. Era tan pequeño. Antes no lo había notado. Un intenso perfume a claveles lo invadió. El ángel no se opuso, le dolían las articulaciones y el alma, necesitaba como nunca unos brazos, un calor, un cariño.
Simón avanzaba contento por la callejuela empedrada.
—Nunca hemos tenido un ángel en casa, creo que hasta le puede gustar a mamá.
Cruzaron la placita dejando un rastro de flores. La joven prostituta se apretó a Simón.

DATOS DE LA AUTORACecilia Granadino Penalillo es narradora, actriz, compositora e investigadora de la tradición oral y la cultura. Producto de sus aventuras recorriendo el país, ha escrito doce estudios de su serie Aproximaciones hacia un mapa de Artesanías en el Perú; las series Cuentos para niños Wasapay y Sapito Cancionero (canciones infantiles); también Con harta vergüenza (cuentos), El cuento del pero... (deuda externa para niños), Cuentos de nuestros abuelos Quechuas y otros que recopilan la tradición oral andina y afroperuana. Ha desarrollado los programas radiales “Decisión” y “Collera”, para niños y jóvenes.
El Ministerio de Cultura peruana la distinguió como “Personalidad Meritoria de la Cultura”, 2015. El crítico literario Ricardo González Vigil, la incluye en la colección Cuentos Inolvidables del Perú y señala: “Su cuento Jacamalumbia ejemplifica su destreza para adentrarse en sus personajes y manejar el tiempo narrativo con una prosa dinámica, de rara intensidad expresiva. Junto con ello, su compenetración con nuestras culturas ancestrales”.
Ha sido incluida en varias revistas, antologías y publicaciones colectivas, así como en el libro del prestigioso periodista y escritor Maynor Freyre Altas voces de la literatura peruana.

CECILIA GRANADINO, SEGÚN SIGIFREDO BURNEO SÁNCHEZ

Parece ser que en el entorno de Cecilia Granadino habitaba un duende a quien ella llamaba María y solía encontrar encaramada sobre su mecedora escribiendo datos hípicos en enormes libros de contabilidad, ayudándose con una lupa. Con un dato de esa naturaleza puede entenderse su feliz vocación de escritora y sus ganas de vivir una vida metafórica plagada de ángeles en convivencia con humanos. Sus años de experiencia y su tiempo de lectora acuciosa le permiten, ahora, volver sobre la nostalgia, esa permanente e insatisfactoria dimensión que aletea alrededor de nuestra rutina para inquietar la autocomplacencia.
En este libro destaca nítidamente la concisión como un elemento de estilo, lo cual confiere intensidad emotiva y verbal a cada uno de los textos. En la variedad temática desplegada palpitan la nostalgia, la tristeza, la soledad, la pobreza, la frustración; pero también, la esperanza  y la magnificencia de nuestra cultura popular, tanto serrana como selvática.
Las técnicas narrativas que sostienen los cuentos están hábilmente seleccionadas y utilizadas en función de conseguir eficacia narrativa. El uso de un lenguaje demótico complementa la ternura y curiosidad de estas historias de pueblo dirigidas para lectores de pueblo.
Los relatos cubren una diversidad de aspectos propios de la vida humana, siempre tan difíciles de enjuiciar racionalmente: la ilusión infantil, la revaloración de la condición femenina, la justicia, el heroísmo, el sacrificio, los amores conturbados, las paradojas de la conducta, la hipocresía, la indiferencia, el deterioro de la vejez...
Para quienes creemos que la literatura es la mejor forma de tratar de entendernos como especie humana, este es un libro fundamental.







sábado, 17 de septiembre de 2016

Venadita de Lircay de Antonio Ureta



ISBN: 978-612-4082-49-8

Un cuento de Antonio Ureta:

Juanito Carguancho
Desde que te alzaron para verte y ver tú el mundo, así es como te nombraron y por mucho tiempo siguieron llamándote tal. Porque esos tus ojitos redondos, Juanito Carguancho, estaban para verlo todo, sentirlo hasta no poder más. De tanto escuchar esos chasquidos en la cara, esas palabras afiladas con ira, del terror de aquellos alaridos pidiendo auxilio; de tanto ver llorar a mamá, a la Bernacha; viéndolas ponerse entre ellas emplastos sobre sus heridas, tu alma también herida estaba. Quién iba a pensar, ya estabas hechecito y hablador. Te morirías nomás.
Un día de sol pintadito sobre el cielo del patio de la casa, laderas de verdor alrededor, día que mamá había entrado hipando con su atado de compras sobre sus espaldas, papá como siempre endomingado y periódico en mano, fue cuando viniste al mundo.
Tarde era esa vez cuando Bernarda te llevó de escapadita, apachurrado contra su pecho, toda ella alistada de sedas y jabones donde ese desconocido.
¿A dónde se iba con esos apremios la hermana Bernarda? Aquellos remansos de tus ojos qué sabrían a dónde, nomás iban saltando sobre las piedras y rebrotes de hierbas de la línea del tren hasta llegar al potrero de don Gude. Se detuvo. Miró hacia la casa y, al ver que nadie la vigilaba, empezó a correr por entre los eucaliptos hasta toparse con aquel hombre que salió desde las chilcas planchándose con las manos el pelo tieso y brillante. Se abrazaron y tumbaron, dejándote olvidado, ojitos, sentado sobre el pasto. Después de hablarse despacito cosas cortitas, ella escondida entre sus brazos, ya no decía nada, sólo muchándole como loca lloraba, mientras él respiraba con desesperación. No se soltaban. Él logró apartarse y, sin dar vuelta, luego se fue.
Papá sabía llegar en cualquier momento, bien porque podían haberle cambiado el día de descanso o por la huelga.
Tú, Juanito, sólo ojitos nomás eras, opita todavía para comprender muchas cosas terribles que ocurrirían o que ya habían sucedido, como el maíz que la Berna llevó a la tienda para comprarse esos adornos y dulces, a  escondidas de mamá.
¿Qué hizo? ¿A ver, repite, cuenta desde el principio, papito? ¿Qué viste? Tú eres mi Huallallo, tú eres mi Carguancho. Mi engreído. Di lo que quieres decir, te ordenó papá.
Alzaste el bracito señalando por encima de tu cabecita. Querías decir, hermana subió a la troja del maíz y salió a las carreras hacia la tienda y al regreso dijo, cruzando el dedo sobre sus labios: no has de avisar, Ñahuincha, estos caramelos verdes son pa ti y los morados pa mí, las galletitas pa ti, y los ganchos pa mí, otro caramelo pa ti, y estas peinetas pa mí, una galleta más pa ti y los polvos y pomada Reuter y demás guaraguas pa mí. Shoy tu helmana que tiadola, Ñahuincha. ¿Cierto que no vas a decir nada cuando llegue papá? Cierto, hemana Bernarcha, no diré que te los compraste con el maíz huanza, el mejor maíz de mamá.
Ahora, no deberías, Juanito, estar sin hablar, sin querer probar ni una cucharada de sopita.
Será que tiene susto, así nomás decía Mamá.
¿Pero de qué? Tú no tienes la culpa. Cuando llegó papá, tú no avisaste por avisar. Tu boquita sola habló. Sólo estabas como aturdido porque todo tu pensamiento lo tenías en lo que sucedió aquella vez entre los eucaliptos, preguntándote ¿por qué la hermana Berna no había querido regresar a casa y decir a mamá el motivo por el cual había llorado? ¿Por qué ese hombre se había ido dejándola tendida sobre las charamuscas? Era casi de noche cuando temblando te llevó de regreso. Más allá se montó sobre la acequia para mojarse la cara y aventarse harta agua abajo entre las piernas. Caminando con lástima llegó, me he caído, mamá; no, no me pasa más nada, seguro mamá.
Luego necesitarías saber muchas otras cosas, Juanito Carguancho. Saber por ejemplo qué es caución.
Un día un señor había pasado veloz con el tren agitando su sombrero, aventando golosinas que ahora los chiuches corrían sobre la pampa disputándose y buscando entre la grama y las espinas. ¡Ya se jodieron! ¡Ahí viene tu viejo! Ese señor que pasó con medio cuerpo salido por la ventana del tren, era papá.
Ellos se habían quedado todavía rebuscando sobre las champas, mientras el Costa corría con el aviso.
Caminando, con esos sus pasos dando saltos, por la línea venía con apenas una rayita de sonrisa o rendido de cansancio, por el peso de la talega que se le resbalaba por un lado del hombro.
Mamá hizo que le saludaran, y él ahora entraba y ordenaba descubrir el atado lleno de cosechas.
Ese era papá. Y no iba a la cocina a frotarse las manos sobre la candela, como cualquiera que a esa hora entraba a la casa con frío, sino que caminó hasta los rincones paseando la vista alrededor de las tapias, simulando que le preocupaba las filtraciones de la lluvia, pero en realidad creía haber visto, por fin, un rastro extraño encima de la pared, y a ver ¿por qué aquella teja está medio ladeada y la otra quebrada?, pareciera que alguien ha entrado por ahí.
Y cuándo no, tú, Juanito, con el bracito como una espada gorda y mocha, apá, apá, shí, porai dentran ladrones. ¿Ah, ladrones? ¿Es cierto lo que está avisando este chico? Mamá se revolvió de miedo, y papá, sigue, sigue contando, hijo. Sí, por ahí entra y por ahí también se va el ladrón llevándose a la hermana Berna. ¿Qué cosa? Di más, di más. Sí, ese ladrón se va llevando también la olla de comida y todas las noches por ahí también entran brujos, condenados, pishtacus...
Papá mostró todos sus dientes chiquititos y mamá volvió a respirar aliviada. Gracias a dios, papá no había tenido más que reír.
La hermana Berna te muchaba diciendo: al ojitos, nomás hay que escucharle, porque se ha convertido en un lorito; sshí, hay que eshcucharle y no hasherle casho. ¡Pero, oye, ñuñupita, de los caramelos sí no has de avisar! Y tú, con el dedito haciendo cerrojo: sh, sh, esho no, esho no.
Papá y su periódico en la cara, recostado en su silleta de paja a punto de partirse. La vela a medio terminar. Mamá avanzaba unas medias, la hermana Bernarda y el Paco en sus repasos. Todo parecía hundirse en un silencio de espera hasta que papá se aclaró la garganta. Papá estaba siempre como amargado. En cambio, mamá no tenía que subirse al tren para regalar caramelos. Cuando traía mishki del pueblo, a cada uno le daba en la mano. Ella sabía estar de buen humor. Empleaba sólo un momento de su cólera para las reprensiones. A lo máximo un varillazo y ya. Papá no. Papá tosía y todos se volvían ensombrecidos, miedosos. Como anuncio de tormenta era.
Fue entonces que papá tosió, y tosió muchas veces más. Al fin carraspeó reclamando a mamá sobre don Diego y su yunta. Otra vez la tos y mencionó algo sobre su saco de cabritilla y el pantalón que habría de ponerse mañana.
¡Ujú!
Aquello parecía ser señal de aprobación de las tareas que había encomendado a mamá.
¡Y cuándo piensas terminar el zurcido de mis medias? Otra vez tosió o quizás fue otra cosa, porque ahora mamá lloraba.
Las veces que papá la hacía llorar, los chicos decían ¿por qué siendo muchacha mamá no se acordó de las tías que le advertían que papá era un huanca?
Ella al principio se reía nomás, qué tendrá que ver que sea huanca.
Tía Albina se lo dijo una tarde, te acordarás de mí, hijita, los huancas son así, son asá.
¿A qué hora papá había terminado de gritar y gritar? ¿En qué momento se había dormido? Juanito no, él toda la noche estuvo cuidando de mamá. Juanito quería en esos momentos tener un machete o una carabina. O que viniera tía Florita con su palo largo con ñudos a darle duro a papá como aquella vez. Pero Juanito sólo cuidó de mamá rogando que ya no llorara más, aunque igual ella se la pasó llorando hasta el amanecer.
La avena con leche mamá la servía en los platos de sopa con los panes picados y el pedazo de canela que sobresalía como si fuera otra cuchara. Mamá echaba cucharones de avena y acercaba cada plato con amor aunque tuviera los ojos rojos y su cara como con fiebres. ¿De qué lloraba y por qué no tenía ganas de probar la avena con aquellos grandes panes? La harina de la que estaban hechos esos panes era fina, pero, decía mamá, sabían a humor de papá, a sabor ácido, a humo de fundición. Y pasaba también que la pierna de mamá ahora tenía algo porque cojeaba.
Las tías se lo advirtieron, estabas ciega, ay, hijita, te hubieras fijado en uno de nuestro pueblo. Esas gentes son unas bestias, sólo saben patear, saben decir carajo mierda.
¡Y ahora tú también, ojitos, en qué momento se te ocurrió! Fueron unos minutos apenas. Papá ya se iba y soltaste la lengüita.
Entonces fue que esos tus ojos redonditos corrieron como locos tratando de perderse para siempre en algún rincón de tu propio cuerpecito, y se llenaron una vez más con el estallido de gritos y súplicas, con el llanto de ellas, y tu corazoncito como el chuño se encogió hasta hacerse piedra helada en tu pecho. Todo lo que se te ocurrió fue: la Bernacha ha vendido el maíz de la troja y con la plata se ha comprado lindas guaraguas en la tienda de don Aurelio.
Luego de castigar como castigaba, papá se fue lleno de rabia. A nadie le dio caricias, sólo a ti te hizo pellizcos en la carita.
Este es mi Carguancho, este es mi Huallallo, todo avisa ya.
La correa de papá era gruesa, brillosa. Después de utilizarla se ajustaba su cintura como cincha de mula. Esa punta siempre estaba nueva porque la doblaba hacia dentro. Pero esa punta, Juanito, es la que duele más. Tú no sabes cómo duele, niñucha zonzo; duele, nunca deja de doler. ¡Pero tú qué shaberás, inoshente eres, opita todavía eresh, culpa no tienesh! gemía la hermana Bernarda dentro de las frazadas.
Pero aunque todo eso te tocara presenciar, tus ojitos, tus pensamientos, como los gorjeos malagüeros de la paloma, como enredados estaban entre aquellos altos árboles.
En el eucalipto fue, mamá.
Y cómo parar ahora el abultamiento, cómo.
Conociéndolo a papá, ese crecimiento pegado a su vientre era tu verdadero terror. Pobre Berna. La blusa no le cerraba, la panza seguía creciendo, eran ya seis meses.
Fue por la chompa grande que papá se dio cuenta. Nunca se la sacaba. ¿Acaso quiso quitarse la chompa?
A las cinco de la mañana fue que papá la colgó y le dio hasta que él mismo casi muere de ira, de impotencia, ciego a cómo los correazos le volvían a reventar esos surcos frescos de la espalda castigada por lo del maíz de aquella vez, los que mamá ya le venía sanando con enjundias de carnero. Aquello del maíz fue nada más que una falta grave. Lo de ahora era pecado, pecado carnal. La deshonra, el cielo había caído sobre la familia.
¡Ya no eres virgen, carajo, carajo mierda! Papá se echó a llorar.
Desde entonces, en donde quiera que estuviera, al alzar sus ojitos o aún estando dormido, Juanito arrancaba a dar gritos desesperados sintiéndolas llorar a las dos aunque ya no llorasen, aunque fuesen carcajadas de conversación, o jajayllas de carnaval, cualquier grito le hacía despertar el terror.
Mamá aplicó a la Bernacha consuelos con paños de agua tibia de llantén y paico, con cuidado, para que durmiera de costado y no de espaldas, porque se te han de pegar sino las mantas en tus carnes, hijita
Y a ver, mamita, ahora yo a ti.
La hermana Berna le puso los mismos toques sobre el rostro encardenado y las piernas en bote de mamá. ¡Porque carajo tú eres la compinche de la puta de tu hija!
La veías cada vez menos, sólo de mañanita y por las noches. Donde la abuela Livia está aprendiendo costuras. Es que se ha ido a recoger rastrojos donde la comadre Estéfana. O estaba amasando panes en los hornos de don Tomás Porras.
¿Por qué esta muchacha tardará tanto en regresar?, decía mamá.
Seguro estará esperando a que acabe la hora de visita, se respondía ella misma. Ojalá papá no se enterase de que le estaba llevando comida al hombre, que si se entera, dios mío, virgen santísima, te volverá a sangrar, hija.
¡Porque si sigues con ese individuo te parto el lomo, te mato!
Simón se llama el hombre. Es huanca también, pero es hombre bueno nomás.
¿Y cómo es eso, mamá, que la Berna y el Simón se casaron por caución?
Ojitos nomás, aunque triste, resabido era, todo quería saber y sabía como un viejito, aunque estaba hecho pedazos, aunque se estaba acabando por dentro.
No llores mamá. Yo te voy a comprar tu faldellín bonito, tu pañolón.
Que se tuvieron que casar en la cárcel. Y tuvieron que pagar para que salga de la cárcel, a eso se le llama caución. Porque cada vez que la Berna iba llevándole la comida, le decía que ella también vivía como prisionera. Le imploraba que la ayudara a salir de la cárcel de papá, que si se unían en matrimonio, ella a su vez le sacaría a él de aquella celda de la autoridad. Tú no sabes los trabajos y tormentos que me da más y más.
Así salió libre el Simón y se la llevó.
¿Entiendes todo esto que trato de hacerte comprender Juanito Carguancho?
Está dormidito, se dijo mamá esa mañana, tapándole con la manta.
Dicen que el alma de una criatura es como el cristal, el corazón se parte de puro susto. No querías comer ya, te consumiste. Ese día ya no escuchaste lo que mamá contaba, ni la viste llorar más.
Antonio Ureta Espinoza nació en el ubérrimo valle del Mantaro, Concepción, ubicado en la región Junín. Escritor de la Generación de los Ochenta, integrada por narradores que aún no merecen la justa atención de nuestra elitista e indolente crítica literaria, ha publicado Cuentos del viento; Habla la ciudad (obra colectiva del Taller de Testimonio Oral, Universidad Nacional Mayor de San Marcos); la novela Después del amor y la lluvia y Asamblea de gatos, relatos orales recopilados en la sierra central del Perú. Tiene en prensa el libro de cuentos Hambriento amante.

martes, 26 de julio de 2016

Manuæl Vital, libro de poesía de Manuel Liendo Seminario


Manuel Liendo Seminario nació en Lima en 1959. Poeta, crítico literario y profesor. Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y Educación en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima.

En 1988 publicó De partisanos y otras mudanzas (prólogo de Enrique Lihn) y en 1999 publica en Boston la primera edición de Tanto enamorarse para morir. En el 2004 se edita el poemario antológico del mismo nombre. En el 2007 salió a la luz Leopoldo relata y en el año 2009, Tubular Bells.
Manuel Liendo ha participado en diversos encuentros, congresos y festivales de poesía, tanto nacionales como internacionales.
Ha sido invitado a las universidades de Harvard, Tufts, Complutense de Madrid, así como Boston College, Biblioteca Nacional de Francia, Instituto Cervantes de Nueva York y Casa de las Américas, entre otras prestigiosas instituciones académicas.
ISBN: 978-612-4082-48-1

Manuel Liendo Seminario








Su poesía es un discurso que perturba y vocifera lo incontrastable, recoge la tradición erótica a través de periplos translúcidos de quietud, hartazgo y pasión. Es una poesía marginal y transbarroca que incomoda la quietud verbal y subvierte la cotidiana existencia de nuestros sentidos.  

La poesía de Manuel Liendo es uno de los secretos mejor guardados de la Generación Poética del 80 en el Perú. Marginal a su modo, ha desarrollado libro tras libro un lenguaje personalísimo, audaz, cautivante, que en tono de “clitorock” descontrola los nervios de sus lectores y los lleva a alturas y carnalidades que solamente un verdadero virtuoso del lenguaje sabe alcanzar. Manuæl Vital es una muestra palmaria de ello. Los 22 poemas-prosa que lo conforman significan un viaje por la experiencia erótica en todas sus dimensiones, enriqueciendo así no sólo el imaginario de una tradición literaria ya bastante desenfadada, sino también los registros de un lenguaje poético transbarroco que expande las fronteras del idioma castellano en el Perú y en cualquier parte.

José Antonio Mazzotti, poeta.
(Universidad de Tufts, Estados Unidos)

Con 22 poemas en los que comparecen la violencia y el grito, la pureza y la mancha, el amor y el miedo, Manuæl Vital crea una sinfonía barroca, exultante y magnífica, que pone en juego la consistencia de una lengua. Quienes queremos a Manuel Liendo aguardamos por años este libro que se ubica sin más entre lo más alucinante e indesmentible de la poesía latinoamericana de hoy.    

Raúl Zurita, poeta. 
(Universidad Diego Portales, Chile)

Un poema de Manuel Liendo
VIII

Serás mi guía el lenguaje exacto el níscalo geográfico un periplo de pruebas formará
un lunar mirado por astros desconocidos para instantes ambiguos de    plurales rarezas 
de piedras que caen eufóricas y tiranas    nos calza vestimentas y el límite es perfecto libidinosa es la inconfesable aparición escinde el cosmos para escuchar lo que nadie    escucha porque muecas a tus gentes para girar como planetas y no ser heroicos
ser asonancias negando los signos en el fondo clandestinos    lejos lo encrático
lejos las esferas vecinas como rivales    como guerreros alzando la regla el deseo
expectación de interiores somos lo discontinuo la atopía de una falsa oposición
pulsa lo divino la náusea del enlace la melodía muda no tenemos nada
palabras ajenas robamos en el grito del hueco que somos    zona ulterior
de la sustancia neutra    fotogenia parásita    flotamos en las rutas de la euforia 
a nuestro lenguaje le pasa algo irremplazable que no marca el tacto sino el reparto
de las fuerzas diseminadas    incita mi amor el reflujo de las pérdidas
aritmética de nosotros y los astros    sonríe inquieta el lenguaje de los otros
somos los primeros fantasmas que se tocan    anudamos soslayos para decretar el exceso deshacidos en halos conocemos la fuerza de la desdicha    función social    parcela el placer arroja tus perros al amor expulsado de mi cuerpo que muerdan con vigor mi corona
déjala sin desvelos    su purísima piedra te hará estirpe de mi trono    decoro de todas
las poses para mi antorcha ciega    sabor de luces trifásicos anchan venas    recaen
las pertenencias de signo maldito que fisura la lógica del miedo
la sordina rechina eslá    eslá    zaaaaaaa    suuuuuuu    ahhhhhh flameo en tu viento cursi
me acerco al sonido que nadie escucha para adentrarnos sin marchitez sin el rostro
de otrora imaginario para dos arcos hacemos puentes donde camina la angustia
la impasible negación del castigo    brusco anochecer que no deja ver tu higo abierto pelipedingudito    cachituerto y sudito    suculencias    sus ramas metidas en el ojo
hacerlo comúnmente para ser otro    trepan trepan para quedar encaramados
nómina de órganos bañados en sangre    echados sobre un lienzo de barcos hundidos
tocas farallones para levitar enrojecida    bruma que destella desde el pozo
recibe estos náufragos del último Arión que ahoga sus voces    arrechura infernal que trepida en los nidos salinos    doblega la redondez del calcio y evita la pavura del gozne
así nacimos en aceitoso ajuste en dispar lozanía    envueltos en tormentas de sangre
encona los bulbos dulces disfuerzo del pistilo esbelto    casi punta fina langa para tu ñoco distancia es desvío    preconiza tundras acampados desdenes    siluetas atroces
en otros cuerpos brillarán por nosotros y no estarás y no estaré    seremos amagos
del gran encendido    desiertos invadidos    ahora vientos en sus faldas danzan
al centro alza su cubierta de sal    a punta de ritmo    fruslería en la túnica del beso 
levanta mi cuello para levantarte    para pesar tu alma y comérmela todita. 

DEAMBULA EL OTOÑO, LIBRO DE POESÍA DE CARLOS L. ORIHUELA

Deambula el otoño  testimonia un trabajo sobre la significación y el tránsito por las rutas sutiles del arte y la vida. Reúne poemas de vari...